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Por Publicado el: 22/07/2012Categorías: Crítica

AIDA (G. VERDI) Gran Teatre del Liceu de Barcelona

AIDA (G. VERDI)

Gran Teatre del Liceu de Barcelona. 21 Julio 2012.

No han pasado todavía 5 años desde que se representara por última vez Aida en el Liceu. Independientemente del más bien breve tiempo transcurrido, la ópera de Verdi sigue siendo un gran reclamo para cualquier teatro de ópera, como se ha comprobado en Barcelona una vez más.. Más todavía si como protagonista aparece anunciada Sondra Radvanovsky, una de las grandes Aidas de la actualidad, como lo ha demostrado nuevamente.

El Liceu ha encontrado una auténtica mina en la recuperación de la famosa escenografía de Josep Mestres Cabanes, ya que es ésta la cuarta temporada en que se ofrece desde que se estrenara hace casi 12 años. Transcribiré mis impresiones sobre esta producción, que no han cambiado desde la primera vez que la vi en Santander hace ahora 11 años: “La producción elegida para esta representación de Aida es la famosa del Liceo de Barcelona con escenografía original de Josep Mestres Cabanes, recuperada o llevada a cabo por Jordi Castells. Las telas pintadas son de gran belleza y colorido y llama poderosamente la atención el gran efecto de profundidad conseguido por el autor, especialmente en la escena del Juicio de Radamés. A pesar del tiempo transcurrido desde su diseño original (años 30), las telas siguen resultando atractivas y muy adecuadas para el desarrollo de la ópera. La única pega consiste en la necesidad de recurrir a tres intermedios, lo que alarga considerablemente la duración del espectáculo. El vestuario, original de Franca Squarciapino y procedente del Teatro Mássimo de Palermo, es un tanto irregular y particularmente poco favorecedor para Radamés, que más parecía vestido para La Corte de Faraón. Buena la labor de Albert Faura como iluminador, que saca un gran partido a la escenografía, resaltando notablemente los efectos de profundidad y relieve. Lo menos conseguido es la dirección escénica de José Antonio Gutiérrez. Los solistas quedan abandonados a su suerte, lo que no tiene demasiada importancia, sobre todo si tenemos en cuenta lo que Gutiérrez hace con el coro y la figuración”

La verdad es que he vuelto a ver con sumo interés la producción y que las telas pintadas de Mestres Cabanes resultan espectaculares. Uno se queda de piedra tras la escena del Juicio de Radamés, al darse cuenta que todo aquel subterráneo abovedado no es sino una tela plana pintada, que se levanta para dar paso a la tumba del final. La producción sigue gustando a los espectadores, por lo que no me sorprendería que hubiera nuevas reposiciones en el futuro.

La dirección musical estuvo encomendada a Renato Palumbo, una auténtica garantía en el foso de cualquier teatro de ópera. Su lectura ha estado llena de vida y dramatismo, al tiempo que ha ayudado siempre a los solistas en escena. Su actuación ha sido notablemente superior a la que ofreció Daniele Callegari en la última reposición de Aida en este mismo teatro. En un tiempo en que la gran tradición de los maestros directores y concertadores italianos parece estar en decadencia, la figura de Renato Palumbo hay que agradecerla en lo que vale. Consiguió una prestación por parte de la Orquestra Simfònica del Liceu notablemente mejor que la que este grupo nos tiene acostumbrados. A su alto nivel habitual el Coro del Liceu, al que reforzaba en esta ocasión la Polifónica de Puig-Reig.

El reparto anunciado ha sufrido numerosos cambios a lo largo de las últimas semanas, hasta el punto de que únicamente han permanecido tres de los cantantes inicialmente anunciados. Demasiadas cancelaciones para ser creíbles.

Aida era la soprano americana Sondra Radvanovsky, quien hacía su debut en el Liceu, lo que no deja de extrañar, teniendo en cuenta que hace ya más de 10 años que debutó en España. Sondra Radvanovsky llevaba ya dos meses en el dique seco, desde que cancelara su participación en Cyrano de Bergerac en el Teatro Real. Su reaparición ha sido triunfal, demostrando que estamos ante la máxima exponente en la actualidad de la soprano verdiana. No voy a entrar en detalles sobre la voz de la americana, porque es de sobra conocida por los aficionados. Simplemente diré que es un instrumento más que notable y muy bien manejado. Su interpretación de “O, Patria mía” fue magnífica, escuchando una atronadora ovación de casi dos minutos de duración (1 minuto y 54 segundos), donde no faltaron peticiones de Bis. Alguien dijo – creo que fue Supermán – sobre su voz que se trata de la voz triste más bella del mundo. No le falta razón. El color oscuro de su timbre es de gran belleza. Con su poderío y su depurada técnica, uno no puede sino esperar con impaciencia su María Stuarda en Bilbao.

Marcello Giordani fue un Radamés decepcionante. Muchas veces ocurre que el aria “Celeste Aida” queda desdibujada, al coger al tenor con la voz fría, pero lo de Giordani fue casi lamentable. Las cosas luego mejoraron, pero no hubo brillo sino en las notas altas, siempre emitidas en forte, mientras que el centro sonaba más bien sordo y los graves eran inaudibles. Aparte de posible mala forma temporal, no me parece que Radamés es un personaje para sus características vocales.

Luciana d’Intino canceló hace unos días y esto trajo consigo que Ildiko Komlosi pasara al primer reparto. La mezzo húngara se entregó al personaje sin reservas y salió airosa de su cometido, una vez que uno se acostumbra a su timbre poco agradable y a su excesivo vibrato.

También Juan Pons pasó al primer reparto al cancelar su actuación como Amonasro Zeljko Lucic. El barítono menorquín, que acaba de anunciar oficialmente su retirada de los escenarios, tuvo una buena actuación, salvo en su caracterización, más propia de una tribu de indios que de un rey etíope. Tras 42 años de actividad ha decido abandonar la profesión en un momento en que la falta de barítonos dramáticos y su propia salud vocal le podían permitir prolongar su actividad sin problemas. El público fue particularmente cariñoso con él.

El bajo ucraniano Vitalij Kowaljow es otro de los supervivientes del reparto original. Hacía también su debut en el teatro y tuvo una lucida actuación como Ramfis, con una voz pastosa y dotes de expresividad.

Stefano Palatchi volvió ser el Faraón y poco queda de su voz, salvo el recuerdo.

En los personajes de contorno, Josep Fadó fue un Mensajero de voz más importante que lo habitual en el personaje. Elena Copons estuvo bien como Sacerdotisa.

El Liceu ofrecía un lleno, como corresponde a una ópera tan popular. El público se mostró muy cálido a lo largo de la representación, con ovaciones a escena abierta, particularmente para Sondra Radvanovsky. En la recepción final la triunfadora fue la soprano americana, así como Juan Pons, tal como relataba más arriba. Ildiko Komlosi fue muy aplaudida, así como lo fue también Renato Palumbo. Marcello Giordani escuchó algún abucheo aislado dentro de los aplausos generalizados.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración total de 3 horas y 56 minutos, incluyendo nada menos que 3 intermedios, cuya duración totalizó nada menos que 1 hora y 24 minutos. La duración puramente musical fue de 2 horas y 26 minutos. Los aplausos finales, muy intensos, se prolongaron durante 7 minutos. El equipo creativo no salió a saludad, a pesar de ser la primera función de la serie.

El precio de la localidad más cara era de 190 euros, siendo el precio de la butaca de platea de 150 euros. En los pisos superiores los precios oscilaban entre los 30 y los 115 euros. José M. Irurzun

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