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10 Comentarios

  1. Carmen Alvarado

    Señor Alonso, me permito contradecir dos nociones recogidas en su texto, por considerarlas tendenciosas e impropias de una información que se pretende objetiva.
    El término “hipocresía” viene definido en nuestro diccionario como “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Atribuir ese sesgo moral a los organismos de regulación ética de tantas y tan grandes orquestas, en ciudades tan diversas como Boston, Chicago, Filadelfia, Nueva York o San Francisco (por incluir solo las norteamericanas, que son las que usted señala) resulta cuando menos temerario.
    En cuanto al sustantivo “arbitrariedad”, que emplea usted para referirse a la comisión ejecutiva de la OFGC, viene definido por la RAE como “sujeción a la libre voluntad o al  capricho antes que a la ley o a la razón”.
    Si sus inclinaciones le llevan a tomar partido ante los hechos que relata y comenta, no parece necesario ni prudente que lo haga incurriendo en juicios temerarios.

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    1. SpR

      Estimada Doña Carmen,
      El tema no es de la RAE sino de sentido común, aunque bien me consta que hoy día es el menos común de los sentidos. ¿No calificaría de hipocresía lo sucedido con James Levine en el Met? Le acusan, no hay pruebas, no hay juicio, le retiran el cargo y los discos en la tienda… y luego tienen que llegar a una indemnización secreta. ¡Si le contase cosas que conozco bien del mundo musical en EEUU? Pero no voy a meterme en líos.
      Y la decisión de cancelar a Dutoit… ¿Acaso es fuerza mayor? ¿Se prevé algún terremoto para ese día? Es simplemente una decisión arbitraria, porque además el señor Dutoit no está acusado de nada en los tribunales. Y, aunque lo estuviera, sería inocente mientras no hubiese condena. Y, aún así, ¿por qué no iba a dirigir? No está el señor Indígoras actuando a diario?
      En fin, que más vale aplicar el sentido común y no dejarse llevar por los intestinos.

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      1. Carmen Alvarado

        Señor SpR, permítame que le llame de este modo, ya que desconozco su identidad.
        Habla usted de “no dejarse llevar por los intestinos”. Más allá de la acepción literal, no consigo encontrar un sentido preciso y mucho menos un destinatario para tan escatológica advertencia. Quiero imaginar que ha confundido usted los intestinos con otras regiones del cuerpo humano, es decir, aquellas de donde brotan la vehemencia, la ofuscación y los prejuicios.
        Si admite usted su confusión anatómica yo estaré encantada de darle la razón. Los juicios precipitados, los posicionamientos vehementes y las descalificaciones a bote pronto solo introducen ruido y confusión en casos como este. Por eso no puedo sino lamentar su apresurada y beligerante respuesta, cuyos términos me hacen pensar que ni siquiera leyó con atención mi comentario. Los hechos descritos por el señor Alonso tienen un trasfondo muy delicado y complejo, que solo sus protagonistas están en condiciones de medir y valorar. Por eso, la tarea de un informador ecuánime debe limitarse en casos como ese a dos cositas muy simples: ofrecer un relato objetivo y mantener en suspenso los juicios de cualquier clase, sobre todo los de valor.
        Pero su confusión, señor SpR, no parece ceñirse al cuerpo humano, sino que afecta también a su concepto del sentido común. Si lo llamamos común no es por su parecido con lo que usted o su círculo comúnmente opinen, sino en referencia a un patrón de pensamiento universal. Esto del patrón universal es un asunto enormemente peliagudo, créame, y expuesto a muchas tergiversaciones. Por eso, en los asuntos más serios y complejos, el sentido común viene a ser una herramienta no solo imposible de elaborar, sino también muy fácil de falsificar.
        Lo que usted toma por sentido común es lo que en filosofía se llama “falacia por generalización precipitada”. Su reconstrucción de lo ocurrido en el caso de Levine no le autoriza, ni mucho menos, a legitimar el juicio de hipocresía esgrimida por el señor Alonso. Como no ha leído usted con calma mi comentario, le recuerdo que los involucrados en dicho juicio son los organismos de regulación ética de casi todas las grandes orquestas estadounidenses -y me limito a mencionar el territorio sobre el que se pronuncia el señor Alonso.
        En cuanto al prejuicio de arbitrariedad vertido sobre la comisión ejecutiva de la OFGC, le ruego lea en esta misma página mi breve réplica a D. Manuel Chapa Brunet.
        No habrá por mi parte más respuestas, ni para usted ni para el Sr. Chapa. Inteligenti pauca, dicen, y yo ya me extendí más de la cuenta.

