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Por Publicado el: 15/10/2013Categorías: Crítica

CRÍTICA: ‘A Harlot’s Progress’ en Viena

A HARLOT’S PROGRESS (I. BELL)

Theater an der Wien de Viena. 13 Octubre 2013.

Estreno mundial

Asistir a un estreno absoluto de una ópera es siempre una ocasión especial, más todavía si se trata de la primera del compositor. Si a esto añadimos que el teatro donde tiene lugar el acontecimiento es el Theater an der Wien, cuya historia está plagada de estrenos absolutos de obras maestras de la música, la copa del interés no puede estar más llena de curiosidad y expectativas.

Antes de nada hay que decir que el estreno ha sido un éxito, que buena falta hace en los tiempos que nos ha tocado vivir en el mundo de la ópera. Una música interesante y asequible, un libreto magnífico, una notable prestación musical, una muy adecuada producción escénica y, finalmente, un estupendo reparto vocal encabezado por una superlativa Diana Damrau.

Como digo más arriba, se trata de la primera ópera que ha compuesto el joven (33) británico Iain Bell. Son varios los ciclos de canciones que ha compuesto en el pasado, algunas de las cuales las ha paseado por teatros de primer orden Diana Damrau. A esta primera ópera suya le seguirá en Diciembre de 2014 Christmas Carol, que se estrenará en  Houston.

La ópera cuenta con un magnífico libreto escrito por el novelista y dramaturgo inglés Peter Ackroyd, que se basa en 6 grabados de William Hogarth, que recogen la triste historia de Moll Hackabout. Anteriormente, otros grabados del mismo artista habían servido de inspiración a Igor Stravinsky para su ópera The Rake’s Progress.  Si hace unos días me refería a la ópera de Wofgang Rihm Die Eroberung von Mexico y decía que el libreto era infumable, lo que influía notablemente en la falta de interés de la ópera, aquí ocurre todo lo contrario.  El libreto de Peter Ackroyd es un prodigio de dramatismo y concisión, narrando de manera impecable la historia de la provinciana Moll desde su llegada a Londres hasta su trágica muerte por sífilis, en una grandiosa escena de alucinaciones, después de haber pasado por todas las etapas de la prostitución, incluyendo el alumbramiento de su hija en condiciones paupérrimas.

La música de Iain Bell resulta mucho más asequible que la de otros compositores contemporáneos, y permite cantar a los protagonistas. No se trata de emitir sonidos, como ocurre en la ópera mencionada de Wolfgang Rihm, sino  que aquí los cantantes ejercen plenamente su profesión. La música resulta muy adecuada al dramatismo del libreto y el espectador mantiene el interés en todo momento. Hay algunos pasajes en que el interés decae, especialmente en la tercera escena, cuando Moll sueña con volver a su Yorkshire natal, ganado mucho en tensión dramática la segunda parte de la ópera, especialmente la mencionada escena de la muerte de Moll y la impactante escena final de su entierro, con la aparición final en el escenario de su hija vestida como ella entraba en escena al principio de la ópera, lo que no hace sino cerrar el círculo del drama, que volver á iniciarse con su hija.  Desde mi punto de vista A Harlot’s Progress supone junto a Written on Skin, de George Benjamín, el gran éxito de la ópera contemporánea. Curiosamente, las dos óperas llevan la firma de compositores británicos. Creo que esta ópera tendrá un brillante futuro, como ha ocurrido con la mencionada de Benjamin.

La producción escénica lleva la firma de Jens-Daniel Herzog y es uno de los pilares para el triunfo de la representación. Herzog narra con gran crudeza, a veces excesiva, la trama del libreto y consigue que nadie se aburra en la audiencia. Se trata de una producción minimalista, que transcurre en un escenario cerrado por paredes de madera, a la que se añaden elementos de atrezzo para las distintas escenas, especialmente camas, que van de lujosas a desvencijadas, conforme transcurre la caída inexorable de la protagonista. El autor de dichos decorados es Mathis Neidhart. El vestuario de Sibylle Gädeke resulta muy adecuado, un tanto atemporal, haciendo que cada coralista lleve un modelo distinto, lo que ayuda mucho a que se conviertan en personajes diferenciados. A destacar también la labor de iluminación de Jürgen Koss.

Lo mejor de la producción escénica es el magnífico trabajo de dirección de actores que hace Jens-Daniel Herzog, especialmente en lo que se refiere a la protagonista. Aquí se ha contado con un auténtico hombre de teatro y los resultados están a la vista. Un trabajo escénico irreprochable.

