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MicheleSpotti-c-Marco-BorrelliMichele Spotti, director: "Carmen fue la obra que me hizo enamorarme de la ópera"
Por Publicado el: 03/11/2026Categorías: Entrevistas

Giancarlo del Monaco: “La perspectiva occidental no es la vara de medir del mundo entero”

Giancarlo del Monaco: “La perspectiva occidental no es la vara de medir del mundo entero”

Giancarlo del Monaco: "La perspectiva occidental no es la vara de medir del mundo entero"

Giancarlo del Monaco

Conocí a Giancarlo del Monaco cuando su apellido todavía pesaba más que su nombre, y le he visto pasar años intentando que las cosas fueran al revés. Lo consiguió a base de producciones ambiciosas y de un carácter que nunca se ha distinguido por la diplomacia. Ahora, a punto de cumplir 83 años, ha elegido un escenario que para buena parte de Occidente ha dejado de existir: el Bolshói de Moscú y el Mariinski de San Petersburgo.

Allí ha encadenado Rigoletto, Otello, Mefistofele, una Aida premiada con la Máscara de Oro y, hace apenas una semana, el Guillaume Tell rossiniano en versión francesa íntegra, casi cinco horas que la ciudad no veía desde hacía 94 años. Además ha obtenido la ciudadanía rusa por decreto presidencial.

Branimir Pofuk le ha entrevistado para Obzor, el suplemento cultural croata, en una conversación larga en la que el director no esquiva nada. Resumo aquí lo esencial, con sus palabras y sin añadir las mías más de lo imprescindible. El lector juzgará.

¿Cómo se retomó su colaboración con Valeri Gergiev?

Valeri es un viejo amigo y un genio musical absoluto, con una energía que rara vez se encuentra. Nuestra amistad nunca se interrumpió; nos conocemos desde el Otello de 1996 en el Mariinski. Su invitación para hacer Rigoletto en el Bolshói abrió la puerta a nuevos proyectos. A mi edad, disponer de medios para un trabajo serio y ambicioso es un regalo extraordinario.

¿Cuánto pesa la memoria de su padre, que triunfó en el Bolshói?

Mucho. En 1959, tras una Carmen con Irina Arjípova, Jruschov le impuso personalmente la Orden de Lenin. Le impresionó que en aquel país el canto importara tanto a la gente. Para un hijo, entrar en el teatro donde su padre fue tan querido es inevitablemente emocionante. Pero mi relación con Rusia se ha construido también con mi propio trabajo y mis amistades.

En su Aida, la marcha triunfal remite al desfile de la Victoria en la Plaza Roja.

La inspiración fue el desfile de 1945, cuando las banderas nazis fueron arrojadas ante la dirección soviética. Me interesaba la fuerza del rito colectivo. En Aida el triunfo público y el sufrimiento privado comparten escenario: Radamés vuelve como héroe mientras Aida descubre a su padre entre los prisioneros. El espectáculo sigue en un Egipto imaginado; el público es libre de encontrar resonancias actuales, pero hay que preservar la complejidad verdiana.

Imagen de una de las producciones del director

¿Le cuesta a Rusia encontrar las voces adecuadas, aislada de Occidente?

Encontrar el Otello o la Aida justos es difícil en cualquier parte. Rusia tiene una sólida tradición vocal y el sistema de repertorio permite varios repartos. Aun así, la reducción de los intercambios internacionales es una pérdida. Los cantantes crecen trabajando con directores, lenguas y tradiciones distintas.

¿Ha caído un nuevo telón de acero cultural?

Sí, y en mi ámbito muchas de sus limitaciones vinieron de instituciones occidentales: funciones canceladas, colaboraciones rotas y artistas obligados a pronunciarse políticamente antes de trabajar. Me parece un grave error. Europa no puede proclamar la universalidad de la cultura mientras trata una parte importante de su patrimonio como algo que excluir. Un crítico debería poder venir a Moscú, detestar mi montaje y escribir una reseña demoledora. Eso sería sano.

