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Críticas en la prensa a Il Pirata en el Teatro Real
Por Publicado el: 21/01/2020Categorías: Diálogos de besugos

Comentarios en la prensa a La flauta mágica en el Teatro Real

LA FLAUTA MÁGICA (W. A. MOZART)

Los críticos de los diarios nacionales vuelven a coincidir y aplauden la reposición de la producción de Suzanne Andrada y Barrie Kosky – se estrenó en el Teatro Real en enero de 2016 -, que continúa impactando al público y contentado a la crítica: mantiene intactos los valores musicales y su realización técnica es irreprochable, escribe Tomás Marco. Dadas las características de la producción, que en un homenaje al cine mudo suprime la tercera dimensión, los cantantes limitaron su expresividad al gesto, una habilidad destacada unánimemente ya que no frenó las posibilidades canoras de los intérpretes. De igual manera se subraya la dirección de Ivor Bolton, gran conocedor de este repertorio y una garantía en su ejecución. Lea a continuación las críticas completas:

La flauta mágica: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto de Emanuel Schickander. Director musical, Ivor Bolton; directores de escena, Suzanne Andrada & Paul Barritt / Barrie Kosky. Reparto: (día 19) Andrea Mastroni, Stanislas de Barbeyrac, Rocío Pérez, Anett Fritsch, Andreas Wolf, Ruth Rosique, Elena Copons, Gemma Coma, Alabert, Marie-Luise Dreßen, Mikeldi Atxalandabasso… Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Pequeños Cantores de la JORCAM. Teatro Real. Del 19 de enero al 24 de febrero.

EL MUNDO 20/01/2020

Mozart va al cine

La flauta mágica es un cuento de fantasía y una confusa prédica masónica que se presta a flexibilizar su peripecia con cierta libertad y a realzar su música que es lo realmente excepcional. La versión repuesta en el Real es la bastante veterana de la Ópera Cómica de Berlín, ya vista aquí, en la que la triple dirección escénica (Kosky, Andrade y Barrit) situó en el contexto del cine mudo de los años 20. Resulta atractiva aunque se vayan notando los años a una propuesta ya casi amortizada que es sugerente porque permite mantener intactos los valores musicales y porque su realización técnica es irreprochable. Olvídense de los casi cien metros de fondo del escenario del Real. Una pantalla plana en la que se incrustan, cuando actúan, los personajes al modo de altorrelieves y una brillante proyección de efectos de cine y realidad virtual que sirve para todo ya que hasta los parlatos van por escrito. Todo muy bien hecho, exacto y a ratos brillante, en otros, el tiempo se cobra su tributo.

La obra exige una dirección musical experta y la tuvo en la de Ivor Bolton, que es de toda garantía, muy bien apoyado por la Orquesta Sinfónica de Madrid y la excelente prestación del coro que prepara Andrés Máspero. También se necesitan mucha y buenas voces y aquí los principales papeles corrieron a cargo de los entonados Stanislas de Barbeyrac y Anett Frisch que realmente estuvieron acertados con una mención especial al Papageno / Buster Keaton de Andreas Wolff y también a la Papagena de Ruth Rosique y al Sarastro de Andrea Mastroni. Pero siempre lo más arriesgado y lo más esperado por el público es la diabólica segunda aria de la Reina de la Noche con sus agilidades, sus cascadas de «dos» y «las» agudos y el terrible fa 5 donde ha naufragado más de una estrella. Caída del cartel la solista anunciada, el papel fue asumido por la joven soprano madrileña, que está triunfando por Europa, Rocío Pérez. Da gusto escuchar a un nuevo valor que vence todas las dificultades no como un ejercicio de circo, como a veces ocurre, sino a base de musicalidad más allá de la exultante técnica. Hay que dominarla, pero también hay que cantar. Fue de lo más notable en una versión generalmente muy aseada donde las expresiones del cine mudo daban marco visual a una obra que fascina por su música pero que, como toda ópera, necesita una explicación visual suficientemente atractiva. La que aquí se ofrecía, aunque conocida por muchos, gustó al respetable que la recibió muy bienTomás Marco

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Escena La flauta mágica en el Teatro Real

EL PAÍS 20/01/2020

‘La flauta mágica’, la bidimensionalidad como prodigio

La apuesta del Teatro Real es ganadora. Esta producción puede con todo, se puede ver innumerables veces y siempre entusiasma.

La flauta mágica es el segundo título en la actual temporada que el Teatro Real retoma, con producción incluida, de su fondo de armario. La otra ha sido L’elissir d’amore (Donizetti) en la playera visión de Damiano Michieletto. En el caso de La flauta mozartiana, en celebrada puesta escénica del australiano Barrie Kosky y Suzanne Andrade. Mucha confianza hay que tener para que vuelva cuatro años después. Pero la apuesta es ganadora, esta producción puede con todo, se puede ver innumerables veces e incluso se puede venir con niños (precios de las entradas aparte), y siempre entusiasma. Por otra parte, producciones escénicas ingeniosas, cargadas de buen gusto y entretenidas como pocas veces sucede en ópera no abundan. Así que el resultado les da la razón y la gente se entusiasma, las entradas se agotan y todo el mundo sale del Real con sonrisa de oreja a oreja.

