Comentario de CD: Lahav Shani aborda obras de Dvořák y Wagenaar en su nuevo trabajo
Lahav Shani aborda obras de Dvořák y Wagenaar en su nuevo trabajo
Antonín Dvořák: Sinfonía n.º 9 Del nuevo mundo. Johan Wagenaar: Cyrano de Bergerac. Rotterdam Philharmonic Orchestra, Lahav Shani. Warner Classics.

Lahav Shani
Había motivos para esperar este disco con curiosidad, quizá con cierta expectativa. Lahav Shani lleva ya unos años al frente de la Rotterdam Philharmonic y, desde su llegada, ha ido perfilando una identidad sonora que no se anda con remilgos. No es de esos directores que se contentan con pasar por las páginas de partitura como quien cumple un trámite. Le gusta mojarse, arriesgar, dejar huella. Y eso, en tiempos de interpretaciones más bien anodinas, se agradece.
Wagenaar, ese compositor que pasó buena parte de su carrera en la sombra de Strauss y que ahora pocos recuerdan, abre el álbum con su poema sinfónico Cyrano de Bergerac. Es una pieza que no oculta sus deudas: el espíritu de Don Juan planea por todas partes, con esos arrebatos orquestales, esas melodías que suben y bajan como oleaje. Pero hay algo genuino en la forma en que Wagenaar maneja la paleta instrumental, una cierta frescura que el director israelí sabe resaltar. Los rotterdameses suenan con brío, con ese punto de teatralidad que la música reclama. No es una obra maestra, pero resulta de lo más disfrutable.
Y luego llega la novena de Dvořák, esa sinfonía que todo el mundo conoce y que pocos se atreven a tocar con verdadera convicción. El peligro está en caer en la rutina, en dejar que los acordes familiares fluyan por inercia. Shani no cae en esa trampa. Desde los primeros compases del Adagio-Allegro molto, se percibe una voluntad de contar algo, de no dar nada por sentado. El director no se precipita; deja que la música respire, que cada frase adquiera su propio peso dramático.

Imagen de la portada del CD, publicado por Warner Classics
El Scherzo es, para mí, lo mejor del disco. Ahí sí que hay energía, esa alegría de vivir que a veces echamos de menos en otras versiones. El Trío tiene un swing delicioso, una variedad de colores que Shani extrae de su orquesta con mano segura. Los vientos suenan con personalidad, con esa claridad que distingue a las grandes formaciones. Y en el Largo, ese movimiento que todo el mundo espera con ansiedad, el director evita caer en el sentimentalismo fácil. Mantiene la tensión, cuida cada silencio, deja que la melodía se desarrolle con naturalidad, sin forzarla.
No es un disco perfecto. En el primer movimiento, a veces echo en falta un poco más de empuje rítmico, esa tensión visceral que otros directores logran imprimir. Pero lo que gana en frescura y en espontaneidad lo compensa con creces. Shani no pretende imitar a nadie; tiene su propia visión del mundo, y eso, en estos tiempos de interpretaciones intercambiables, es de agradecer.
El sonido de Warner Classics es cristalino, con una buena separación de planos que permite seguir con claridad las líneas individuales. La Rotterdam Philharmonic suena en estado de gracia, con una sección de cuerdas tersa y unos vientos que destacan en cada intervención.
En definitiva, un disco que merece la pena tener en cuenta. No es la novena de referencia, pero aporta algo que pocos se atreven: una mirada personal, sin pretensiones, sobre una obra que parecía agotada. Y eso, en el terreno de la música sinfónica, ya es mucho decir.





















Últimos comentarios