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  2. Manuel Chapa Brunet

    He sido abogado y de ahí viene mi obsesión por las evidencias y mi desprecio por suposiciones, vaguedades y sobreentendidos.el caso de Dutoit y Levine son productos de presunciones sobre hechos que merecerían un juicio en toda regla y una sentencia categórica. y firme. Es el mismo caso de Plácido Domingo y muchos otros. Así que los términos “arbitrariedad” e “hipocresía” parecen perfectamente aplicables en estos casos.

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    1. Carmen Alvarado

      Habiendo sido abogado, Sr. Chapa, y teniendo en cuenta su proclamada obsesión por las evidencias, me sorprende que pase por alto dos obviedades.
      Una, que algunas de las instituciones descalificadas con el rótulo de hipocresía están inmersas en litigios pendientes de resolución judicial.
      Otra, que el objeto de conflicto entre la OFGC y el Sr. Dutoit es una relación contractual, cuyos términos ni usted ni yo conocemos. Asimismo ignoramos las razones concretas de su ruptura, puesto que nada se ha publicado al respecto.
      La irrupción alevosa de terceros en conflictos de esta naturaleza, para denostar a una de las partes con expresiones como “hipocresía” o “arbitrariedad”, constituye entre otras cosas una injerencia partidaria.

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    2. Carmen Alvarado

      Rectifico una expresión que se deslizó involuntariamente mi anterior comentario: dije “incursión alevosa” donde quise y debí decir “incursión gravosa”. Me disculpo por ello.

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  3. Clara Kedzierski

    Sr. Alonso, Sr. SpR, Sr. Chapa Brunet:

    Pues va a ser que sí. Al final resultará que tienen ustedes razón: un manto espeso y asfixiante de hipocresía viene cubriendo desde hace tiempo los entresijos del espectáculo y la cultura en EE.UU.

    Hipocresía, sí. Pero no en el sentido en que ustedes la ven, sino exactamente en el contrario: el de mirar hacia otro lado, manteniendo un silencio denigrante, frente a abusos cuya noticia se difunde ‘sotto voce’. Todavía son muchos, demasiados, los testigos que repiten entre bastidores la misma cantilena: que el caso Weinstein era y es la punta de un tenebroso iceberg. Mientras tanto, siguen siendo minoría quienes se atreven a contar lo que ha pasado en los camerinos, en los ascensores, en las habitaciones privadas de quienes cortan el bacalao. Incluso sin movernos de nuestras latitudes, no es raro escuchar la siguiente advertencia: “Cuidado, chicas, que este director (de orquesta, de escena, de producción) acostumbra propasarse con las mujeres. Si os convocara en algún lugar privado, que os acompañe siempre algún hombre.”

    ¿Por qué tanto sigilo? ¿Por qué seguir desfilando de puntillas ante esa clase de abusos? Si de verdad quieren saberlo, les animo a que lean la copiosísima información recogida sobre el tema en páginas de habla inglesa. No se trata de simples opiniones, sino de rigurosas investigaciones sociológicas, realizadas en el mundo de la cultura y el espectáculo anglosajón. Sí, rigurosas y objetivas. Porque, a diferencia de lo que ocurre por aquí, hay lugares donde se toman muy en serio eso que muchos se empeñan en difundir y perpetuar como “historias subidas de tono”, con las que echar en todo caso unas risas.