Es conocida la trama escénica que proponen Andrada y Kosky, una producción de cine mudo sobre la que se incrustan los cantantes, homenajeando a figuras clave del momento, Papageno como Buster Keaton, Pamina como Louise Brooks, etc. Pero hay más, es una apuesta tan ambiciosa como insensata de capturar en dos dimensiones el universo fantástico de esta ópera. Y las referencias visuales se extienden al dibujo animado, al pop o a aquellas visiones estelares de la linterna mágica, con mención especial para el animador visual Paul Barritt.

Es reseñable que todo el texto hablado haya sido reducido a la mínima expresión y puesto en pantalla a modo de los rótulos del viejo cine mudo, con un acompañamiento de pianoforte a cargo de Ashok Gupta, que toca fragmentos de un par de fantasías de Mozart.

Para alcanzar el éxito, la sincronización de unos cantantes casi empotrados en el plano debe ser perfecta. Y como lo es, el público sale maravillado. Es pues de agradecer el notable logro de cantar admirablemente y medir al centímetro cada gesto o postura.

La parte musical es mucho más que suficiente, con Bolton atreviéndose con una orquesta ajustada a criterios de época y arriesgándose a algún desajuste que la calidad del espectáculo perdona sin restricciones. El reparto vocal mantiene a algunos cantantes de hace cuatro años, junto a novedades que alcanzan una coralidad y empaste global sobresalientes. Difícil destacar nombres en trabajo tan compacto y memorable. Se agradece el esfuerzo de la soprano Rocío Pérez que ha corrido su turno para sustituir a Albina Shagimuratova en el carismático papel de Reina de la noche. Obligado resulta nombrar a los otros cuatro papeles principales, Andrea Mastroni como Sarastro, un bajo con graves de terciopelo; Anett Fritsch, como Pamina, solida en lo vocal; Stanislas de Barbeyrac como un Tamino resuelto y con buen timbre; y el Papageno de Andreas Wolf con prestaciones más que convincentes.

No puedo dejar de reseñar un mensaje que, quizá, la golosina del espectáculo deje un poco de lado. Al final de la ópera, cuando la Reina de la noche y sus cómplices son derrotados y vence la luz y la razón, la proyección también se abisma y el coro final, junto a la pareja protagonista, cantan ya sobre el telón tridimensional. Esto es, la bidimensionalidad mantenía atrapada a la propia ópera y es la victoria final de esta la que alcanza el espesor del teatro. Genial mensaje después de dos horas y media de virguerías escénicas para negar esa tercera dimensión. Jorge Fernández Guerra

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Escena La flauta mágica en el Teatro Real

LA RAZÓN 21/01/2020

Pita la flauta

 

El Teatro Real ha dado en la diana con la reposición de esta producción de La flauta mágica en la que se mezclan cine y ópera, en la que el cine mudo es protagonista compartido de la escena. Son muchos los aciertos en una obra muy particular que se presta a este experimento. El primero la imaginación, llena de frescura, fantasía y originalidad. El segundo, el trabajo concienzudo para que las proyecciones se ajusten al libreto y diviertan. El tercero, el trabajo de unos cantantes que apenas tienen que actuar, pero que sus movimientos han de estar perfectamente coordinados con la filmación. El cuarto la homogeneidad de los repartos sin apenas grandes figuras, pero en donde todos realizan una labor encomiable. El quinto la supresión de los diálogos y su sustitución por los típicos textos del cine mudo acompañados de fragmentos de las Fantasías en Do menor y Re menor de Mozart, con lo que se ganan minutos enteros de agilidad y duración. El sexto, que la multitud de sucesos en la escena no abruman, pero sí permiten pasar por alto que en el foso cabría más fuerza. El séptimo, que viene bien el muro de la pantalla para detrás poder ensayar Valquiria. El octavo, no moco de pavo, es que sirve para llenar las arcas del teatro con trece funciones con todo vendido, un costo reducido de alquiler de producción y unos «cast» perfectamente asumibles, lo que ayuda a sufragar el coste de «Aquiles en Esciros». En el primer reparto se escuchan unos correctos Sarastro, Monostatos y Papagena, un Papageno al que le falta gracia, una Pamina algo estridente y con más sonoridad que la demasiado ligera Reina de la noche, con una dirección atenta pero que pide más fuerza. Se disfruta, se lo pasa uno muy bien y sale feliz. Solo queda en el aire una duda. Esto nos sucede a quienes hemos visto muchas «Flautas», pero ¿qué pensarán los que la vean por vez primera o quienes visiten un teatro de ópera por vez primera ante una enorme pantalla plana como único decorado? Gonzalo Alonso

 

 

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