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Por Publicado el: 01/11/2026Categorías: En vivo

Critica: Espíritu europeo y joyas de familia, “El Apocalipsis” de Tomás Bretón en el Teatro Monumental

Espíritu europeo y joyas de familia, El Apocalipsis de Tomás Bretón en el Teatro Monumental

Tomás Bretón (1850-1923): El Apocalipsis, Oratorio. Orquesta y Coro RTVE. Belén Vaquero, soprano. Silvia Tró Santafé, alto. José Simerilla Romero, tenor. Ferrán Albrich, bajo. Marc Korovitch, director de la Orquesta y Coro. Teatro Monumental, 30 de octubre de 2026. Media entrada.

Espíritu europeo y joyas de familia, El Apocalipsis de Tomás Bretón en el Teatro MonumentalTomás Bretón (1850-1923): El Apocalipsis, Oratorio. Orquesta y Coro RTVE. Belén Vaquero, soprano. Silvia Tró Santafé, alto. José Simerilla Romero, tenor. Ferrán Albrich, bajo. Marc Korovitch, director de la Orquesta y Coro. Teatro Monumental, 30 de octubre de 2026. Media entrada.

Marc Korovitch

No hay joyas olvidadas en ningún desván. Eso, o algo muy parecido, le respondió Gerard Mortier a Emilio Casares cuando, a la llegada del belga al Teatro Real, el gran musicólogo le propuso recuperar las mejores óperas de nuestro patrimonio. Don Emilio salió de aquel despacho más enojado que melancólico, porque sabe que ese patrimonio no vale sólo por universal sino, sobre todo, por nuestro: las obras de los músicos de la Restauración (Barbieri, Bretón, Chapí, Emilio Serrano) conforman nuestro pasado familiar tanto como las obras de Pérez Galdós, Clarín, Antonio Gaudí o Sorolla.

Víctor Sánchez, que hoy tiene en sus manos el testigo entregado por Casares en el Departamento de Musicología de la Complutense, se ha puesto a trabajar al frente del ICCMU en la restauración de El Apocalipsis, oratorio escrito por Bretón en 1882, a los treinta y un años, como obra obligada en su primer año como becario de la Academia de España en Roma, y se lo ha entregado a la Orquesta de la RTVE con el objetivo de mejorar en lo posible la edición e interpretación ofrecida por Andrés Zarzo al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid en el año 2000. Eso son más de cien años de olvido tras el estreno madrileño de 1890. El resultado habría emocionado a Bretón, a pesar de su carácter atrabiliario. Su archienemigo, el crítico Peña y Goñi, campeón de la zarzuela frente a la estética de espíritu europeo defendida por Bretón, llegó a encabezar en cierta ocasión un artículo exclamando “¡Qué hombre tan atroz, qué hombre tan atroz y qué hombre tan atroz!”. Atroz puede, pero también claro como la luz: nunca hubo que interpretar sus intenciones como quien interroga a la esfinge y hoy, piensa uno, puede ser considerado el mejor compositor de su regeneración. 

No se trata de entonar el Gloria in excelsis Deo ante este Apocalipsis. Uno tiende a pensar que la obra resulta desigual, y que no se mantiene a lo largo de ella un parejo nivel de inspiración. Dejando a un lado los estomagantes textos (elaborados por el mismo Bretón, desesperado por la falta de seriedad del libretista al que los encargó, y que se vió obligado a escribir los versos en quince días y la música en un plazo de tres meses), los recitativos resultan fríos y desabridos; sus melodías, de escaso aliento, caen a menudo en la repetición de frases y períodos regulares (ese ritmo apuntillado sin fin, aplicado a una sola nota, en el “Cuarto sello”, por ejemplo), y su armonización se mantiene dentro de los lìmites de la práctica común en su época. Pero al mismo tiempo debe señalarse su excelente técnica profesional (la obra incluye una fuga coral a ocho voces, una instrumentación competente y una lograda unificación del conjunto por relaciones motívicas) y, lo más importante, pasajes inspirados que merecen, y mucho, el recuerdo: entre ellos, el Coro inicial “Inmortal será la Gloria”, la introducción instrumental al Nº 2, “El Cielo”, las exclamaciones “Santo, Santo” y “Gloria” de “El libro que de Dios está a la diestra”, los coros finales del Sello Sexto, “Los ejes del mundo” y del séptimo, “Imponente silencio”, o el fragmento sinfónico final de las “Siete trompetas”.

No, no era Bretón un compositor obsesionado con los delicados colores irisados de una pompa de jabón. El orgánico utilizado en las dos interpretaciones que, en días sucesivos, ha ofrecido la Orquesta de la RTVE, ya dice mucho sobre sus ambiciones juveniles: cuerdas a 15-12-10-8-6; viento madera en parejas, cuatro trompas, cuatro trompetas, tres trombones y tuba, dos arpas, dos percusionistas, timbales y órgano; más un coro de sesenta y siete miembros y cuatro voces solistas. Déjenme respirar. 

Marc Korovitch, principal director invitado de la Orquesta y, al tiempo director de su Coro titular (pidió al inicio del concierto un minuto de silencio por las víctimas del ferrocarril en Urda, Marisa Manchado en el recuerdo), lidió lo mejor que pudo, y pudo bastante, contra este océano sonoro, combinando gestos claros y aspavientos de boxeador combativo. Su dirección jerarquizó planos, pero atendió más al detalle que a la arquitectura, permitiendo demasiados clímax orquestales. Decidió situar a los cuatro solistas, quizá por falta de espacio, entre la orquesta y el coro, decisión que añadió a su labor una barrera aún más difícil de sobrellevar que la impuesta por la partitura. Por mucho que Korovitch se esforzara en mimarlos, en los pasajes más allá de mezzoforte resultó difícil oírlos. 

Cumplieron su cometido con dignidad el Coro y los cuatro solistas. Belén Vaquero, soprano, posee una voz segura y suficiente, quizá vibrada en exceso, con buen centro y agudos destemplados en ocasiones. Muy bien Silvia Tró Santafé, contralto, que posee un bello timbre y una excelente línea de canto. José Simerilla, tenor, estuvo algo escaso de volumen en la sección central del Sello tercero, “Herejes que la pía, la verdadera fe”, pero tuvo su momento al inicio del Séptimo sello, “Imponente silencio”, sobre un pianissimo orquestal. Ferrán Albrich se presenta como bajo, pero su color es más bien baritonal, con volumen suficiente y graves algo desleídos. Korovitch no tuvo piedad con él en pasajes como “El cuarto sello”, pero defendió bien su aria “Iglesias de la fe”.

Bien la orquesta, que lleva en su identidad la defensa del patrimonio musical español desde su fundación. Brilló en el fragmento sinfónico final, “Las siete trompetas”, una pieza instrumental que Bretón introdujo como contraste tras los anteriores excesos vocales, pero que, según su maestro/madrastra Emilio Arrieta, rompía la unidad de la obra. Algo de razón tenía el autor de Marina: uno siente que el fragmento, de tempi y metros contrastantes, a pesar de su expresividad, corre el riesgo de escucharse como el inesperado requesón que corona una ensalada. Emilio Fernández Álvarez

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