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Por Publicado el: 05/06/2013Categorías: Crítica

Crítica: «IL TURCO IN ITALIA»

ROSSINI, G.: «IL TURCO IN ITALIA»
Gran Teatre del Liceu de Barcelona. 4 de junio de 2013.

El año próximo se cumplirán dos siglos del estreno de esta ópera en La Scala de Milán. Aunque cueste creerlo, se han necesitado nada menos que 199 años para que Il Turco in Italia hay subido al escenario del Liceu de Barcelona. Sin embargo, no es una ópera tan rara en nuestro país. Recuerdo haberla visto hace algo más de 20 años en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y, más recientemente, en Oviedo.

La producción escénica que ofrece el Liceu es la de Christof Loy, que procede de la Bayerische Staatsoper de Munich, donde tuve oportunidad de verla en julio de 2007. Guardo un magnífico recuerdo de aquella representación, que conmemoraba los 30 años del debut de Carlos Chausson en Munich. La mayor diferencia entre ambas ocasiones ha estado justamente en que Chausson no ha estado en Barcelona y le he echado muchísimo de menos, ya que su Don Geronio fue de no olvidar fácilmente.

La producción era originalmente una colaboración entre Munich y Hamburgo, aunque ahora parece que los derechos se han quedado en Baviera. Esta producción es un auténtico ejemplo de cómo hacer una ópera con imaginación y buen gusto, incluyendo un presupuesto seguramente asequible. En escena hay vida, diversión, colorido y sorpresas de modo prácticamente permanente, habiendo de resaltarse el magnífico trabajo de actores realizado con todos los cantantes, que forman un auténtico equipo, que no solamente nos hacen disfrutar, sino que se nota que ellos disfrutan tanto o más que los espectadores. Desde la entrada del coro de zíngaros, saliendo de una pequeña caravana, hasta la fiesta de disfraces, pasando por las escenas de la casa de Don Geronio y el enfrentamiento entre Selim y Geronio en un divertidísimo combate de boxeo, toda la obra de Christoph Loy está presidida por la imaginación, la diversión y el buen gusto, en lo que influye de manera muy especial el magnífico trabajo realizado con los integrantes del coro, convertidos en coralistas-figurantes-técnicos, de los que saca un rendimiento fantástico. La simple escenografía está dominada por unos pequeños módulos y paneles, salvo el elegante salón de la fiesta, y el vestuario es atractivo y colorista, traído a tiempos actuales. Ambos son obra de Herbert Murauer. Buena la iluminación de Reinhard Traub. En resumen una producción moderna, imaginativa y divertida y sobre todo acompañada de una dirección de actores y masas verdaderamente modélica.

En el arranque del segundo acto hay una escena muda entre Prosdocimo y Don Geronio. En el Liceu ha pasado casi desapercibida, mientras que hace 6 años en Munich fue recibida con alborozo y ovaciones por los espectadores. ¿Dónde ha estado la diferencia? Siento repetirme, pero la respuesta es que en Munich estaba en escena Carlos Chausson, cuya vis cómica no tiene comparación con casi ningún otro.

Víctor Pablo Pérez ha dirigido sin contratiempos esta divertida partitura de Rossini, aunque para mi gusto a su dirección le ha faltado mayor chispa. No es un problema de tiempos, que fueron adecuados para una ópera bufa, sino de la gracia y la chispa que el director tiene que aportar. Víctor Pablo Pérez es un muy solvente maestro y lo ha vuelto a demostrar. Hace falta algo más para dirigir este tipo de óperas. La Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu tuvo el hándicap de que yo hubiera escuchado en los días anteriores a las orquestas del Teatro Real y del Palau de Les Arts. La diferencia es notable. El Coro del Liceu no estuvo a su alto nivel habitual, destacando su prestación escénica en este caso.

Aunque el título de la ópera parece convertir en su protagonista a Selim, el turco, la auténtica protagonista de la ópera es Fiorilla, la coqueta y casquibana esposa de Don Geronio, siempre en busca de aventuras amatorias. Su intérprete ha sido la soprano georgiana Nino Machaidze, que ofreció una muy convincente interpretación del personaje. Esta joven soprano (30) tiene todo lo que hoy se requiere para triunfar en el mundo de la ópera. Es una estupenda actriz, además de contar con un rostro bellísimo y lleno de vida y expresividad. A esto hay que añadir que canta muy bien. Su timbre nunca me ha parecido muy bello o, por mejor decir, hay zonas en su voz que no me resultan atractivas, especialmente la zona central, mientras que la parte alta es más rica. Con estas cualidades, nada tiene de extraño que se haya convertido en una figura importante de la lírica. Salvo el tema de la calidad de su voz, su Fiorilla resultó muy interesante. Está en avanzado estado de gestación., del que apenas sacó partido el director de escena, por cierto. Su próximo compromiso la lleva a Viena para hacer la Juliette de Gounod. No sé qué pensarán de su estado Monsieur Capulet y Frère Laurent, por no hablar de Romeo.

El Turco Selim fue interpretado por Ildebrando D’Arcangelo, que ofreció una notable actuación. Desenvuelto en escena, divertido en los momentos claves y con la voz adecuada para el personaje. Seguramente, con Ildar Abdrazakov, el mejor Selim de la actualidad.

Renato Girolami tuvo que luchar con el recuerdo arriba mencionado de Carlos Chausson y perdió la partida, como la habría perdido cualquier otro. No es un bufo extraordinario ni su voz es particularmente brillante, pero cumple bien en todos los aspectos.

Pietro Spagnoli resultó un intérprete del poeta Prosdocimo mejor de lo que esperaba. El rol le va francamente bien. David Alegret fu un más bien modesto Narciso, a quien he encontrado con una voz de tamaño muy reducido, especialmente en la parte alta. Marisa Martins ofreció una buena actuación escénica en el personaje de Zaida, pero la voz tiene muy escaso atractivo. Albert Casals poco tuvo que mostrar en Albazar, ya que se cortó, como de costumbre, su aria del segundo acto. Un acierto por parte de Christof Loy el añadido del personaje mudo de Haly, una especie de guardaespaldas de Selim, que en Munich se anunciaba como Faktotum.

El Liceu ofrecía una entrada que no llegaba al 80 % del aforo. El público se mostró cálido con los artistas, siendo las mayores ovaciones para Nino Machaidze.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración total de 3 horas y 14 minutos, incluyendo un intermedio. La duración puramente musical fue de 2 horas y 40 minutos. Los aplausos finales no pasaron de 5 minutos.

El precio de la localidad más cara era de 223 euros, siendo el precio de la butaca de platea de 165 euros. En los pisos superiores los precios oscilaban entre 64 y 131 euros. La localidad más barata costaba 44 euros. Había también localidades con visibilidad reducida o nula por 32 y 12 euros, respectivamente. José M. Irurzun

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