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Por Publicado el: 22/05/2022Categorías: En vivo

Critica: Recuerdos y nostalgias con Valquiria

Recuerdos y nostalgias con Valquiria

Anja Kampe y Alexander Liebreich

ORQUESTRA DE VALÈNCIA. Anja Kampe, soprano (Sieglinde); Norbert Ernst, tenor (Siegmund); Ain Anger, bajo (Hunding). Alexander Liebreich (director). Programa: Obras de Martín i Soler (Obertura de La capricciosa corretta) y Wagner (La valquiria, primer acto). ­Lu­gar: València, Teatro Principal. Entrada: Alrededor de 1.000 personas. Fecha: jueves, 19 mayo 2022.

Retomó la Orquestra de València su mejor tradición wagneriana. Y lo hizo sin complejos y a lo grande. Con el primer acto de La valquiria. Fue el jueves, en el Teatro Principal, con su nuevo titular, Alexander Liebreich, y un trío solista en el que brilló y destacó con fuerza la Sieglinde entregada y genuina de una Anja Kampe que dejó constancia de  su categoría vocal y dramática, pese a claras tiranteces en el registro agudo. Frente a ella, el tenor Norbert Ernst hizo un Siegmund alla italiana, casi de straussiano “cantante italiano”, con un lenguaje expresivo que no casa con la naturaleza wagneriana del personaje. Demasiado histriónico y obvio. Casi más Turiddu que Siegmund. Guiado por Liebreich y siempre pegado al atril, su gran momento de la Canción de la primavera fue intencionadamente lento y templado, casi siempre en piano. Afloraron así los tesoros de la orquesta, pero la voz perdió empuje y relieve. Los “Wälse wälse” correctos sin epatar, casi de trámite.

El bajo Ain Anger, que  cantó tan de memoria y tan interiorizadamente como la Kampe, fue un Hunding poderoso e impactante, en la mejor línea de los grandes bajos wagnerianos. Sobrecogió con su voz profunda, pero también con su modo de decir y estar en escena, tan perfectamente imbricado en el rudo y primitivo personaje. Liebreich los concertó en un cuidado conjunto en el que, más incluso que las voces, se impuso el global discurso wagneriano. En este sentido, se escuchó un primer acto de Valquiria de notable empaque sinfónico, más allá de cualquier insuficiencia o incidente. La mejorada acústica del Teatro Principal -los paneles y reflectores sonoros ubicados en el escenario hacen su efecto- permitió apreciar de modo más calibrado una masa orquestal que en otras circunstancias hubiera desembocado en el caos. 

En la orquesta, el efusivo solo de violonchelo, cantado más que tocado desde el atril por Mariano García, simbolizó las mejores maneras instrumentales de una Orquestra de València  que dejaba sentir el orgullo de retomar estos grandes acontecimientos. Admira pensar que mientras en el Teatro Principal sonaba La Valquiria, en el vecino Palau de les Arts se ensayaba con un elenco vocal de máximo rango nada menos que Wozzeck, “la ópera más difícil y exigente del repertorio”. 

En un mundo de pequeños agoreros empeñados en que todo está peor, hoy hay que decir claro que lo que el jueves pasó en València en el ámbito de la música es algo espectacular y admirable. Por los acontecimientos, y por la exigencia artística de los mismos. Ni Wagner ni Berg pudieron imaginar que en esta esquina del Mediterránea iban a sonar así y a un tiempo sus obras maestras. Bravo el Palau de la Música. Bravo el Palau de les Arts. Dos instituciones, ambas imprescindibles, condenadas a entenderse, que se potencian y complementan. Y algo que no gustará ni a unos ni a otros: la Orquestra de València ha de mimar su actividad lírica tanto como el Palau de les Arts y su formidable orquesta incrementar su temporada sinfónica.

Alexander Liebreich ha vuelto a hacer gala de su competencia, saber hacer y mano izquierda. Dirigió un Wagner natural y reticente a cualquier aspaviento gratuito. Supo templar gaitas y encauzar a buen fin unos ensayos que auguraban el desastre. Es maestro de oficio y músico templado, que no se deja arrastrar por inercias adversas, y mantiene siempre, desde la atalaya del podio, la compostura y el rigor. Sabe mejor que nadie de carencias y obstáculos, y conoce también la manera de convivir con ellos para minimizarlos y quizá -esperemos- corregirlos. Obtuvo una respuesta entregada, generosa e implicada de sus músicos.

El fuego y nervio de los primeros acordes de la cuerda eran la mejor expresión de ello. Los metales, las maderas -bravo la flauta de Salvador Martínez-, el empuje del concertino Palomares en todas las cuerdas, las arpas en la tercera escena, la percusión liderada en esta ocasión por el timbalero Luis Osca, o el ya apuntado solo de violonchelo de Mariano García, fueron elementos positivos en el resultado artístico y musical de esta Valquiria que recupera tantos recuerdos y nostalgias. En el programa sobró, desde luego, el postizo de la preciosa obertura de La capricciosa corretta de Martín i Soler que se escuchó antes de Wagner. Cada música en su sitio y a su tiempo. Gran éxito, claro. Como el que ya obtuvo la Orquestra de València en el ciclo completo y por entregas del Anillo del Nibelungo, que ofreció con los mejores solistas del momento y las batutas de Manuel Galduf y Franz-Paul Decker. Sobresaliente cum laude al público más silencioso jamás escuchado en València. ¡Qué maravilla! . Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 21 de mayo de 2022.

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