Crítica: Lima se rinde al virtuosismo albeniciano de Nelson Goerner
Lima se rinde al virtuosismo albeniciano de Nelson Goerner
TEMPORADA DE CONCIERTOS DE LA MUNICIPALIDAD DE LIMA Y TQ PRODUCCIONES. Recital Nelson Goerner (piano). Obras de Bach (Tocata para teclado en do menor, BWV 911), Schubert (Sonata para piano n 19, en do menor, D 958) y Albéniz (Iberia: cuadernos III y IV). Lugar: Lima, Teatro Segura. Fecha: 15 junio 2026.

Nelson Goerner deslumbra en Lima con Albéniz
Lima, el público limeño que acudió al recital programado el martes en el estupendamente remozado Teatro Segura de la capital peruana, se rindió en aplauso y entusiasmo ante el Albéniz virtuoso, arrojado, cantable y vibrante del pianista argentino Nelson Goerner, quien cerró el programa enfrentándose a dos miuras musicales tan comprometidos como los dos últimos cuadernos de Iberia.
Fue acabar los exultantes aires de sevillanas de “Eritaña” -la pieza que cierra la magistral suite de Albéniz- y estallar una ovación cargada de entusiasmo y bravos, que ponía de manifiesto la fascinación que siempre produce una gran interpretación de la obra que Olivier Messiaen no dudó en definir como “la maravilla del piano”. También la enjundia de la versión y la presencia de un público -maravillosamente silencioso, ya lo quisiéramos así en España- receptivo y que destilaba criterio, en el que además se sentía la presencia de muchos jóvenes estudiantes de piano.
Estimula y tonifica escuchar el triunfo rotundo y total de la música de Albéniz servida por un pianista argentino ante melómanos peruanos. Es la universalidad sin fronteras ni credos de arte y artistas. Goerner, artista macerado del piano del siglo XXI, autor de una sobresaliente grabación integral de Iberia (ALPHA-CLASSICS, 2021), encuentra, como otros colosos tan referenciales como Larrocha, Orozco o Sánchez, el equilibrio perfecto entre lo popular y lo virtuoso; entre refinamiento, frescura y espontaneidad; entre hipérbole y sutileza. Goerner, como escribió Gerardo Diego, derrama el tesoro de Iberia “a manos llenas”, ante unos pentagramas que “están solicitando pianistas de 16 dedos”.
Le bastaron a Goerner sus diez dedos y un talento pianístico que le es consustancial para recorrer y recrear los seis tesoros que componen los dos últimos cuadernos de la “maravilla del piano”. Cantó y se explayó en un “Albaicín” de mucha “ternura elegante”, como pedía Albéniz. Sentimental y bullanguero, épico y ruidoso, “que es guitarra, sol y piojo”, por seguir la letra del compositor. Luego, el regusto genial y fatalista de “El polo”, y el virtuosismo, total, enmarañado y entrecortado, de un “Lavapiés” que él entiende vivo y chulesco.

Imagen del teatro
Tras una breve pausa entre cuaderno y cuaderno -apenas un respiro para retomar fuerzas-, llegó la enseñoreada belleza de “Málaga” y su copla, dicha con ritmo fluido y vivaz, que marcó un tiempo de malagueña que Goerner rebosó de inspiración, buen gusto y sentido pianístico. Tanto como un sustancializado “Jerez” hondo y jondo, oscurecido de nostalgias y ensoñaciones, que supuso el mejor preámbulo para la alegría, desparpajo y luminosidad de las sevillanas de “Eritaña”, donde Goerner echó el resto a un tiempo de vértigo y alto riesgo. Salió bien airoso, gracias a una técnica y un temple que son proverbiales en el pianismo contemporáneo.
Fue, en definitivo, una Iberia de altos y refinados quilates, seguida y sentida por un público receptivo y cualificado para captar la maravilla que ocurría sobre el escenario. Antes, en la primera parte de este recital incluido en la selecta temporada promovida por el Ayuntamiento de Lima en alianza con la dinámica estructura de TQ Producción que lidera y preside con espíritu filantrópico Alberto Menacho Quesada (hijo de la legendaria pianista peruana Teresa Quesada, 1935-2016), se escucharon dos obras en do menor tan capitales y contrastadas como la Tocata BWV 911 de Bach y la Sonata número 19, D 958, de Schubert, entendidas con la maestría y plenitud del artista total que hoy, a sus 57 años, es Nelson Goerner.
La cita se cerró con tres propinas que supieron a gloria en tan pianística noche: el Intermezzo opus 118 número 2 de Brahms (página que en su día Teresa Quesada hizo propia), el Preludio en Si bemol mayor, opus 23 número 2 de Rajmáninov, y para cerrar definitivamente la noche, el Nocturno póstumo en do sostenido menor de Chopin. Pero en la calle, en la salida de artistas, aún esperaba un entusiasta grupo de estudiantes de piano decididos a felicitar al ídolo y hacerse una foto o grabarse un vídeo con él. ¡Esperanzador! Aquí, allí y allá.





















Últimos comentarios