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Madama Butterfly en Les Arts: deshonor
Una “Carmen” de dos rombos
Por Publicado el: 12/10/2017Categorías: Diálogos de besugos, En vivo

Las críticas en prensa a Carmen en el Real

Comienzan a publicarse en papel las críticas a «Carmen» en el Teatro Real y, como habitualmente, deseamos que ustedes tengan una idea lo más completa posible de lo que son estas representaciones, comparando lo que expresan -que no siempre es lo que piensan realmente- unos y otros críticos. Existen ciertas unanimidades: todo suena muy fuerte, los cantantes tienen un nivel aceptable pero irregular en sus interpretaciones, algo gritadas, a la orquesta le faltan matices. Opiniones diversas, como en el patio de butacas, respecto a la dirección de escena. Muy positiva en EL País, muy negativa en El Mundo y equilibrada en La Razón.

Carmen de Bizet. Anna Goryachova, Francesco Meli, Eleonora Buratto, Kyle Ketelsen, Borja Quiza, Mikeldi Atxalandabaso, Isaac Galán, Jean Teitgen, Olivia Doray, Lidia Vinyes Curtis. Dirección musical: Marc Piollet. Dirección de escena: Calixto Bieito.

ABC

11/10/2017 

Carmen y el cambio social

«Carmen» de Bizet y la producción que Calixto Bieito diseñó en 1999 caminan en paralelo… La representación de anoche en el Teatro Real, clausurada con algunos silbidos, parece demostrarlo.
Sin embargo, razones poderosas, cercanas a la formidable calidad técnica del trabajo y a la rotundidad del significado que propone, han permitido que la producción recorra teatros de todo el mundo durante dieciocho años. En este tiempo se ha dicho de todo. … En síntesis quizá sea la obviedad del desgarro, la visceralidad, la inminencia de lo primario, lo que se perciba con más intensidad. El dúo final, enmarcado por el espacio vacío y apenas apuntado en el suelo por un ruedo imaginario, es un destino paradójicamente perturbador…
Bieito llega a él en vecindad con la partitura de Bizet, ayer consolidada en la buena versión musical de Marc Piollet. El trabajo del coro titular fue particularmente importante. Y en el primer reparto, la plenitud de unas voces un punto contenidas. Por grandeza se impone la muy irregular de Francesco Meli, Don José. Por igualdad y color la de Anna Goryachova, la protagonista. Kyle Ketelsen, Escamillo, no remató lo que con tanta autoridad anunció en su salida y Eleonora Buratto tiene las notas y en menor grado el efecto necesario con el que equipararse a la descarnada incomodidad que destila el gesto exacto, certero y esenciado de esta producción. Alberto González Lapuente

Anna Goryachova y Francesco Meli

El País

11/10/2017 

Cafeína en vena

¿Es Carmen una españolada? No lo es ciertamente el sencillo relato original de Prosper Mérimée, publicado originalmente en 1845 en la Revue des deux mondes y que habría tenido muy escasa resonancia futura de no haber servido de inspiración para el libreto de la muy posterior opéra comique de Bizet. Este recurrió, como es sabido, a melodías y ritmos españoles para insuflar colorido y verosimilitud a su música, que huye con éxito de todo sentimentalismo. El montaje de Calixto Bieito no es tampoco una españolada, porque no “exagera ciertos rasgos que se consideran españoles”, por seguir la definición del Diccionario de la Real Academia, sino que los retrata tal cual son, o fueron, en el momento en que se reubica la acción. Y lo hace de una forma tan escueta, sencilla, e incluso simbólica, como creíble, lo que lo ha convertido en casi un clásico de nuestro tiempo, estrenado con el último toque de campana del siglo XX, repuesto sin cesar por todo el mundo en el XXI (en Venecia, Oslo y París solo en este 2017) y que le reportó a Bieito el premio Abbiati al mejor director de escena en 2011 tras representarse en el Teatro Massimo de Palermo, un lugar que se diría especialmente proclive para entenderlo.

