Crítica: Bogotá, urbe musical bajo el pálpito dinamizador de su Festival de Música Sacra
Bogotá, urbe musical bajo el pálpito dinamizador de su Festival de Música Sacra
XV FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA SACRA DE BOGOTÁ. Misa Andina, de Alejandro Núñez Allauca. Intérpretes: María del Carmen Rondón (soprano), Josefina Brivi (mezzosoprano), Juan Pablo Marcos (tenor), Humberto Zavalag (bajo). Fabián Hernández (órgano), Omer Albarracín (piano). Coro Nacional del Perú. Director: Javier Súnico. Lugar: Bogotá, Universidad Nacional de Colombia (Auditorio León de Greiff). Fecha: lunes, 28 septiembre 2026.

Imagen del concierto
Entre pitos y flautas, Bogotá es, en estos últimos días septembrinos, una urbe musical de primer orden merced al pálpito dinamizador del XV Festival de Música Sacra. Solo el fin de semana, se han sucedido recitales de violín y órgano; el estreno de la ópera Einstein on the Beach, de Philip Glass; un concierto de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, o la interpretación de la Petite Messe Solenelle de Rossini.
A ello hay que añadir la celebración del “Foro de Mujeres” de la Asociación de Ópera Latinoamericana (OLA), que durante el fin de semana ha debatido, en el muy hermoso Teatro Colón de la capital colombiana, bajo el lema genérico “Construyendo liderazgos inclusivos y colectivos”. En el foro, clausurado el sábado con un concierto a cargo de la Sinfónica Nacional de Colombia en el propio Teatro Colón, han participado directoras y rectoras de teatros y auditorios de Sudamérica, Portugal y España.
El lunes, el Festival de Música Sacra ha presentado la Misa Andina, compuesta entre 1997 y 1998 por el compositor peruano Alejandro Núñez Allauca (Moquegua, 1943). Estrenada en 1999, en la Catedral de Lima, y considerada como una de las composiciones más destacadas del repertorio coral sacro peruano contemporáneo, la obra figura dedicada a Juan Pablo II, e integra el Ordinario de la misa en latín con elementos melódicos, rítmicos y tímbricos inspirados en las tradiciones musicales andinas. La misa establece así, en palabras del compositor, un fecundo diálogo “entre la espiritualidad cristiana y la identidad cultural de los Andes”.
Entre las diversas misas que, lógicamente, figuran en la programación de un festival que se denomina e inspira en lo “sacro”, es ésta la más singular y arraigada en las raíces populares de una región, la Andina, que se extiende desde Tierra del fuego hasta la misma entraña de Colombia.
Formas, culturas, músicas y maneras de ser y de sentir que Alejandro Núñez, con fino talento y maneras conservadoras, recoge, recrea y amalgama con la tradición de la misa católica. en los 24 números que la integran. Como escribe en las notas al programa Adriano Bassi, en ella y en la escritura de Núñez Allauca conviven dos realidades: “Aquellas de su propia tierra, densa de significados y de historia, y la tradición europea por él absorbida y metabolizada”.
Melodía, ritmos y aires que se perciben ancestrales y anclados en culturas precolombinas marcan la tónica y columna vertebral de una obra que mixtura pintorescamente estas referencias con la forma y el texto en latín clásico de la misa católica, desde el “Kyrie” inicial a un “Agnus Deu” y “Dona nobis pacem” finales que suponen culminación de una composición que se añade con identidad propia a la legión de misas surgidas en las últimas décadas: desde la criolla, a las flamenca, llanera, afrocaribeña y tantas otras.
Esta versión bogotona de la Misa Andina se ha beneficiado de un espacio sinfónico y coral tan espléndido en todos los sentidos -estético, funcional, acústico- como el Auditorio León de Greiff, diseñado en 1974 por la arquitecta colombiana Eugenia Mantilla de Cardoso. Enclavado en el corazón de la muy progresista Universidad Nacional de Colombia –“un nido de rojos”- y sede de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, sus 1619 localidades fueron testigo de la versión liderada por el Coro Nacional del Perú, que lució cercanía, profesionalidad y saber hacer.

El Auditorio León de Greiff acogió el concierto del festival colombiano
Bajo el gobierno flexible, atento y conocedor de su director titular, el limeño Javier Súnico, sus cuarenta voces revivieron y animaron la partitura con entrega, arrojo, empaste no siempre ideal y disciplina irrebatible. A su lado, un irregular cuarteto solista, todos ellos miembros del propio coro. Destacaron, sobre todo y todos, la mezzo Josefina Brivi, que salió airosa de su cometido sustancial en el “Agnus Dei”, y -como no podía ser de otro modo en la tierra de Luigi Alva, Ernesto Palacio o Juan Diego Flórez- el tenor Juan Pablo Marcos.
La Misa Andina de Núñez Allauca ha recalado en el Festival Sacro de Bogotá en la versión con piano, más camerística y austera que la sinfónica. Al fuste de la interpretación contribuyó el dispuesto hacer del pianista Omer Albarracín y del organista Fabián Hernández, quienes en absoluto se limitaron a mero soporte de las voces. Encendidos y labrados aplausos premiaron el final de la interpretación. Sin embargo, el concierto no terminó ahí…
Tras varias salidas a saludar, el maestro Súnico se dirigió al público, y tras los consabidos agradecimientos y palabras de cortesía, anunció que fuera de programa iban a interpretar el Ave verum de Mozart y, como definitivo final de fiesta, el Va pensiero. “Y lo haremos junto con nuestro coro hermano, el estupendo Coro Nacional de Colombia”. Dicho y hecho. Fue decir esto y comenzar a subir al escenario desde la platea sus componentes, que habían seguido como espectadores el curso del concierto.
Fue espectacular ver y escuchar a ambas formaciones interpretar conjuntamente el pequeño motete mozartiano (dirigido por Diana Carolina Cifuentes, maestra titular del Coro Nacional de Colombia) y el más que popular y siempre bienvenido Va pensiero. Colofón y broche místico a una jornada en la que los Andes, su misa y sus frescos aires llegaron a la mismísima Bogotá envueltos en sacros aromas.




















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