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Por Publicado el: 07/06/2021Categorías: En vivo

Crítica: ¡Apaguen el aire acondicionado!

¡Apaguen el aire acondicionado!

ORQUESTRA DE VALÈNCIA.  Obras de Honegger (Concierto para violonchelo y orquesta en Do), Milhaud (Concierto para violonchelo y orquesta número 1) y Schubert (Sinfonía “La Grande”). Director: Rune Bergmann. Solista: David Apellániz (violonchelo). Lu­gar: Teatro Principal. Entrada: Alrededor de 500 personas. Fecha: viernes, 4 junio 2021.

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Rune Bergmann. Solista: David Apellániz

 “Apaguen el aire acondicionado, que hace frío”, gritó más que pidió una señora tan repeinada como cabreada. Lo soltó así, a la bravas y casi tan fuerte como el altavoz de la feria del pueblo o de la megafonía inaceptable del Teatro Principal en cuyo patio de butacas se encontraba la acalorada dama. Y en verdad hacía un frío báltico, quizá para hacer que el maestro noruego Rune Bergmann se sintiera como pez en el agua en su retorno al podio de la Orquestra de València tras su bien recordada actuación en junio de 2019 con obras de Rautavaara, Szymanowski y Sibelius.

La de viernes fue, sí, una tarde fría, en la que apenas el violonchelo formidable sin peros de David Apellániz logró calentar el ambiente con sus interpretaciones de dos obras menores como son los conciertos que para su instrumento escribieron Arthur Honegger y Darius Milhaud, ambos nacidos en 1892, en Francia, el primero en la norteña Normandía y en Marsella el segundo. Y los dos amigos y compañeros de estudios en el Conservatorio de París, además de puntales del grupo “Les Six”. El chelista irundarra y valenciano volcó sus generosos medios técnicos y artísticos en dar realce y naturaleza a estos dos conciertos elegidos para su muy tardío debut con la Orquestra de València.

La afinación, personalidad, técnica deslumbrante pero jamás efectista, y, sobre todo, una musicalidad que es siempre natural, innata y fruto de ese talento envidiable que tanto distingue a los Apellániz (lo mismo podría decirse de su hermano, el pianista Carlos Apellániz) son señas de identidad de unas versiones y visiones que se adentraron en la médula particular de los dos conciertos, de ambos compositores. Bien acompañado por el maestro Bergmann y una orquesta claramente más conjuntada y fina que la escuchada en las últimas semanas, Apellániz y su violonchelo contagioso hicieron que la música de Honegger, siempre espinosa de escuchar y de tocar, se percibiera clara y hasta efusiva, mientras que los tres movimientos del concierto de Milhaud se escucharon ya desde la comprometida cadencia inicial cargados de colorida luminosidad sureña.

Apellániz volvió a acreditar su condición evidente de grande del violonchelo español contemporáneo. También en su desparpajo y cercanía con el público. El éxito fue, por supuesto, tan rotundo como merecido. Hasta el punto de que el bien caldeado público aún consiguió arrancar con su viva y larga ovación el primer movimiento –“Preludio-fantasía”– de la Suite para violonchelo solo de Gaspar Cassadó. La perfecta interpretación de los armónicos y la rotundidad melódica de su versión quedan como guinda exquisita de la gran tarde.

Después de una breve pausa para recolocar los atriles, los profesores de la OV y Rune Bergmann revisitaron los compases schubertianos de la Sinfonía la Grande. El maestro noruego volvió a hacer gala de las virtudes y buenas maneras que ya lució en su actuación de junio de 2019. Sin ser un artista refinado ni indagador de sonoridades, dinámicas y profundas elucubraciones, es maestro efectivo, sin falsos efectismos ni grandilocuencias. Conoce bien su oficio y la música que tiene entre manos, que entiende, traslada y gesticula con una naturalidad y efectividad que quizá sean sus mejores cualidades.

A pesar de la falta de una imprescindible concha acústica que pudiera trasladar adecuadamente al público el sonido que se produce en el escenario, sí se percibieron los buenos resultados de la en esta ocasión mejorada Orquestra de València, cuyas dos trompas cantaron tan bien la solitaria frase inicial de la sinfonía como luego Roberto Turlo el maravilloso tema del oboe en el Andante con moto. Fue, en el conjunto de sus cuatro movimientos, una versión que no alcanzó el cielo, ni quizá siquiera el firmamento, pero, después de lo oído a la OV en las últimas semanas, sonó casi a gloria. Al final, un calor húmedo y pegajoso asfixiaba al Teatro Principal, pero la airada señora, que finalmente triunfó en su empeño de que apagaran el dichoso aire acondicionado, hacía ya bastante tiempo que había cogido a su acompañante del brazo y tomado las de Villadiego. ¡Una lástima! Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 6 de junio de 2021

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