En esta Carmen hace calor: lo denotan los torsos desnudos, el sudor, las camisas generosamente desabotonadas, los personajes durmiendo de noche al raso y una luz abiertamente meridional. El calor es a su vez metáfora de unas hormonas desbocadas en ambos sexos. Pero no solo se palpa tensión sexual, sino también violencia. Todo es comprensible por el entorno en que se produce, incluida la personalidad de Carmen: más que ser una rebelde sin causa o una abanderada de la mujer moderna, es un producto de la sociedad en que vive, machista, misógina y agresiva. Solo se entiende que algunos abuchearan al equipo escénico por razones espurias relacionadas con el ruido mediático de estos días, ya que nada de lo que se ve es ni ofensivo ni insultante. Hay un uso mucho menor de la bandera que en reposiciones anteriores pero, ¿qué importa? Algunas, o muchas, banderas las teje el diablo, y la propuesta de Bieito no ha perdido aquí una brizna de su extraordinaria teatralidad. Con ecos de Jamón, jamón y guiños en el vestuario à la Almodóvar, esta es una Carmen creíble de principio a fin, rebosante de pequeñas grandes intuiciones escénicas (la cuerda que nos convierte de espectadores en parte de la acción y el círculo de tiza del cuarto acto para delimitar simbólicamente el espacio escénico, por citar dos únicos ejemplos), años luz por encima de esa Carmen reconvertida en un burdo juego de rol protagonizado por una aburrida pareja burguesa en el montaje de Dmitri Tcherniakov que se estrenó el pasado verano en el Festival de Aix-en-Provence. Aquello olía a falso, a naftalina, a Rocambole, mientras que esto exuda fuerza y veracidad.

El Don José y la Micaela de Francesco Meli y Elenora Buratto exhiben virtudes y adolecen de defectos muy similares. Los dos poseen voces de enorme calidad y su línea de canto es impecable; pero ni él resulta convincente como chico malo ni ella como la mujer mucho más carnal y terrenal que quiere Bieito en lugar de la criatura candorosa y angelical al uso. Entre Meli y la Carmen de Anna Goryachova también hay concomitancias, aunque la actuación de él va de menos a más, mientras que la rusa empieza con fuerza y acaba desinflándose un poco hacia el final. Su voz tiene la rara virtud de ser igual de homogénea y atractiva en todos sus registros, pero en los dos últimos actos pierde parte de su consistencia dramática. Aun así, por físico y por instrumento, es una Carmen llamada a llenar muchos teatros. Suficiente el Escamillo de Ketelsen (a años luz de su flojísimo Leporello en el Don Giovanni que padecimos aquí en 2013 con dirección escénica también de Therniakov). De los diversos secundarios, destaca el Zúñiga de Jean Teitgen, de magnífica voz y con el mejor francés de la representación.

Cosas muchísimo más criticables que en la escena hubo en el foso, donde Marc Piollet mostró innumerables deficiencias, y llueve sobre mojado. Ya su Preludio fue el perfecto ejemplo de mucho ruido y pocas nueces, marcando la tónica de los momentos más dramáticos o bullangueros de la obra. En los delicados e íntimos le faltó, en cambio, sutileza, equilibrio, finura. Ni cuando la orquesta tocó sola (exceptuado el tercer interludio, gracias a la flauta solista) ni cuando acompañó estuvo la batuta a la altura, ni bien comunicada, con la escena. Excelente el coro, superado el traspiés puntual de Lucio Silla, y soberbios los Pequeños Cantores de la ORCAM: estos sí que no fallan nunca, mérito indudable de Ana González, su directora.

El azar o un preciso designio humano han querido que esta Carmen se estrene el día exacto en que se cumplen 20 años desde que el Teatro Real recuperó su condición inicial de teatro de ópera. Si en aquel lejano 11 de octubre se asistió a una inauguración descafeinada, culminación de una sarta de decisiones equivocadas, esta Carmen nos sitúa ahora en las antípodas de entonces. También aquí estamos en el sur de España, o al sur de España, pero la estilización de entonces ha dado paso a un retrato descarnado de una España a su vez 20 años anterior. Nada de medias tintas: esta Carmen indispensable de Calixto Bieto es cafeína pura, e inyectada en vena. Luis Gago

Eleonora Buratto

El Mundo

11/10/2017 

Españolismo y Españolada

Si según el diccionario de la RAE el españolismo define «el carácter genuinamente español», la españolada describe «acción, espectáculo u obra literaria que exagera el carácter español», el muy viajado montaje de Calixto Bieito parece confundir ambos términos. Critica el supuesto carácter español exagerándolo a base de catapultar los tópicos castizos que articulan la historia hasta alcanzar otro grado de retórica convencional. Tan incómodo puede resultar el terceto formado por gitana despachada, militar pusilánime y heroico toreador como la equivalencia del trío formado por puta desgarrada, legionario obtuso y torero trajeado.

