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Por Publicado el: 23/08/2009Categorías: Artículos

Bernstein, Una batuta a contracorriente

Una batuta a contracorriente
Cosechó éxito como compositor, pianista y director de orquesta durante muchos años. Pero ‘Lenny’ fue un genio contradictorio que llevó la voz cantante dentro y fuera del escenario
POR JUSTO ROMERO. El Mundo, 23-08-2009

Leonard Bernstein, Lenny para los amigos -es decir, para casi todos los que le trataron-, fue un genio a contracorriente. En su vida sin tapujos ni remilgos. También en su extremado modo de dirigir la orquesta. Símbolo de la mejor cultura estadounidense, Lenny Bernstein había nacido en Lawrence (Massachusetts) en 1918, en el seno de una familia judía procedente de Ucrania. En él confluyen todas las contradicciones y esquizofrenias de su país. Hijo del siglo XX y de sus infinitas aristas, vivió a todo gas, con la misma intensidad que empuñaba la batuta para dirigir las sinfonías de su amado Gustav Mahler, al frente de la Filarmónica de Viena o de la de Nueva York, de la que fue director musical entre 1958 y 1969.
Ciclotímico, apasionado hasta el exceso y siempre rotundamente genial. Bisexual, fumador empedernido y bebedor sin límite. Padre de tres hijos. Fiel esposo de su mujer Felicia y de su compañero sentimental Tom Cothran. Si Karajan, como cuenta el chiste, se creía Dios, Bernstein tenía motivos para considerarse el músico más vital de la Tierra. En el sur de Gran Canaria, donde frecuentó varias veces la residencia de su amigo el pianista Justus Frantz cerca de Maspalomas, se recuerdan aún sus noches en blanco y sus místicas visiones del amanecer animado por los efluvios del alcohol y las más variopintas compañías.

Su currículo personal resulta casi tan intenso como el musical. Si éste está plagado de acontecimientos, como el estreno absoluto en 1949 de la Sinfonía Turangalîla, de Messiaen, o el concierto que en 1967 dirigió en el Monte Scopus para conmemorar la reunificación de Jerusalén, o sus famosos Conciertos para jóvenes transmitidos por televisión a todos los Estados Unidos, el personal está cargado de anécdotas que delatan su fuerte personalidad. Cuando impartía clases de Historia de la Música, ponía ejemplos con fragmentos de canciones de The Beatles. En su famosa grabación del Primer concierto para piano y orquesta, de Brahms, junto al pianista Glenn Gould, con el que no llegó a un acuerdo en la interpretación de dicha obra, optó por incorporar su voz al principio del disco y explicar las desavenencias que habían surgido durante la grabación con el pianista canadiense.

Carismático y contradictorio, admirado y considerado como símbolo de la más genuina cultura made in USA, fue acusado en su propio país de «comunista» y «maricón». También espiado por el FBI. En 1953, el Departamento de Estado se negó a prorrogarle el pasaporte. Para recuperarlo, se vio obligado a presentar una declaración jurada, según la cual iba a ser «leal a Estados Unidos y rechazar el comunismo soviético». Su genio, su talento y su buen fario hicieron de él un triunfador nato.

Su convulso tiempo -II Guerra Mundial, el mccarthysmo, Vietnam o el movimiento hippie- y su vida sin renuncia a nada no le impidieron ser la más grande batuta estadounidense de todos los tiempos. Judío, atractivo y antibelicista, Lenny no fue sólo el más grande director de orquesta de Estados Unidos. También un sobresaliente pianista y un compositor de fuste, autor de obras tan fundamentales como Trouble in Tahiti (1952), Candide (1955) y West Side Story (1957), además de su muy original Misa, que él califica como «pieza de teatro para cantantes, músicos y bailarines».

Esta misa, un decidido canto a la libertad del hombre, le acarreó nuevos problemas con los estrictos servicios secretos de su país. Ocurrió en 1971, con motivo del estreno de la obra, escrita por expreso encargo de Jacqueline Kennedy Onassis para la apertura en Washington, el 8 de septiembre de aquel año, de The Kennedy Center for the Performing Arts.

