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Bros y Cantarero en oratorio
Un “Réquiem” a la antigua
Por Publicado el: 15/03/2006Categorías: Crítica

Borrachera de Idomeneos

Temporada del Liceo
Borrachera de Idomeneos
«Idomeneo» de Mozart. B.Ford, K.Jepson, M.Bayo, I.Tamar, F.Vas, E.Santamaría, K.Youn, etc. Orquesta y Coro del Liceo. N.Brieger, dirección de escena. S.Weigle, dirección musical. Producción del Festival de Klanghogen. Teatro del Liceo. Barcelona, 14 de marzo.
«Idomeneo» fue una ópera casi olvidada durante muchos años. Partir de la década de los sesenta comienza a adquirir una cierta popularidad, pero ésta no llegaría de verdad al gran público hasta que primero Luciano Pavarotti y luego Plácido Domingo decidieron que para completar sus respectivos Guiness habían de cantar alguna ópera de Mozart. El personaje de Idomeneo les brindaba una de las mejores alternativas, pues no se trata del típico tenor ligero mozartiano, sino que requiere más peso vocal. No en vano Mozart hasta pensó en él para tenores en plena decadencia.
La partitura está escrita por un genio, pero un genio demasiado joden, pues apenas contaba con veinticinco años cuando la estrenó. Ciertamente marca un punto de inflexión en su carrera operística, pues deja atrás «Mitridate» y otra realmente menores y abre el camino a las que serán sus grandes obras líricas. Sin embargo no es ni mucho menos una partitura redonda, pues antes que nada parece una sucesión de arias, algunas de muy buena factura, entrelazadas por recitativos. No hay apenas acción escénica. Ambas características apuntan a que «Idomeneo» podría presentarse muy bien como ópera en versión de concierto y con numerosos cortes. No hay que escandalizarse si un director los ejecuta o incluso altera algún orden puesto que el propio Mozart puso y quitó según donde se fuese a representar.
Dado que la acción teatral no es equiparale a la de «Bodas» o «Cosi», que por ello requiere menos ensayos, que salvo alguna contada excepción no necesita el mismo nivel de artistas-cantantes, que el público la conoce menos y por ello ha de ser menos exigente, muchos teatros la han escogido para celebrar con ella sus años Mozart. Es como una especie de «quiero y no puedo» que afecta a la Scala de Lissner, al Real, al Liceo y a un sin fin de teatros.
A partir de ahí se podía escoger la versión en concierto o una escénica y, en este caso, los apuros son muchos. ¿Qué hacer con una obra tan estática? Ponelle lo resolvió maravillosamente, pero apenas tenemos ya genios así. Nicolas Brieger y Hans-Dieter Schaal quieren ser originales y mezclan un poco de todo. La Troya prisionera de Grecia se transforma por momentos en los americanos custodiando presos en Guantánamo o los judíos en un asentamiento palestino aunque eso sí, no demasiado a las claras para no herir susceptibilidades. Luego, al final del primer acto, se retrocede a las cortes centroeuropeas de hace trescientos años con nobles atendidos por ayudas de cámara vestidos según la época actual. El típico barullo para justificar la «originalidad».
Sebastián Weigle dirige con cierta rutina y falta de contrastes un reparto de dignidad media elevada, en el que todos cumplen sin llegar a niveles individuales especialmente destacables. A todos se les escucha con agrado y sus intervenciones son aplaudidas con cortésmente. El problema fundamental del reparto, por apuntar alguno, es la falta de contrastación de las voces femeninas. Expediente salvado. El Liceo ya puede pasar la página Mozart. Gonzalo ALONSO

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