Crítica: Noche de ballet en el Generalife con Béjart y su memoria
Noche de ballet en el Generalife con Béjart y su memoria
75 FESTIVAL DE GRANADA. BÉJART BALLET LAUSANNE (Julien Favreau, director artístico). Obras de Hadjidákis, Stravinski y Ravel. Coreografías de Maurice Béjart Reparto: Óscar Eduardo Chacón (Dyonisos), Hideo Kishimoto (El Pájaro de fuego), Mari Ohashi (La Melodía). Lugar: Granada, Teatro del Generalife. Entrada: Lleno. Fecha: Viernes, 3 julio 2026.

Bejart © Festival de Granada | Fermín Rodríguez
En el plural verano musical español pocos espectáculos resultan comparables a una función de ballet en el teatro al aire libre del Generalife de Granada. En este marco ciertamente incomparable, todos los tópicos se cargan de razones para crear en el espectador un estado receptivo que juega siempre a favor de lo que ocurre sobre el inmenso escenario, realzado bajo las estrellas y el marco escenográfico de unos cipreses ya acostumbrados a su anual cita balletística en el Festival de Granada.
“Quién no ha visto Granada, no ha visto nada” dice el adagio popular. Y quien no se ha maravillado con una función de ballet en el Generalife no puede imaginar lo que se pierde. No importa tanto que se haga sin orquesta, con música “enlatada”, mientras el foso permanece incomprensiblemente más vació y triste que el mismísmo Paseo de los Tristes; o que las butacas de plástico no sean precisamente las más confortables del mundo, o que al entrar y salir del impresionante teatro al aire libre del Generalife tenga uno que sufrir “atascos” humanos que ni los de la M-30…
Todo se excusa ante la magia de lugar, con ese escenario único encuadrado por cipreses que hacen de bambalinas y fondo, y con ese cielo estrellado que solo así se siente en la Alhambra. Si a eso el espectáculo es de la calidad del presentado el viernes, protagonizado por el Béjart Ballet Lausanne, con tres legendarias coreografías del propio Maurice Béjart (1927-2007) sobre músicas de Hadjidákis (Dionysos), Stravinski (El pájaro de fuego) y Ravel (Bolero), la vivencia de una noche de ballet en el Generalife se convierte en algo único e inolvidable.
Y así fue esta vivificante noche de arte, en la que no hay que ser un experto en ballet para tener la certeza de la calidad y belleza de un espectáculo en el que habita la memoria, perenne y atemporal, del genio de Béjart, de quien el próximo año se conmemorarán el primer centenario de su nacimiento y los veinte años de su muerte.
Creado en 1987 por el bailarín y coreógrafo franco-suizo, el Béjart Ballet Lausanne atesora el espíritu y el modelo de su fundador, aunque, como escribe Elna Matamoros en el programa de mano, actualmente, bajo el pulso firme de Julien Favreau, la compañía “ha evitado quedarse aferrado al patrimonio que atesora y en los últimos años ha incorporado piezas de coreógrafos actuales que ponen de manifiesto la imparable influencia de Maurice Béjart en la creación de hoy”.
Sin embargo, el repertorio presentado en esta septuagésima quinta edición del Festival de Granada que anda ya pasada el ecuador, estaba conformado exclusivamente por coreografías béjartianas. Desde el ballet Dionysos, de 1985, en el que Béjart, apoyado en la música de raíces griegas de Manos Hadjidákis, explora el mito de Dionisos, encarnado y bailado por el colombiano Óscar Eduardo Chacón (quien a sus envidiables cuarenta años mantiene las virtudes que le han convertido en primera estrella internacional), al antiguo -se estrenó en Bruselas, en 1961- pero ya entonces innovador Bolero de Ravel, ahora protagonizado por la bailarina japonesa Mari Ohashi.
En medio, entre las resonancias helénicas de Dionysos y el ritmo obstinado de Ravel, un clásico como El pájaro de fuego, en el montaje que Béjart presentó por vez primera en París, en 1970, y que en Granada ha fascinado con la perfecta ingravidez de Hideo Kishimoto en el rol titular.
Asombra y fascina la vigencia estética y conceptual de estos tres montajes estrenados hace décadas. Nada se percibe ñoño o ajado. Desde el fabuloso vestuario de Versace para el ballet de Hadjidákis, a la escenografía y vestuario del propio Béjart para el Bolero. Como los buenos vinos, el tiempo, más que perjudicar, contribuye a percibir mejor el trabajo del genio. Justo Romero
























Últimos comentarios