En la dirección musical estuvo anunciado inicialmente Donald Runnicles, pero renunció a su empeño hace un mes por motivos familiares. Su sustituto fue finalmente Mikko Franck,  actual director musical de la Ópera de Helsinki. No es fácil dirigir esta ópera, siendo digna  de elogio la labor del finlandés, que mantuvo siempre la tensión y apoyó con esmero a los cantantes. A sus órdenes hay que señalar la notable prestación de Wiener Symphoniker y el estupendo Arnold Schoenberg Chor, en el que cada miembro era un personaje diferenciado, lo que no hizo perder ni un ápice de labor de conjunto.

Diana Damrau es una de las sopranos más cotizadas de los últimos años y sus interpretaciones belcantistas son auténticas lecciones de canto en la mejor tradición. ¿Hay hoy una Lucia mejor que la suya? Y lo mismo podríamos decir de otros tantos personajes, que son insuperables en su voz, desde Amina a Zerbinetta, pasando por la misma Linda de Chamounix. No será gratuito recordar que ella será quien inaugure la temporada de ópera de La Scala de Milán el próximo 7 de Diciembre con la Violeta de La Traviata.

Con estos antecedentes de auténtica figura estelar de la ópera, uno se pregunta qué interés ha podido tener la soprano alemana para querer ser ella Moll Hackabout en la ópera que nos ocupa. No encuentro sino dos argumentos válidos. En primer lugar, su amistad con el compositor, habiendo interpretado en numerosas ocasiones sus ciclos de canciones. Por otro lado, estoy convencido de que Iain Bell compuso esta ópera teniendo en mente a Diana Damrau como protagonista. Si algo tenía que demostrar ella, lo ha hecho con creces. Simplemente, ha demostrado que es una inmensa actriz-cantante. Todos sabíamos de su calidad de cantante e incluso de sus notables posibilidades escénicas, pero su interpretación de Moll es irresistible. El personaje tiene mucho que cantar y eso no supone ningún problema para Diana Damrau, pero tiene muchísimo que actuar y que transmitir emociones al público y en ese aspecto ella está sublime. La escena de la muerte es de cortar la respiración. Creo que no será fácil que otra soprano cante este personaje, tal es la identificación entre Moll Hackabout y Diana Damrau, pero se me ocurre que también  Barbara Hannigan podría perfectamente pasear el personaje por el mundo.

El barítono americano Nathan Gun  fue un adecuado James Dalton, el chulo que somete a la pobre Moll para abandonarla en su desgracia. Su actuación escénica fue muy convincente y cumplió bien vocalmente.

Hay que destacar la actuación de la mezzo soprano irlandesa Tara Erraught en el personaje de Kitty, inicialmente la criada de de la Madame, para después acompañar siempre a Moll. Tanto vocal como escénicamente su interpretación fue irreprochable. La voz es atractiva, bien emitida y con gran homogeneidad de registros.

El punto débil del reparto correspondió al tenor Christopher  Gillet en el personaje de Lovelace, el rico caballero que mantiene al principio a  Moll para luego echarla de su casa y convertirla en prostituta callejera. La voz de Gillet no pasa de la de un comprimario y el personaje exige bastante más.

Marie McLaughin fue una adecuada Mother Needham, la proxeneta que explota a Moll a su llegada a Londres. El bajo Nicolas Testé (Mr. Damrau en la vida real) estuvo bien en los personajes de Chófer, Policía y Carcelero.

El Theater an der Wien ofrecía una entrada de alrededor del 95 % de su aforo. El público se mostró muy cálido en los saludos finales, con una recepción triunfal para Diana Damrau. Hubo también bravos sonoros para Tara Erraught, Mikko Franck y el equipo creativo. Finalmente, Iain Bell fue recibido con muestras de entusiasmo, aparte de algún aislado y sonoro abucheo. Como detalle curioso diré que es la primera vez que veo saludar a un director musical perfectamente vestido para la ocasión, pero calzando playeras blancas.

La representación comenzó con 4 minutos de retraso y tuvo una duración total de 2 horas y 19 minutos, incluyendo un descanso. Duración puramente musical de 1 hora y 48 minutos. Los entusiastas aplausos finales se prolongaron durante 10 minutos. Aquí no se arrastró nada. De hecho, pudieron haber sido más.

El precio de la entrada más cara era de 146 euros, habiendo butacas de patio por 95 euros. En los pisos superiores los precios oscilaban entre 120 y 45 euros. La entrada más barata costaba 23 euros.   José M. Irurzun

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