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Por Publicado el: 29/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: Romeo y Julieta en el Maestranza, cuando los secundarios se llevan el gato al agua

Romeo y Julieta en el Maestranza: cuando los secundarios se llevan el gato al agua

ROMEO Y JULIETA, de Charles Gounod. Ópera en un prólogo y cinco actos. Libreto de Jules Barbier y Michel Carré, basado en el drama homónimo de William Shakespeare. Reparto: Nina Minasyan, Santiago Ballerini, Anna-Doris Capitelli, Elena Maximova, Mario Bahg, Pablo Puértolas, Maxim Lisiin, Julien van Mellaerts, Andrés Merino, Zoltan Nagy, Riccardo Fassi y Valéri Guilmanov. Orquestra Sinfónica de Sevilla. Coro Teatro de la Maestranza (director: Iñigo Sampil). Producción: Ópera de Roma. Director de escena: Luca de Fusco. Escenografía y vestuario: Gigi Saccomandi. Iluminación: Alessandro Carletti. Vídeo: Alessandro Paña. Coreografía y asistente de dirección de escena: Alessandra Panzavolta, Dirección musical: Sasha Yankevich. Lugar: Teatro Maestranza. Entrada: Alrededor de 1.500 espectadores. Fecha: martes, 27 de octubre 2026

Romeo y Julieta en el Maestranza: cuando los secundarios se llevan el gato al agua

Romeo y Julieta, en el Teatro de la Maestranza

Que en una función de Romeo y Julieta sean los personajes de Fray Lorenzo, Stéphano y Gertrude los que se lleven el gato al agua y no la mítica pareja de amantes de Verona da cuenta del discreto nivel de esta revisita -ya se programó en 2006, dirigida entonces por Michel Plasson- de la gran ópera de Gounod al Teatro Maestranza.

Para rizar el decepcionante rizo, la producción de Luca de Fusco, procedente de la Ópera de Roma, es insustancial, tópica, pacata y revenida, a pesar de haberse estrenado en la capital italiana hace apenas unos meses (el pasado abril). A tono con tan velado nivel, el no muy refinado Coro del Teatro Maestranza, y una Sinfónica de Sevilla que se escuchó fallona, destemplada y roma. Todos dirigidos con más rutina que fantasía por el ucraniano Sasha Yankevich (1991). Fue, en definitiva, una impropia y mala noche de ópera.

Recuerda Andrés Moreno Mengíbar en la crítica del estreno, aparecida en estas mismas páginas, las palabras del poco inspirado director de escena, el napolitano Luca de Fusco (1957), en las que sostiene que “la historia [de Romeo y Julieta] puede llevarse a muchos contextos históricos siempre que se preserve la esencia del drama”. Aquí, se supone, como precisa Moreno Mengíbar, que la acción queda ambientada “en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial”. Pero es algo ilusorio, que apenas se percibe en dos o tres detalles insignificantes y no aporta nada a la historia ni a la banal “reinterpretación  cinematográfica” que vierte De Fusco, y que ni “preserva” la esencia del mito ni añade nada a la naturaleza del drama.

Visión fallida, sin línea narrativa. De estética simplista y elemental: que los amantes se ponen romanticones, pues una luna menguante sobre el telón, unas estrellitas, un fondo azulado y santas pascuas. No merece la pena explayarse en contar la nada, que, por otra parte, ya ha hecho, con palabras templadas y certeras, mi colega y amigo Moreno Mengíbar: “Todo es bastante escueto, con un espacio casi siempre desnudo y oscuro, con una esquemática escenografía fija al fondo y proyecciones sobre la misma y sobre el tul de boca. El balcón de Julieta queda reducido a un andamio. Bastante esquemáticos fueron también los movimientos de los actores en medio del gran escenario vacío y en penumbra”.

Ni vocal ni escénicamente la estereotipada Julieta de la soprano armenia Nina Minasyan ni el discreto Romeo del tenor italo-argentino Santiago Ballerini -que tuvo el mérito de sustituir en el ultimísimo momento al indispuesto Pavol Bresik- pasaran a la historia. No son Freni ni Kraus, pero tampoco los amantes de Verona, creados por Shakespeare y reinterpretados musicalmente por Gounod. Dos iconos de la historia del amor que requieren temperamentos y vocalidades de calado mucho más ambicioso que una buena voz envuelta en voluntad y empeño.

Ni ella en su célebre aria -“Je veux vivre”, y luego en la plegaria “Amour, ranime mon courage”-, ni él en el gran momento de la escena del balcón –“Ah! lève-toi, soleil”-, ni en la dramática escena final -“Salut! tombeau sombre et silencieux!”-, lograron conmover o emocionar a nadie en una función grisácea y mermada por el tedio de la escena. Julieta es más que una dulce voz, y a Romeo no le basta el empeño de un tenor que es más tenorino que amante. Sin pena y apenas gloria transcurrió el apasionado dúo del cuarto acto, “Va! je t’ai pardonné… Nuit d’hyménée!”.

Crítica: Romeo y Julieta en el Maestranza, cuando los secundarios se llevan el gato al agua

Imagen de la producción

En el haber de la deslucida noche sí destacó el Stéphano de la mezzosoprano Anna-Doris Capitelli, cargado de empaque, brillantez y ritmo actoral, particularmente en un travieso pero elegante “Que fais-tu, blanche tourterelle?”. También el cariz vocal y dramático de la gran mezzosoprano rusa Elena Maximova, un lujo de artista, aquí convertida en Gertrude, la nodriza de Julieta, pero cuya caracterización más la acerca a un personaje a medio camino entre hija de Bernarda Alba y Olivia Olivo, la flacucha mujer de Popeye.

El descuadrado podio vocal de tan  singular elenco se completó con el pertinente bajo Riccardo Fassi, que configuró un Fray Lorenzó de aquilatado énfasis vocal y actoral. En el olvido, quedan escenas tan banalmente resueltas como la de la boda, o encarnaciones tan apuradas como las del bajo-barítono rumano Zoltán Nagy, que las pasó canutas para llevar a puerto su papel como padre de Julieta. Lo mejor de la noche, fue, como tantas veces en el Teatro Maestranza, la cercanía de Rocío Castro y su entorno privilegiado. De la Caridad a la Torre del Oro.

Justo Romero

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