Crítica: Martín García García, un “Ferrari” de la técnica pianística en la clausura del Festival Iturbi
Martín García García, un “Ferrari” de la técnica pianística en la clausura del Festival Iturbi
IV Festival Iturbi. Recital de Martín García García (piano). Obras de Chopin y Liszt. Lugar: València, Palau de la Música. Aforo: Alrededor de 1200 espectadores Fecha: 30 junio 2026.

Martín García García clausura el Festival Iturbi
Había expectación y curiosidad ante el recital de clausura del IV Festival Iturbi de València, protagonizado por el pianista gijonés Martín García García (1996), un “Ferrari de la técnica pianística” cuya carrera se lanzó con fuerza en 2021, cuando se alzó con la victoria en el concurso de Cleveland y alcanzó el tercer puesto en el Chopin de Varsovia, uno de los certámenes pianísticos verdaderamente grandes.
Ante un auditorio imposible, por escandaloso e impropio de cualquier sala de prestigio -la cosa de regalar las entrada a diestro y siniestro-, García García impuso su pianismo virtuoso y su temperamento fogoso hasta el exceso ante un programa extenso y preñado de exigencias de todo tipo. Un “Chopin frente a Liszt” solo apto para grandes pianistas. Martín García García lo es.
Y lo es pese a un temperamento que hace que, en ocasiones, el tiempo se descoque y precipite hasta el vértigo y las dinámicas alcancen intensidades que chocan con la mesura decibélica propia de Chopin y el piano de su época. Pero, como otros grandes del teclado contemporáneo, el gijonés no se anda con elucubraciones historicistas y emplea todos los recursos del moderno instrumento -un vigoroso Steinway gran cola- para inundar la partitura de precipitación y exceso, pero también de sonoridades multicolores.
García García es, por otra parte, dueño de un legato cantable que fascina por sí mismo -sobre todo en las gamas más delicadas; en eso que Bruno Gelber llama “expresión blanca”-, apoyado en un uso del pedal -de los pedales, los tres- proverbial, y, sobre todo, en una actitud ante la partitura que, desde su impulsiva personalidad artística, destila honestidad y verdad.
Sí todo eso se adereza con ese virtuosismo apabullante, que hace que no pierda el control ni la compostura ni siquiera en los momentos de mayor acaloramiento, estrépito o arrebato, el resultado no es otro que la excelencia. Por mucho que uno pueda disentir del estropicio que hizo de la Danza del fuego de Falla que tocó como tercera y penúltima propina, o de los trallazos que en ocasiones convirtió algunas graves sonoridades de Chopin, hay que inclinarse y aplaudir el valor y relieve de sus interpretaciones.
Fue el suyo un Chopin en el que expresión, temperamento y destreza se abrazaron en visiones cargadas de fuego y calma, tanto en los Scherzi tercero y cuarto, como en las Baladas segundas y cuarta, que se sucedieron en un hilvanado juego de tensiones y distensiones. En medio, como catalizador de todo, las tres leves mazurcas Opus 63, joyas sin espacio para el exceso, en las que García García sustancializó lo mejor de su pianismo particular.

Imagen del concierto
Luego, tras la pausa de este recital sin concesiones, Chopin cedió el paso a Liszt, donde su voluptuosidad encontró mejor marco. Hizo poesía y rezumó bellezas sonoras en la poco tocada La celda de Nonnenwerth, y volcó sugestión y sentido narrativo a una referencial recreación de la “leyenda” San Francisco de Palau caminando sobre las olas. Quizá fue esta última interpretación lo mejor del programa, junto con la impresionante Sonata en si menor que tocó a continuación, para cerrar el recital.
Entre los pianísimos extremos y prodigiosos que portican y cierran la colosal sonata, Martín García García desplegó su perfecto poderío técnico para adentrarse en los mil y un mundos y atmósferas que atesora. Una versión en la que se escuchó, percibió y sintió todo, hasta el más insignificante detalle o contrapunto. Transparente y salida del alma sensible que impulsa al virtuoso. Una versión telúrica y poética, cuya perfección técnica admira y deslumbra tanto como la honestidad -personal y artística- de sus intérprete.
Indemne a la agresión constante del público -por ruidos y aplausos a destiempo, incluidos también en medio mismo de las obras-, al final acabó metiéndose a todos en el bolsillo, como se evidenció en la inesperada apoteosis colectiva con una salva de aplausos y bravos exclusiva de las grandes ocasiones. El solista, siempre con un pañuelo en las manos -a lo Pavarotti, pero de color negro-, saludó calmo una y otra vez, con reiteradas salidas y entradas al escenario. “Parece Sokolov”, dijo alguien del público que en el fondo no iba tan descaminado.
Y comenzó así la “fiesta” de los bises. Un preludio de Debussy –Las colinas de Anacapri-, la descocada y ya citada Danza del fuego (en la que el exceso su impuso sobre la obra), el Estudio Patético de Scriabin… Aquello no parecía tener fin. Fue la noche en la que este señor pianista convenció a todos ante un señor programa.
Difícil imaginar final más feliz para este irregular cuarto Festival Iturbi. Una edición en la que, como en botica, ha habido de todo. Entre lo mejor, entre lo que marcará huella, las actuaciones de Colom, Avdeeva y la del propio “señor pianista”. Para el olvido, el paso de las Hermanas Labèque y otros que mejor no nombrar. Por no hablar del inexiste servició de Prensa. La Diputación de València, alma mater del concurso, debería plantearse seriamente cambiar de raíz su rancio y burocratizado sistema de gestión. El simple hecho de conseguir una foto del concierto para ilustrar estas líneas se torna proeza similar a la de tocar la Sonata de Liszt. ¡Imagínense!

























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