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Por Publicado el: 22/06/2013Categorías: Crítica

CRÍTICA: «El caserío»

GURIDI, J.: El caserío
Teatro Arriaga de Bilbao. 21 de junio de 2013

Volvía a la programación del Teatro Arriaga esta zarzuela de Jesús Guridi en la producción de Pablo Viar, que se estrenó hace dos años en este teatro. Supongo que el motivo de esta reposición ha sido el poder contar con la presencia de Ainhoa Arteta en el personaje de Ana Mari, seguramente debido al interés personal de la soprano. Hemos asistido a una aceptable representación escénica, una buena versión vocal – con aspectos destacables – y a una de las peores prestaciones musicales que recuerdo en mucho tiempo.

La producción, como digo en el párrafo anterior, es la conocida de Pablo Viar, que es una coproducción del Teatro Arriaga de Bilbao y del Teatro Campoamor de Oviedo. Me gustaría indicar antes de nada el acierto de los programadores de ofrecer estas representaciones de El Caserío en su integridad musical y con los diálogos reducidos a lo estrictamente necesario para poder seguir la trama. Hoy estos diálogos costumbristas tienen muy poca actualidad y calidad y lo que realmente queda de interesante en estas zarzuelas es la música. Así lo ha entendido el Arriaga y no puedo sino aplaudir su decisión.

El resultado de la producción escénica ha tenido que ver con el bajo presupuesto con el que habrá contado. El problema sigue residiendo en la pobre dirección escénica en lo que se refiere a coro y figurantes, refugiándose en la presencia excesiva de un cuerpo de baile regional. La labor de Pablo Viar en este aspecto no ha pasado de la de guardia de circulación. La escenografía simple de Daniel Bianco consistía en el portalón del caserío Sasibil en el primer acto, que hace que todo se desarrolle en corbata, abriéndose después a un frontón con gradas en el lateral derecho. La procesión no está muy bien resuelta, al confundir una procesión con el rezo del Angelus, tan tradicional en los partidos de pelota. El vestuario de Jesús Ruiz resulta simplemente correcto, mientras que la iluminación de Juan Gómez Cornejo resulta insuficiente. Sigo creyendo que ha sido una pena que no se hubiera encargado de la producción Emilio Sagi.

Si hace dos años no me convenció la prestación musical ofrecida por Miquel Ortega, ¿qué podré decir en esta ocasión? Simplemente, que Ortega parecía el mismo Toscanini redivivo, si lo comparamos con lo que nos ha ofrecido Miguel Roa. Su dirección ha sido aburrida, lenta hasta la desesperación y sin el más mínimo atisbo de vida. Pocas veces he asistido a una dirección tan desesperante como ésta. Sorprendentemente, a sus órdenes estaba la Bilbao Orkestra Sinfonikoa, mientras que hace dos años estuvo en el foso la Bilbao Philarmonia Orkestra. Sobre el papel la diferencia tenia que haber sido grande, pero no lo fue. Me temo que los músicos estaban tan aburridos con la dirección de Miguel Roa como yo mismo. El foso del Arriaga no es que hiciera agua, es que parecía que seguía cubierto por las inundaciones de 1983. En cuanto al Coro Rossini repetiré lo que escribí hace dos años, ya que mi impresión es exactamente la misma ahora: La parte de féminas resulta aceptable, pero la de hombres deja mucho que desear. Es evidente que no están acostumbrados a actuar en escenario, pero tampoco la dirección de escena ha trabajado con ellos en este sentido, a menos que simplemente haya decidido tirar la toalla.

El barítono gallego Javier Franco fue un correcto – un tanto modesto – Tío Santi, al que le falta más peso vocal. Franco es un barítono un tanto ligero y en este personaje hace falta una voz de más peso. Cantó con corrección, pero me quedo con la actuación de Ángel Ódena hace dos años, con diferencia.

A Ainhoa Arteta hay que agradecer que haya querido cantar el personaje de Ana Mari por el que seguramente siente añoranza y cariño. Recuerdo hace muchos años – ella era una perfecta desconocida – que le escuché en un concierto en San Sebastián el dúo del primer acto junto Plácido Domingo. Seguramente, no había tenido ocasión de cantar el personaje en público desde entonces. Es un lujo tener a Ainhoa Arteta en El Caserío, aunque no sea un personaje que le vaya muy bien a su actual estado vocal. Ana Mari requiere una soprano lírico-ligera y hoy Ainhoa es prácticamente una soprano spinto. Cantó bien, pero no es un personaje en el que ella puede brillar como lo hace en otros más importantes y adecuados para sus actuales características vocales.

Para quien esto escribe lo mejor de la representación en términos vocales vino de José Luis Sola en la parte de José Miguel, especialmente en los dos últimos actos. Su actuación me resultó un tanto decepcionante durante el primer acto, quedando corto de expresividad en el dúo con Ana Mari. A partir del segundo acto las cosas cambiaron a mucho mejor, especialmente en la romanza Yo no sé qué veo en Ana Mari, que cantó muy bien, expresando estupendamente y haciendo una auténtica exhibición de fiato. El último acto – el más dramático para él -, lo resolvió mucho mejor que lo que yo esperaba. Repito, lo mejor de la representación.

Jorge Rodríguez-Norton fue un Txomin de voz muy poco atractiva, pero bien emitida y manejada. Loli Astoreka fue una divertida Eustasia. Belén Elvira cumplió en Inosencia.

Al conjuro del nombre de Ainhoa Arteta el Teatro Arriaga estaba prácticamente lleno. El público se mostró cálido durante la representación y al final de la misma, siendo las mayores ovaciones para José Luis Sola y Ainhoa Arteta, en este orden.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración total de 1 hora y 51 minutos, sin descanso. Por si a alguien le interesa, la versión de Miguel Roa ha sido nada menos que 15 minutos más lenta que la de Miquel Ortega hace dos años. Teniendo en cuenta que los diálogos eran prácticamente los mismos, la diferencia es más que notable, Cinco minutos de aplausos finales.

El precio de la butaca de platea era de 42 euros. En los pisos superiores el precio pasaba a ser de 25 euros. La entrada más barata costaba 16 euros. Jose M. Irurzun

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