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Por Publicado el: 09/07/2004Categorías: Crítica

Barenboim, entre el arte y la política

Barenboim, entre el arte y la política
Barenboim ha sido siempre un artista muy querido en España. Lo fue primero como gran pianista y lo es ahora también como director. Uno prefiere al primero frente al segundo. Como prefiere a los artistas que se dedican sólo al arte antes que a aquellos que hacen del arte una política. Barenboim emprendió hace unos años este delicado camino, quizá por pura necesidad, como Beethoven o como Mozart. El concierto madrileño en la plaza Mayor es el ejemplo vivo de esta actitud. El director argentino logró equilibrar el presupuesto de la Opera de Berlín gracias a los cuatrocientos millones que recibía primero del Teatro Real y más tarde de la Comunidad de Madrid por intervenir en un Festival de Verano creado para él. Los fondos públicos aprietan en la capital alemana y la cancelación de su visita anual a Madrid supuso un contratiempo duro e inesperado. Pero el maestro es hábil encandilando políticos -¿no lo hizo a caso prometiendo un «Don Quijote» en Berlín que nunca llego a anunciar allí?- y he aquí que en un par de semanas sustituyó el proyectado «Moisés y AArón» del Real por dos conciertos en el Festival de Granada y un tercero en la Plaza Mayor que, para su mayor proyección personal, se anuncia «sin cobrar». No hay que ser muy avispado para pensar que alguna conraprestación futura habrá detrás del concierto más político que se haya celebrado en Madrid. Concierto político por lo que ha supuesto de mal disimulado roce entre administraciones y concierto político por la cantidad de personalidades que ha congregado, encabezadas por la Reina y el Presidente del Gobierno.
Lo de menos en un acto así, en el que el arte se vuelve política, la electrónica impide diferenciar una buena orquesta de una mediocre y los pianísimos huelen a calamares fritos, es la propia música por más que Barenboim le sacase todo su brío. La «Heroica» acompañó los desengaños de Beethoven respecto a Napoleón y a algunos nos ha servido para meditar a lo largo de su «marcha fúnebre», no sólo por las víctimas del 11M, sino también sobre la enfermiza situación de nuestro mundo cultural, a punto del entierro. No hemos avanzado mucho desde los «heroicos» tiempos. Valga como muestra el reciente episodio sevillano, en donde un delegado de cultura de un ayuntamiento metido a libretista de ópera es capaz de entregar una orquesta y un teatro al hijo del autor de la música de la ópera de marras sin el menor sonrojo y sin que nadie lo pueda evitar. Los micrófonos y altavoces que proyectaban el sonido de la «Tercera» a los cinco mil asistentes de la Plaza Mayor deberían servir también para advertir al publico de las manipulaciones constantes a las que está siendo sometido. Beethoven se tuvo que arrimar a sus gobernantes, pero escribió la «Heroica». No tengo tan claro que los que hoy «a buen árbol se arriman» sean capaces de otro tanto.
Gonzalo Alonso

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