Pocos días antes, Bernstein fue acusado de «planear, junto a elementos de izquierda, una trama para poner en ridículo al presidente y a otros funcionarios del gobierno a través de una composición antibélica». Después de esta advertencia del FBI, el entonces presidente Richard Nixon decidió no asistir a la ceremonia de apertura, y justificó su ausencia con un cobarde comunicado en el que expresaba que «cancelaba su anunciada presencia al estreno para ceder todo el protagonismo de la noche a la ex primera dama Jackie Kennedy».

Más allá de todo, y por encima incluso de su condición de virtuoso pianista, Bernstein era un grandísimo hombre de orquesta, uno de los verdaderamente grandes directores del largo siglo XX. Sus conciertos eran especialmente esperados en todo el mundo. Mantenía un especial lazo afectivo con la Filarmónica de Viena, al frente de la cual grabó los ciclos completos de las sinfonías de Beethoven, Mahler, Brahms y Schumann. También, por supuesto, con su Filarmónica de Nueva York y con la Filarmónica de Israel.

Como músico abierto a todo, tampoco se desentendió del género operístico. En la memoria quedan las funciones que dirigió en la Scala de Milán con la inolvidable Maria Callas como solista de las óperas Medea, de Cherubini, y La sonnambula, de Bellini, en 1953 y 1955, respectivamente, ambas hoy felizmente recuperadas en disco compacto. Se cuenta que, después de una de estas funciones, la policía local de Milán se lo encontró, ya al amanecer, completamente borracho, tirado en un portal de una callejuela próxima a la catedral junto a singulares compañías. Cuando Lenny logró identificarse y decir quién era realmente, los agentes debieron de pensar que la mona del americano era aún más gorda de lo que parecía. Hubo de intervenir el intendente de la Scala para que el hombre que unas horas antes había sido aclamado en el templo operístico más emblemático del mundo, saliera de los calabozos milaneses.

Dentro también del género operístico, Bernstein dirigió el estreno estadounidense de Peter Grimes, de Britten. Lentísimo y personalísimo es el Tristán e Isolda que presentó y grabó en 1980, en Múnich. En 1966, había dirigido un histórico Falstaff, de Verdi, en la Ópera de Viena, con producción de Luchino Visconti y, Dietrich Fischer-Dieskau en el papel protagonista. Genio y figura, la última vez que Lenny pisó un teatro de ópera volvió a dar la nota. Fue en 1989, cuando asistió a una representación de Jovanchina, de Músorgski, dirigida por Claudio Abbado. Su entusiasmo fue tal, que en los aplausos finales salió corriendo desde la platea al escenario para allí felicitar y abrazar a Abbado ante un público sorprendido, pero divertido.

Otra fecha relevante en su currículo inagotable es la del 25 de diciembre de 1989. Aquel día dirigió la Novena Sinfonía, de Beethoven, en la Schauspielhaus de Berlín, en un acto destinado a celebrar la caída del Muro. El concierto fue televisado en directo a más de 20 países, con una audiencia estimada de 100 millones de personas. En aquella actuación ya histórica, Bernstein alteró el texto de la Oda a la alegría, de Friedrich Schiller, que canta el coro y corona la sinfonía: cambió la palabra alemana Freude (alegría) por la de Freiheit (libertad). «Estoy seguro», explicó Bernstein, «de que Schiller y Beethoven nos habrían dado su consentimiento a esta alteración».

Leonard Bernstein murió cinco días después de retirarse. Dirigió su último concierto el 19 de agosto de 1990, en Tanglewood, al frente de la Sinfónica de Boston. En el programa, los Cuatro interludios marinos de Peter Grimes, de Britten, y la Séptima sinfonía, de Beethoven. El día de su funeral, al paso de la comitiva por las calles de Manhattan, unos albañiles se quitaron los cascos y saludaron al cortejo fúnebre mientras gritaban Goodbye, Lenny.

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