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Fallece María Orán, gran artista y gran persona
Notas-musicalesMalas costumbres musicales II
Por Publicado el: 02/03/2018Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Carta de G. Alonso a Jesús López Cobos. Obituario

Carta de G. Alonso a Jesús López Cobos. Obituario

Querido Jesús,

Hace unos pocos días me llegó la noticia de que el cáncer de riñón que padecías desde hace años, y del que te tratabas con medicamentos y conciertos, se había extendido hasta llegar a una metástasis en otros órganos. Me contaron que el final era inminente, pero que no lo divulgase. Han sido pocos días para poder ir a despedirme, pero suficientes para recorrer en mi mente lo mucho que hemos compartido. Tengo que escribirte a vuela pluma, antes incluso de que nos hayas dejado, porque mañana me he de someter a una operación que me tendrá ingresado unos días. Es lo que me habría gustado fuese nuestra última conversación.

No voy a recordarte tu larga vida de director de orquesta, que está en las hemerotecas y otros se encargan aquí de resaltarla, sino a repasar lo que hemos vivido juntos desde que nos conocimos en Munich en los primeros setenta. Eran tiempos en los que tu y Miguel Ángel Gómez Martínez dirigíais con frecuencia en aquel teatro. Los tres éramos amigos. La madre de Miguel Ángel cuidaba muchas veces de tu hijo, ¿te acuerdas? No se por qué se enfrió vuestra amistad. Bueno, sí lo se. Como también se enfrió la nuestra durante unos años. Pero no saltemos en el tiempo. ¿Recuerdas cuando, en 1972, coincidimos en La Fenice, en los ensayos de Caballé con un “Roberto Devereaux” que dirigía Bartoletti? Te quedaste impresionado del carácter de ella. Vamos, que me dijiste que no podrías trabajar con una artista tan “mandona”. Luego lo hiciste. Ahí está, por ejemplo, la “Lucia” y, sobre todo, las inolvidables «Semiramide» de Aix y Paris con Horne, Ramey y Araiza. En aquellos años me reunía contigo y Gloria en Villa Chituca, vuestra casa en la sierra madrileña. No se si fue allí cuando me contaste que te ibas de director general de música a la Ópera de Berlín, donde dirigiste Wagners, Verdis, etc. más de 400 representaciones. Allí, en 1986, falleció Karin, también de cáncer tras fallar dos trasplantes de hígado. Fue cuando decidiste donar tus órganos. Berlín te lanzó al mundo, pero aceptaste la dirección de la OCNE, algo de lo que te llegarías a arrepentir. Colaboraste con García de Paredes en el diseño del Auditorio Nacional y ambos os equivocasteis al no incluir en él una sala de ensayos para la orquesta. Siempre me ha cabido la duda si no fue a propósito y siempre se me olvidó preguntártelo. El caso es que lo inauguraste con “La Atlántida” en 1988, con Teresa y Montserrat, que entonces no hacían buenas migas. Lo contrario que ahora. Dejaste la Nacional por falta de armonía, pero ya tenías Cincinatti. Desde allí nos enviabas a Antonio Fernández Cid y a mí tus novedades más importantes. Simultaneaste América con Suiza y, tras años de ausencia en Madrid para querer olvidar el desencuentro con la ONE, regresaste al Auditorio con tu Orquesta de Cámara de Lausana. El concierto no me gustó y la forma sutil de expresarlo fue escribir que habías cosechado más aplausos al entrar en el escenario que al salir de él. No te hizo gracia y lo comprendo.

Tras la inolvidable «Semiramide»

Pasó algún tiempo y tu seguías dirigiendo óperas y conciertos por todo el mundo. Erais cuatro grandes españoles internacionales: Frühbeck, Gómez Martínez, García Navarro y tu. Mientras tanto ya se había inaugurado el Teatro Real y Luis Antonio, que era su director musical enfermó, también de cáncer, y falleció. Estamos a finales de 2001 y yo era patrono del Teatro Real. Había ofrecido a su ejecutiva a Nagano y Pappano, con el consentimiento de ambos, para suceder a Luis Antonio pero se me contestó que no los conocía ni Dios. Puse entonces tu nombre sobre la mesa y me respondieron que no hacías más que declarar que no querías saber más de titularidades en España. Pero el Real era mucho Real. Estabas dirigiendo, si la memoria no me falla, “Manon” en París con Renée Fleming.

