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Por Publicado el: 21/04/2018Categorías: En vivo

Crítica: Mälkki dirige la Sinfónica de Londres en el Palau

Susanna Mälkki

Turandot + Liù

Orquesta Sinfónica de Londres. Solista: Daniel Müller-Schott (violonchelo). Director: Susanna Mälkki. Pro­gra­ma: Obras de Elgar («Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor»), Sibelius (Fragmentos de «Peleas y Melisande». «Sinfonía número 5» en Mi bemol mayor). Lugar: Palau de la Música. Entra­da: Alre­de­dor de 1600 perso­nas. Fe­cha: Sábado, 14 abril 2018.

Justo Romero 

Como en los no tan lejanos tiempos de gloria, el Palau de la Música abrió el sábado sus puertas para albergar una nueva visita de la Sinfónica de Londres, dirigida en esta ocasión por la finesa Susanna Mälkki (Helsinki, 1969), maestra de altos quilates que sustituía al seriamente enfermo Zubin Mehta, anunciado este mismo día al frente de la Orquesta del Mayo Musical Florentino. El modo de dirigir de Mälkki recuerda las maneras claras, decididas y refinadas de Mehta. Su batuta precisa y efusiva a un tiempo, es una mezcla asombrosa que combina tales cualidades. Se diría que quien realmente empuña el gobierno es una mezcla idealizada de Turandot –la gélida “princesa de hielo”- y la dulce Liù.

Formada en la Academia Sibelius de su ciudad natal con Jorma Panula y Leif Segerstam, Susanna Mälkki es hoy una de las figuras emergentes de la nueva dirección orquestal, cuya presencia es habitual en los mejores podios. En Valencia ha aterrizado para abordar junto a los músicos londinenses un programa centrado en su paisano Jean Sibelius, de quien interpretaron tres números de su música incidental para el Peleas y Melisande de Maurice Maeterlinck y la Quinta sinfonía. Como una perfecta Turandot, la directora finlandesa administró y dosificó con gélida precisión las tensiones dinámicas y las largas evoluciones expresivas tan características del universo tardorromántico de Sibelius. Y en los momentos de mayor efusión lírica, de máxima delicadeza, se transmutó en la más tierna y dulce Liù.

Ataviada con una eficaz vestimenta en forma de vestido/falda/pantalón/frac, impuso sobre cualquier otra circunstancia su condición de auténtica artista de la batuta: de intérprete que gobierna la orquesta desde la profesionalidad y una aguda sensibilidad. Admira la precisión y claridad de su gesto, de su pulso métrico, de su sentido nunca forzado de la expresión y de su naturalidad exenta de artificio. Ofreció así un Sibelius desalmibarado, transparente, limpio, en el que todos los detalles y modulaciones quedaban poderosamente de manifiesto, con claridad en las texturas y en los diferentes planos sonoros.

En el diezmado Peleas y Melisande que abrió el programa (únicamente se interpretaron tres números) hubo sentido narrativo y evocación, e intensidad dramática y expansión sinfónica en la bien arquitectonizada Quinta sinfonía, cuyos simétricos tres movimientos se sucedieron en perfecto equilibrio. El desajuste en el delicado inicio del Andante mosso central supuso uno de los poquísimos instantes en los que la centenaria Sinfónica de Londres (se fundó en 1904) y la directora finesa parecieron mostrar alguna vulnerabilidad. Tras los seis contundentes y espaciados acordes que coronan la sinfonía, y después de muchos bravos y aplausos, llegó como delicioso regalo fuera de programa la  ligera musseta de la música incidental que compuso Sibelius para el drama Rey Cristian II.

En medio, entre Sibelius y Sibelius, el violonchelista muniqués Daniel Müller-Schott (1976) se adentró en los compases románticos y tardíos del célebre Concierto de Elgar, estrenado en 1919 por la propia Sinfónica de Londres bajo la dirección del compositor. Lejos de las versiones hiperapasionadas y acaso excesivas de chelistas como Du Pré o Rostropóvich, Müller-Schott optó por una visión mesurada, interesada en explorar las aristas más introspectivas y preciosistas. Lo hizo con su soberbio violonchelo Ex Shapiro, construido por Matteo Goffriller en 1727 en Venecia, con un sonido más fascinante que poderoso y apoyado en la hoy ya casi por todos desechada pica Rostropóvich (de quien Müller-Schott fue alumno tras ganar el Premio Chaikovski en su convocatoria para jóvenes músicos). Fue una versión comedida, casi intimista y rica en detalles. De apabullante perfección técnica y enaltecida por el magistral acompañamiento de los sinfónicos londinenses y Mälkki. El público, que no llegó a abarrotar la Sala Iturbi del Palau de la Música, aún hizo prolongar su actuación con una Habanera de Ravel cargada de perfume e insinuación.

Publicado en El Levante el 18/04/2018

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