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Por Publicado el: 31/07/2022Categorías: En vivo

Crítica: Thielemann y Garanča en el Festival de Salzburgo

Un nudo en la garganta

Thielemann y Garanča conmueven Salzburgo

FESTIVAL DE SALZBURGO 2022. Brahms: Rapsodia para contralto, coro masculino y orquesta. Bruckner: Novena sinfonía. Solista: Elīna Garanča (mezzosoprano). Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor. Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Christian Thielemann. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 30 julio 2022. 

Elīna Garanča y Christian Thielemann. Fotografia de Marco Borrelli

Ni se sabe cuántas veces salió a saludar Christian Thielemann al final del concierto, con el escenario ya vacío, cuando los músicos de la Filarmónica de Viena ya lo habían abandonado completamente tras interpretar bajo su dirección una Novena sinfonía de Bruckner que quedará grabada en los anales del Festival de Salzburgo entre las versiones más inolvidables escuchadas en las últimas décadas. El larguísimo silencio que siguió al pianísimo final de la inacaba sinfonía, delataba la temperatura emocional que reinaba en la sala. Luego, muy tímidamente, poco a poco, comenzó una ovación in crescendo que se prolongó durante solo Dios sabe cuántos interminables minutos. Éxtasis. 

Thielemann, que hace música y no teatro, que descuida el gesto y la pose para volcarse en la partitura, y que el viernes presentó en el propio Festival ante los medios de comunicación su grabación integral de las sinfonías de Bruckner con la Filarmónica de Viena, acaso sea hoy el más grande valedor de la música del creador austriaco. Es difícil imaginar lo contrario tras escuchar su implacable, mística, poderosa y clarificadora versión de la última e inacabada sinfonía de Bruckner. Cuando parece que la partitura no tiene más recorrido, cuando uno siente que ha llegado el máximo, Thielemann lleva todo un poco más allá. Es la diferencia, mínima y gigantesca, que marca lo excepcional de lo subyugante.

El público que abarrotó el Grosses Festspielhaus escuchó en silencio absoluto el concierto. Era el silencio de los grandes momentos. Un nudo en la garganta atrapó a los 2.179 espectadores a lo largo de los tres movimientos. Ni un segundo de desfallecimiento. Menos de rutina y trámite. La entrega de los filarmónicos vieneses es tan absoluta como la del maestro. Unos y otro respiran y transpiran complicidad y comunión. Incluso en los largos y congelados silencios. Imágenes quietas compartidas por un público cuyo activo silencio absoluto se sumaba al prodigio del momento. Escenario y platea, silencio y sonidos, fusionados en una vivencia común, sentida con idéntica intensidad a ambos lados del escenario.

Las dinámicas son extremas, al límite. Los fuertes son abiertos y vigorosos, redondos y a pecho descubierto, como los pianísimos, de intensa y densas corporeidad. En medio, una infinita gama de matices y detalles, de colores y registros, en los que el entramado armónico y contrapuntístico aparece con claridades inéditas. Thielemann gobierna las posibilidades inagotables del maravilloso instrumentos que es la Filarmónica de Viena para dar vida a una visión bruckneriana que esquiva cualquier formalismo o rigor para revelar su genuina esencia y vitalidad.

Fue un Bruckner feliz y hermoso, incluso en sus aspectos más dramáticos y abrasadores. Luminoso y siempre conmovedor. Fascinante, que llega antes al alma que al cerebro. Tras el primero fugaz y luego impetuoso y catedralicio Scherzo, el Adagio final deja, en su inacabable pianísimo último, abierta a la eternidad la vivencia sin fin ni resolución. No cabe más pertinente colofón ni más hermoso adiós a la vida. Nueve  años después de esta inacabada pero acabadísima obra maestra, Mahler retomará este final prodigioso en el “Adagissimo” con que corona su Novena y finalísima sinfonía. Como Bruckner, más que un “adiós” es una invitación al más allá. Doloroso el de Mahler. Cargado de luz y fe el del muy católico Bruckner.

El concierto de Thielemann y la Filarmónica de Viena había comenzado con el mejor  pie. Con una interpretación incluso fervorosa de la Rapsodia para contralto y coro masculino que Brahms estrenara en 1870 con el protagonismo solista de la mezzosoprano y compositora de origen español Paulina Viardot. En esta ocasión, ha sido la letona Elīna Garanča la solista que con su voz de flexible acero ha aportado fuste, calidad vocal, intensidad, lirismo y efusión a una perspectiva también teñida de dolor, incertidumbre y nostalgias. En total comunión, Thielemann y Garanča se mostraron fieles aliados de Brahms ante los sublimados sentimientos románticos que con claro sentido autobiográfico vuelca el compositor sobre el texto original, extraído del ciclo Viaje por el Harz en invierno, de Goethe. La Filarmónica de Viena y los hombres del Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor  completaron la redondez de tan referencial interpretación. ¡Inolvidable! Justo Romero

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