    Si persistieran en ahorrarse esas lecturas, lean al menos lo que cuenta Fiona Allan en la prestigiosa revista británica “The Stage”. Por si no la conocen, les diré que Fiona Allan es la actual presidenta del UK Theatre (“la organización más importante de teatro y artes escénicas del Reino Unido, establecida en 1894”). Pero esto es solo una parte de su biografía. El nombre de Fiona Allen saltó a los medios en 2018, por haber relatado una agresión sexual de Charles Dutoit presuntamente ocurrida dos décadas atrás, cuando era muy joven y trabajaba como becaria para la Sinfónica de Boston. Una investigación independiente de la orquesta declaró su relato “digno de credibilidad”. Por eso, aunque el presunto delito había prescrito, la orquesta decidió prescindir de Dutoit y retirarle el nombramiento de “Koussevitzky Artist”. No me interesa debatir si eso es o no una “arbitrariedad”, tampoco voy a reproducir aquí el escabroso y siniestro relato de Fiona Allan, pero me gustaría no más que conocieran sus impresiones tras la aducida agresión sexual:

    “Me sentía furiosa y sola, porque la BSO estaba protegiendo a Dutoit -el talento que hacía caja y vendía entradas- frente a mí, la becaria. Había un evidente desequilibrio de poder, pero una de las razones por las que no hice declaración formal fue que en ese tiempo no había ni mecanismos para hacerlo. […] No habría sabido a quién contarle lo que me había pasado. De hecho, el que un miembro del staff me dijera ‘ha habido incidentes, y nuestra solución es que entréis siempre en parejas en la habitación de ese hombre’, me llevó a pensar que era yo la única en haber hecho algo malo por no llevar a alguien conmigo”.

    Vicky Featherstone, directora artística del Royal Court Theatre y una toda una celebridad en su país, se expresa de un modo aún más categórico: “Todos. Nosotros. Sabemos”.

    Pero vuelvo a las declaraciones de Fiona Allan a “The Stage”, para decirles que terminan, precisamente, con la palabra “hipocrites”. ¿Por qué será?

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    1. SpR

      Estimada lectora,
      Podrá ser o no cierto lo que usted cuenta. En cualquier caso, tanto para las condenas cumplidas como para los hechos prescritos de cualquier delito, el acusado tiene derecho a seguir una vida normal mientras no reincida. Es la ley, juicios morales aparte.

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  4. Gonzalo Alonso

    Estimada Doña Carmen,
    No acostumbro a entrar en discusiones en foros y no lo voy a hacer esta vez. Mis opiniones sobre el asunto de los acosos están bien claras a lo largo de los muchos artículos que he publicado al respecto. Actitudes deplorables cuando los hechos han sido reales, comprobados con denuncias y juzgados. Mientras tanto: presunción de inocencia. Conozco muchos/as aprovechándose de este tema. Abunda la hipocresía en este tema y también las arbitrariedades. El contrato de Dutoit está cerrado y habrá de ser indemnizado o compensado. No habrá otra solución, porque no hay justificación legal a la cancelación.

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  5. Claudia Castillejos

    Que no cunda el pánico, señores.
    Nada va a impedir que Charles Dutoit siga haciendo “una vida normal”. Podrá disfrutar sin sobresaltos de su presunción de inocencia, porque nadie pretende sentarlo en el banquillo transcurridos más de 15 años, que es el tiempo de prescripción para los delitos de agresión sexual en Massachusetts. Y si en algún momento hubiese llegado a sentirse difamado o injustamente acusado, no le habrían faltado ni cauces ni medios para perseguir judicialmente a presuntas ofensoras.

    En cuanto a las orquestas, sean canarias, bostonianas o petersburguesas, no veo motivos para dar tantas vueltas al asunto: seguirán siendo libres de invitarlo, ignorarlo o cancelar sus conciertos, sin que medie más imperativo que el de sus códigos éticos y estéticos.

    Tampoco hay por qué obsesionarse con la disolución del contrato, hasta el punto de incordiar con esa ristra de sinónimos: “compensación”, “indemnización”, “remuneración”… De verdad, no creo que los abogados de Gintautas Kevisas, el agente de Charles Dutoit, necesiten ningún apoyo en las páginas de esta revista.

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