Barbara Hannigan: “Siempre intento enfrentar cada obra como si fuera la primera vez”
Barbara Hannigan acaba de cantar por tercer año en el Festival Ravel, que se celebra en la costa vasca, entre Ziburu y San Juan de Luz. La artista canadiense ha construido una trayectoria única en la música clásica contemporánea, alternando con naturalidad dos carreras de máximo nivel como soprano y directora de orquesta. Defensora incansable de la creación actual, la artista canadiense ha estrenado numerosas obras y colaborado estrechamente con algunos de los compositores más influyentes de nuestro tiempo. En esta conversación con el medio Classicpoint, reflexiona sobre la evolución de su carrera, el proceso creativo junto a los autores vivos, la importancia de la respiración como nexo entre cantar y dirigir y el concepto de renovación permanente que guía cada una de sus interpretaciones.

Barbara Hannigan, soprano: “La música contemporánea no fue una elección, sino una vocación”
Photo: Marco Borggreve
Pocas artistas han logrado desarrollar simultáneamente una carrera internacional como cantante y directora de orquesta con la naturalidad de Barbara Hannigan. Convertida en una referencia de la música contemporánea sin renunciar al gran repertorio, la canadiense asegura que su paso a la dirección no respondió a un plan cuidadosamente diseñado, sino a una experiencia que terminó transformando su vida profesional.
Todo comenzó con un debut en el Festival Présences de París, en 2011. Aquella actuación, recuerda, no pretendía abrir una nueva etapa, aunque pronto comprendió que las cosas cambiarían. “Fue simplemente un evento que quería probar, una experiencia que necesitaba tener“, explica. Sin embargo, antes incluso de salir al escenario intuyó que la dirección ocuparía un lugar central en su futuro. No se equivocó. Tras aquel concierto comenzaron a llegar propuestas para diseñar programas en los que alternaba el podio con el canto, hasta alcanzar la libertad artística que disfruta hoy. “Durante los últimos siete u ocho años he tenido la libertad de crear exactamente lo que quiero, ya sea dirigiendo, cantando o ambas cosas“, resume con satisfacción.
Aunque el público la identifica especialmente con la música contemporánea, Hannigan rechaza cualquier oposición entre esta y el repertorio clásico. Su fascinación por la creación de nuestro tiempo nació en la infancia, cuando descubrió que aquellos sonidos inesperados despertaban una curiosidad especial. Más tarde comprendió que esa inclinación era algo más profundo que una simple preferencia estética.
“Sentí que era una especie de deber dedicar gran parte de mi tiempo a apoyar a los compositores e interpretar la música de nuestro tiempo“, afirma. Esa convicción nunca le ha impedido dirigir o interpretar a los grandes clásicos. De hecho, recuerda que buena parte de sus programas actuales pertenecen precisamente al repertorio tradicional, aunque procura mantener un equilibrio que permita introducir obras menos conocidas. Confía en que el público acepte ese viaje porque, según dice, “todo lo que elijo merece la pena ser escuchado“.
Uno de los aspectos más singulares de su trayectoria ha sido la estrecha colaboración con compositores vivos. Lejos de limitarse a estrenar partituras ya terminadas, Hannigan participa con frecuencia en largos procesos creativos que pueden comenzar incluso antes de que la primera nota llegue al papel.
Cada colaboración, explica, responde a una dinámica distinta, pero todas parten de una misma exigencia: la autenticidad. “No quiero que escriban algo que crean que me gustará; quiero que escriban verdaderamente desde el corazón“, asegura. Con algunos compositores, como Hans Abrahamsen, las conversaciones abarcan desde la elección de los textos hasta las características concretas de su voz. En otros casos, como ocurrió con George Benjamin antes de escribir Written on Skin, el proceso consistió en largas sesiones musicales para explorar las posibilidades expresivas de su instrumento. También recuerda con entusiasmo la experiencia reciente junto a Laura Bowler, cuya obra The White Book recibió prácticamente terminada: “Es una pieza increíble que me sienta de maravilla”.
Si hay algo que sigue emocionando a la artista es enfrentarse a una partitura que nadie ha interpretado antes. Para Hannigan, el estreno absoluto representa una oportunidad irrepetible de descubrir territorios desconocidos. “Es como dejar las primeras huellas sobre la nieve recién caída“, explica. Ese momento supone, en sus palabras, un doble descubrimiento: comprender la intención del compositor y, al mismo tiempo, explorar capacidades propias que quizá permanecían ocultas. “Para mí, una nueva partitura es un regalo extraordinario“, añade.
Esa búsqueda permanente también condiciona su manera de abordar obras que ha interpretado decenas de veces. Lejos de apoyarse en la experiencia acumulada, intenta convencerse de que cada ensayo constituye un nuevo comienzo.
“Redescubro cada pieza que canto, sin importar cuántas veces la haya interpretado“, afirma. Para reforzar esa idea llega incluso a colocar “una hoja de papel blanco en el espejo del camerino“, un recordatorio simbólico de que debe desprenderse tanto de los éxitos como de los errores del pasado y afrontar cada función con la mayor libertad posible.

Hannigan en una imagen de su faceta como directora
La dimensión teatral de muchos de sus papeles exige un delicado equilibrio entre la intensidad emocional y la seguridad vocal. Hannigan reconoce que algunos personajes llevan al límite la expresión dramática, pero considera imprescindible establecer una frontera entre la actriz y la cantante.
Utiliza como ejemplo La Voix humaine de Poulenc, una obra en la que el personaje atraviesa un enorme sufrimiento psicológico. “La actriz puede interpretar el papel, pero la voz de Barbara debe protegerse“, explica, describiendo ese pacto interior que le permite mantener intacta la técnica incluso en los momentos de mayor intensidad emocional.
Entre la dirección y el canto encuentra una conexión fundamental: la respiración. Hannigan está convencida de que un director que respira junto a los músicos favorece el fraseo y la naturalidad de toda la interpretación.
“La respiración es la base de nuestra línea melódica y del fraseo“, sostiene. No es una idea teórica: incluso ha impartido clases magistrales sobre respiración a varias orquestas, convencida de que beneficia por igual a cantantes, instrumentistas de cuerda o percusionistas.
En el escenario también busca colaboradores dispuestos a asumir riesgos. Valora especialmente las orquestas abiertas al diálogo y recuerda con admiración a directores de escena como Katie Mitchell, Krzysztof Warlikowski, Andreas Kriegenburg, Romeo Castellucci o Christoph Marthaler, todos ellos capaces de convertir los ensayos en un espacio de creación compartida donde la improvisación y la aportación de los intérpretes desempeñan un papel decisivo.
Esa misma exigencia explica también los proyectos que decide rechazar. La artista reconoce que dice no con frecuencia, ya sea porque la escritura vocal no resulta adecuada o porque siente que no puede aportar algo verdaderamente valioso a una obra. “¿Es esto lo correcto para mí en este momento? ¿Puedo aportar algo a esta música que beneficie a la pieza?“, son las preguntas que guían sus decisiones.
Fuera de los escenarios, Hannigan encuentra el equilibrio en una vida mucho más tranquila, dedicada a la naturaleza, la cocina y sus gatos. Pero incluso sus proyectos discográficos nacen de profundas reflexiones artísticas. Su nuevo álbum, An American Dream?, no pretende ofrecer una visión complaciente de la música estadounidense, sino abrir interrogantes sobre la evolución de esa identidad cultural.
“No doy respuestas, pero sin duda hago muchas preguntas“, concluye. Una frase que resume con precisión toda una filosofía artística: entender la música no como un lugar de certezas, sino como un espacio permanente de exploración y descubrimiento.














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