¿Ha sufrido cancelaciones en Occidente?

Mis trabajos en Turín y Madrid demuestran que las relaciones artísticas serias sobreviven al desacuerdo político. Prefiero hablar de compromisos confirmados que interpretar políticamente cada cambio de calendario. Lo que no haré es subordinar mi relación con Rusia a la aprobación de otros.

¿Y el veto a Gergiev?

Es legítimo preguntar a las figuras públicas por sus decisiones. Pero me opongo a que romper públicamente con la propia patria sea el precio de seguir colaborando. Las instituciones occidentales trabajaron años con él sabiendo perfectamente de su patriotismo y de sus relaciones con el poder. Me preocupa la facilidad con que la exclusión cultural se convierte en exhibición de virtud, sin aliviar en nada a quienes sufren.

¿Por qué la ciudadanía rusa?

Fue una decisión consciente y la acepté con orgullo. Dio forma a un sentimiento de pertenencia de muchos años; las razones prácticas fueron secundarias. Italia sigue siendo el país donde nací; Rusia se ha convertido en una segunda patria. No siento necesidad de disculparme por ninguna de las dos.

Del Monaco no rehúye la pregunta sobre Putin, a quien califica de «gran presidente» que defiende la soberanía de su país y valora la cultura, aunque admite que esa opinión «es discutida» internacionalmente. Sobre la guerra, sostiene que la ampliación de la OTAN hacia el este y la promesa de 2008 a Ucrania y Georgia ignoraron la seguridad rusa, y enmarca en esa historia la operación militar, si bien reconoce que «el coste humano es enorme» y reclama una solución negociada que dé garantías a Rusia y «un futuro seguro» a Ucrania.

¿Se siente libre en Rusia?

Expreso mis convicciones y en lo profesional he encontrado gran libertad. Los espectáculos son la prueba. Una valoración más amplia de la libertad política exige distinguir entre experiencia personal, debate público y el marco legal ligado a la operación militar; no puedo fingir que sean la misma cuestión.

Preguntado por las coreografías de Alexéi Ratmanski, exiliado por oponerse a la guerra y representadas en el Bolshói sin su nombre, responde que «una obra sigue siendo de quien la creó» y que un país con semejante tradición tiene todas las razones para registrar con exactitud quién contribuyó a ella, aunque declina hablar en nombre del teatro.

¿Teme haberse convertido en un símbolo de una puesta en escena política?

Comprendo que mi presencia tiene un significado simbólico y lo acepto. Lo que rechazo es la insinuación de que otros decidan por mí. Llevo más de sesenta años formando mi criterio.

Giancarlo del Monaco: "La perspectiva occidental no es la vara de medir del mundo entero"

Del Monaco, en el Bolshoi

El Kommersant publicó una crítica durísima de su Mefistofele.

¡Me alegra que le haya alegrado tanto! Ni la amistad con Gergiev ni los premios protegen de los críticos. Bromas aparte, la crítica exigente forma parte de una cultura teatral seria. Aquí nadie puede esperar que la reputación haga el trabajo por él.

¿No se habrá enamorado tanto de Rusia que ya no ve lo que criticaría en Occidente?

El apego influye en el juicio de cualquiera, igual que la hostilidad política. Mi vínculo es fruto de décadas y es una elección meditada. No imagino una sociedad sin problemas; simplemente la miro de otro modo que quien solo la ve a través del conflicto. Nunca he elegido mis convicciones por conveniencia.

Hasta aquí Del Monaco. Uno puede discrepar de casi todo lo que dice fuera del escenario y, al mismo tiempo, lamentar que nadie de este lado vaya a ver lo que hace sobre él. Él, desde luego, ya ha elegido. Y no pide permiso.

Gonzalo Alonso

La fuente es la entrevista de Branimir Pofuk en Obzor (24 de octubre de 2026).

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