Me autorizaron a tantearte. Te llamé y me preguntaste si iba en serio. Era julio y en agosto se desplazó el secretario de Estado de Cultura a San Sebastián, donde dirigías “Rigoletto”, y cerró la operación. Tuviste que decirle a Helga Schmidt que no contase contigo como director musical del Palau de les Arts. Te incorporaste al Real dos años más tarde y ahí empezaron nuestros problemas. Fuiste mucho más listo que ellos en el contrato y a mí hubo cosas que no me parecieron correctas. Lo expresé y pediste dos veces mi dimisión. No la obtuviste, pero dejamos de hablarnos. En 2010 salisteis del Real tanto tu como Antonio Moral. Seguí tu reclamación judicial contra Mortier por sus lamentables declaraciones con nuestra común amiga y abogada Ana Fischer. El doce de febrero de 2014 nos reencontramos en una cena gracias a Beatrice Altobelli y retomamos nuestra vieja amistad. Volvimos a comentar cosas, como la desaparición de Tosca-Gheorghiu en Viena en plena función, que tu dirigías.

Empezaste 2018 con esa misma “Tosca” en Viena y tenías una agenda impresionante. Era tu medicina. Lo expresaste en una entrevista hace años “Yo pasé una enfermedad difícil hace unos años. Y tengo un buen médico en Berlín que me recomienda que no deje de dirigir, que mientras resista no lo deje, porque la música es medicina. Es una batería que se recarga a sí misma. A veces llego a un concierto y cuando lo termino me encuentro mejor que al comienzo”. Por eso fueron un subidón los casi seguidos cuatro “Tristán e Isolda” de Tokyo el pasado septiembre. Te creía curado, pero tu sabías que no lo estabas. Habíamos quedado en vernos en mayo, en El Escorial, con la “Leningrado” y la RTVE. Iba a ser también el reencuentro final entre Miguel Ángel y tu. El pasado día 25 cumpliste 78 años, aunque ya no estabas en condiciones de enterarte…

Me hubiera gustado recordar todo esto en persona o, al menos, por teléfono, pero me dicen que ya no es posible.

Espero que la próxima vez que nos encontremos sea para escucharte dirigir las “Pasiones” de Bach, tu sueño irrealizado. Hasta entonces, un enorme abrazo para ti, Brigitte, Gloria y tus hijos. Gonzalo

Un comentario

  1. Ángel Díez González 11/03/2018 a las 20:07 - Responder

    Estoy totalmente de acuerdo en que al Auditorio le falta, desde el principio, una sala de ensayo para la orquesta, algo que se detectó durante su construcción, en la que intervine muy directamente como responsable de la obras por parte del Ministerio de Cultura (INAEM).
    En relación con lo que al respecto se comenta en el artículo, debo decir que desconozco cual fue la responsabilidad (o, si se prefiere, «la culpa») de López Cobos (con quien pese a coincidir casi cuatro años en Cultura, y ser zamorano como, apenas si tuve relación), pero sí me consta que García de Paredes luchó con insistencia por ella.
    En mi libro de reciente publicación, CRONICA DE LA RECUPERACIÓN DEL TEATRO REAL PARA TEATRO DE OPERA:1988-1997 (Fundación Esteyco, Diciembre de 2017, páginas 46 y 47) explico el motivo (brevemente, puesto que no es el objeto principal del libro), aclarando que el Auditorio ocupaba en planta la totalidad del solar de que se disponía y, además, agotaba el todo el volumen edificable permitido por las Ordenanzas Municipales, por lo que no había posibilidad de construir tal sala ensayo , bien fuera encima de la sala sinfónica (como se ha hecho, por ejemplo en el Teatro Real con la sala de ensayo de puesta en escena), bien en la zona abierta posterior existente entre el propio edificio el Auditorio y la calle Suero de Quiñones.
    Me consta que García de Pareces luchó insistentemente por ello (aunque ciertamente con nulo resultado) y que lo trató en varias ocasiones con los responsables municipales; pero en todo caso tanto para aumentar el volumen edificable como para ocupar el espacio público de la parte posterior, hubiera exigido la tramitación de un Plan Especial y la modificación puntual del Plan, algo que los responsables municipales no estaban muy por la labor, precisamente en una época en que las relaciones entre el Ministerio de Cultura y el Ayuntamiento no eran las mejores (pese al ser del mismo signo político) pues incluso el entonces concejal de Urbanismo Jesús Espelosín (que por aquella época mandaba mucho) amenazó con cerrar el Teatro de la Zarzuela y el Real, por incumplimientos graves de la normativa de protección contraincendios.
    Como bajo rasante tampoco era posible construir tal sala de ensayo, puesto que lo impedía también la normativa de protección contraincendios, al final se quedó sin hacer lo que, ya entonces, se veía que era algo absolutamente necesario.
    Espero que este breve comentario sirva para aclarar algo esta cuestión.

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