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La eterna canción
Barenboim, entre el arte y la política
Por Publicado el: 15/07/2004Categorías: Crítica

Del fado al tango

Festival de Segovia
Del fado al tango
“La pena golfa”. M. Lavalle, voz. J. Lema, bandoneón. V. Ängel Gil, chelo. G. Szternsztejin, guitarra. S.M. Sateldo, contrabajo. C.Goncasvez, guitarra portuguesa. Torre de Lozoya. Segovia, 14 de julio.
En Segovia se desarrolla un festival con varios ciclos en paralelo que abarcan desde la Semana de Música de Cámara, ya en su XXXVVV edición, a géneros tan diversos como el ballet, flamenco o la cita aquí comentada, una especie de guirlanda en la programación.
María Lavalle y su director artístico han diseñado bajo el título de “La pena golfa” un espectáculo tan ameno como didáctico. Se trata de un recorrido por la música argentina y portuguesa buscando las ligazones entre el tango y el fado, que no son pocas. Ambos, en compás de cuatro por cuatro, nacieron para ser bailados, fueron luego cantados, pasaron de los suburbios a los salones palaciegos y terminaron llamando la atención de los intelectuales que hasta pusieron sus letras. Todo ello quedaba claro desde la primera pieza cantada, “Julia Florista”, un fado cuyas connotaciones tanguistas se acentuaron deliberadamente. María Lavalle permaneció dos horas seguidas sobre el escenario, sin que éstas pesasen para nada, junto a un cuarteto de Tango en el que sobresalieron el bandoneón de Jorge Lema y Carlos Goncalvez, tantas veces acompañante de la gran Amalia Rodríguez, con la guitarra portuguesa. Ambos artistas lograron momentos entrañables en su especie de duelo fado-tanguero. La actuación de María Lavalle, que se expresa tan bien como canta, fue de menos a más, metiéndose cada vez más en la vida de estas músicas y en la poesía de sus letras, cuidando inflexiones y acentos en unas interpretaciones más elaboradas de lo habitual.
Hasta la canción francesa “Parle-moi d’amour”, aparentemente fuera de contexto, tenía su sentido, no en vano fue la concesión de Carlos Gardel a los parisinos que le pedían inútilmente un tango en francés. Sirvió además para presentar la curiosidad del “Plus beau Tango du monde”, con el que los franceses se tiraron a la piscina. El público, que llenaba el bellísimo jardín de la Torre de Lozoya, no sólo pudo evocar los aromas gardelianos sino también los de Mercedes Simone o la misma Amalia Rodríguez. Uno de los momentos mágicos llegó de la mano del fado “Cansancio”, de intensa expresividad, para continuar en el siempre difícil “Nostalgias” y en las propinas finales, con una curiosísima versión de la milonga “Los ejes de mi carreta” en la que fado y tango se volvían a dar la mano tal y cómo había empezado el recital. Gonzalo ALONSO

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