Se huye del acecho de la españolada para presentar españolada y media, pintada en chafarrinón, simplificando la complejidad del drama de la pareja central, modelo de la incomunicación entre el varón y la hembra; él, en franca decadencia; ella, con la energía de una voluntad que se afirma. Carmen es, como el Don Juan mozartiano, defensora de la libertad, al tiempo que una inteligente administradora de sus encantos. Don José es el hombre abrumado ante lo femenino; fracasa ante Carmen, desdeña a la dulce Micaela, y ni siquiera sabe atender a su mamá.

Un bronco ambiente cuartelario impera en esta versión, contagiando al coro, que vocifera, y a la batuta de Marc Piollet, que empuja a la orquesta con la energía imperiosa de un supuesto toque de queda. El cuarteto protagonista hace gala de una excelente salud vocal, que se despliega pletórica en un irregular dibujo de cada personaje. Francesco Meli es un Don José destemplado y a menudo gritón, frente a la entusiasta pero difuminada Micaela de Eleonora Buratto; Kyle Ketelsen apechuga valeroso con el imposible Escamillo.

Por Anna Goryachova vale la pena asomarse a este montaje, abucheado ayer. La mezzo rusa hace una gitana tenebrosa como ramera desesperada, pero logra erigirse sobre la rígida visión de Bieito, imponiendo una Carmen exquisita, combinación de fragilidad, lucidez y descaro. La gitana se presenta a la vez como un arquetipo, y como la conciencia de ese mismo arquetipo. Carmen habla de Carmen como si fuera otra persona. Y Anna Goryachova lo sabe y nos lo cuenta. Alvaro del Amo

Kyle Ketelsen

El Mundo

11/10/2017 

La España de “Carmen” en clave de abucheo.

Las dos décadas que han pasado desde su reapertura, en el Teatro Real se ha visto de todo: violaciones, orgías, estupro, consumo de drogas por vía nasal e intravenosa, asesinatos en masa e insultos y vejaciones contra toda clase de símbolos. Pero las circunstancias sociales y políticas en las que se encuentra España actualmente han convertido la función que celebra estos 20 años de funcionamiento del coliseo madrileño en una cuestión delicada. El montaje escogido para la conmemoración es esta Carmen que Calixto Bieito ideó por las mismas fechas en que volvió la programación de ópera al Real y que se ha convertido en el montaje más exitoso de la obra de Bizet en este siglo.

El hallazgo de Bieito fue tomar todos los elementos pintorescos y exóticos del libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac a partir de la novela de Prosper Mérimée y llevarlos al terreno de la iconografía. Así, los militares se transformaron en soldados de la Legión en un puesto fronterizo que podría ser perfectamente Ceuta. Las cigarreras pasaron a ser poligoneras y los contrabandistas lucieron cadenotes de oro combinado con chándal. En esa revisión, tuvieron un papel igualmente importante la figura del toro de Osborne (derribado y deconstruido en un potente golpe visual) y la bandera de España.

Sin embargo, la crisis desatada por el proceso independentista en Cataluña y la consecuente proliferación de banderas ha provocado que lo que hasta ahora era aceptado con normalidad se convierta en objeto de cautelas y escrutinio. El uso de la enseña rojigualda y las posibles sensibilidades que se podrían herir provocó que la pasada primavera, con motivo de la reposición de este mismo montaje en la Ópera de la Bastilla de París, el ex ministro de exteriores, José Manuel García-Margallo, formulase una pregunta al gobierno sobre si en la Carmen que se iba a representar en Madrid había ofensas a la enseña nacional.

