Crítica: Segundo reparto de ‘Il trovatore’ en el Teatro Real en modo mayor de “Los españoles”
IL TROVATORE EN MODO MAYOR DE “LOS ESPAÑOLES”
IL TROVATORE, de Giuseppe Verdi. Drama en cuatro partes. Libreto de Salvatore Cammarano, basado en la obra de teatro El trovador, de Antonio García Gutiérrez. Reparto: Celso Albelo (Manrico), Saioa Hernández (Leonora), Juan Jesús Rodríguez (Conde de Luna), Teresa Romano (Azucena), Marko Mimica (Ferrando), Mar Morán (Ines), Fabián Lara (Ruiz), Moisés Marín (Mensajero). Dirección de escena: Francisco Negrín (reposición y asistente: Jean-Michel Criqui). Escenografía y vestuario: Louis Désiré. Iluminación: Bruno Poet. Coro y orquesta titulares del Teatro Real (José Luis Basso, dirección de coro). Dirección musical: François López Ferrer. Lugar: Lugar: Madrid, Teatro Real. Fecha: miércoles, 15 julio 2026.

Il trovatore en el Teatro Real, con un españolísimo segundo reparto
Además de precisar los “cuatro mejores cantantes del mundo”, como vino a decir Arturo Toscanini, una gran función de Il Trovatore necesita en el foso un director ducho, efectivo y bien baqueteado en el singular universo verdiano. El hispano-estadounidense François López Ferrer (1990) ha demostrado esas cualidades y muchas más en su brillante y muy operística concertación, con un dominio de la obra y su enrevesado discurso narrativo cargado de talento, vitalidad, fluidez y maestría.
De casta le viene al galgo, y a su dirección cantable y lírica, indagadora de colores y registros, el hijo de Jesús López Cobos añade una expresión dramática y dominio de alto voltaje. Ha sido su trabajo revelador lo mejor y más plausible de una función en modo mayor, protagonizada por un galvanizado elenco vocal casi todo él integrado por cantantes españoles.
La producción es la ya muy rodada y criticada de Francisco Negrín, de la que ya se ha dicho y escrito de todo. Casi siempre mal, quizá inadvirtiendo sus oscuros y no solo estéticos vínculos con los tenebrismos de Goya y Zurbarán, tal como matizaba el miércoles, en el intermedio, el crítico Ricardo de Cala.
Frente a aciertos evidentes, la neutra escena -que igual valdría para un Trovador que para lo que sea, incluido un descosido- combina luces (pocas) y sombras impropias de un hombre de teatro del talento y luces de Negrín. El uso, ingenuo y reiterativo hasta el aburrimiento, de la guadaña de la muerte o del fuego -en modo de gigantesco infiernillo-, o de niños que parecen robados de Werther y Sophie, son manchas en un trabajo cuya única real virtud acaso sea no molestar. Punto.
Vocalmente, ganaron por goleada el onubense Juan Jesús Rodríguez, un barítono verdiano donde los haya, cuya voz, ancha, caudalosa y convincentemente proyectada, sirvió un Conde de Luna de máximo rango y genuina expresión verdiana, y la mezzo italiana Teresa Romana, que fue la única extranjera, junto con el bajo-barítono croata Marko Mimica, del españolísimo reparto. Dueña de una voz tan vigorosa como la de Rodríguez, construyó una Azucena de ancho empaque vocal. Estremecedora e impactante, su “Stride la vampa” fue de armas tomar.

Imagen de la producción
Juan Jesús Rodríguez bordó un papel que le va como anillo al dedo a su vocalidad y temperamento. Perfectamente perfilado y matizado, su Conde de Luna parecía reivindicar la fina categoría de artista que de modo tan tópico y simplista algunos le sambenitan. El modo en que dijo, templó, expresó y fraseó en el segundo acto el aria “Il balen del suo sorriso” puso en lo más alto la temperatura emocional de la noche.
Los otros dos cantantes del cuarteto protagonista fueron la soprano madrileña Saioa Hernández y el tenor tinerfeño Celso Albelo. Probablemente, ninguno de los dos hubieran complacido plenamente al cascarrabias Toscanini. Saioa es cantante segura e impecable. Fiel a partitura y texto. Pero su impecable y bien cantada Leonora no alcanzó a levantar el vuelo ni generar “mariposas en el estómago” ni en su célebre aria inicial -“Tacea la notte placida”-, ni en la bellísima “D’amor sull’ali rosée” del cuarto acto. Faltan filados, detalles, belleza vocal, color y magia. Quizá su momento más acabado de la noche fue en la escena del veneno, en el trío final con Manrico y el Conde.
Celso Albelo es, como Saioa Hernádez, cantante de evidentes cualidades, méritos y medios. Pero aquí el problema, a diferencia de Saioa, es que su naturaleza vocal, de origen belcantista, difiere de lo que se espera y es Manrico. Y, aunque con inteligencia y criterio intenta ensanchar la voz y cargarla de acentos y resonancias graves de las que carece per se, el resultado dista de otorgar plenitud y fuste a una interpretación que es impecable y hasta notable, pero lejana a la grandeza en la que pensaba Toscanini. Salió airoso de su momento estelar, con un “Di quella pira” entregado y brioso, incluido con un prolongado y mantenido agudo final.
Brillaron también, ya fuera del cuarteto solista, Marko Mimica con un sólido y bien delineado Ferrando, cuyas excelencias ya puso sobre la mesa desde el primer momento, en el aria “Di due figli vivea padre beato”, y la ascendente soprano pacense Mar Morán, bien delineada Inés que, desde su perfil servil, habló de tú a tú a Leonora.
Insuflada con maestría y pulso lírico por la batuta de López Ferrer, la Orquesta Sinfónica de Madrid sonó con plenitud, empaste y calibrados matices. Supuso otros de los puntales de este exitoso Trovatore en rotundo modo mayor. El Coro, preparado por José Luis Basso, y de tan sustantivo cometido, se lució más empastado en las voces masculinas que en las femeninas. Muchos bravos y aplausos al final, particularmente encendidos cuando, en los saludos, irrumpió François López Ferrer. Al que ya, desde este Trovatore que marca un antes y un después, hay que considerar entre las más prominentes batutas de su generación. Españolas y no españolas. ¡Bravo!
























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