El presidente del patronato del Teatro Real, Gregorio Marañón, y el director artístico del coliseo, Joan Matabosch, confirmaron que se habían producido algunos «ajustes» en la presencia de la bandera española en el montaje, debido a «la situación actual» y para evitar que el foco recaiga en cuestiones no centrales. ¿El resultado? Al final, la rojigualda sólo aparece en dos ocasiones: ondeando sobre el mástil del acuartelamiento de los legionarios y en forma de adornos para un árbol de navidad. El resto de menciones (una toalla sobre la que toma el sol una señorita, un capote para torear y unos jirones en plan La libertad guiando al pueblo, de Delacroix), han sido sustituidas por otras iconografías typical spanish.

A pesar de estos retoques, el público del estreno en Madrid recibió con abucheos la puesta en escena. Bieito se ahorró los pitos, ya que actualmente se encuentra trabajando en la adaptación escénica de Obabakoak, de Bernardo Atxaga, en el Teatro Arriaga de Bilbao. Quizá tampoco ayudó el clima que se vive estos días en la capital del Reino con motivo de otra curiosa coincidencia: el desfile de las fuerzas armadas (Legión incluida) con motivo de la festividad del 12 de octubre. En un momento en que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado están en el medio de la polémica política, hasta la interpretación más inocente de esta Carmen puede hacer que algunos se revuelvan en sus asientos, a pesar de que, como dice el diestro Escamillo, todo es un espectáculo, ni más ni menos: «Con los soldados, sí,/ toreros como yo se entienden:/ ¡Por placer, tomamos el combate!». Darío Prieto

 

La Razón

11/10/2017 

Una Carmen de dos rombos

Peculiar por más de un motivo, esta «Carmen» llega al Teatro Real nada menos que dieciocho años después del estreno de la idea original de Calixto Bieito en Peralada y exactamente veinte de la reapertura del Real. Curioso que se anuncie como «producción de la Ópera Nacional de París». Sus razones habrá. Reseñable que se ofrezcan nada menos que dieciocho representaciones, lo que unido al gancho del título y a los varios «cast» combinando estrellas con desconocidos obliga a pensar que el teatro trata de hacer hucha con Bizet, lo que está muy bien, ya que así será posible financiar obras tan complejas como «Soldaten», por cierto el gran reto de Bieito en el Real esta misma temporada. Lo que para muchos no será tan positivo es la parquedad del reparto español con tantas funciones. Pero esto poco importa a los medios de comunicación, centrados en si bandera sí o no o cómo se ha cambiado la escenografía para no herir al público. Un altísimo cargo de Cultura me decía el otro día: «¡Con la de «Cármenes» que hay y han tenido que escoger la de Bieito!». Pero, al final, hasta esto vende y, a fin de cuentas, es lo que quiere el Real con el título. Lo logrará.

¿Qué decir de la obra? Es una de las joyas líricas del repertorio y brinda amplias oportunidades de lucimiento a los cantantes y directores de orquesta. ¡Ay de los registas! Título siempre arriesgado y más en España. Estamos ante uno de los primeros trabajos de Bieito y uno de los mejores, que ha viajado desde Peralada a El Escorial, San Sebastián, Barcelona, París…

Vale cuanto escribí en 1999, calificando a la producción como «valiente, inteligente y polémica. Una ‘‘Carmen’’ muy pensada, fronteriza y marginal, fuera de los tópicos de la castañuela y la pandereta e imagen de otra España, la de Gil –un poco la de Gil y Gil y un mucho la de Gil de Biedma– que nos traslada a Ceuta. Se abre con la dureza de un cuartel legionario. Un soldado en calzoncillos es castigado a correr en círculos a paso ligero, con su Cetme en las manos, hasta desfallecer. Los niños no juegan a los soldaditos, sino que asaltan a la guardia en busca de sustento. La cabina telefónica y un mástil en el que ondea la bandera española componen todo el decorado del primer acto. El segundo, el más discutible escenográficamente, nos lleva a un descampado al que acuden a celebrar un picnic Lilas Pastia, los contrabandistas de tabaco y los legionarios compinchados en ese polvoriento y desvencijado Mercedes marroquí que tantas veces vemos en tránsito por España. El entreacto siguiente nos presenta al maletilla que torea furtivamente, totalmente desnudo, a la luz de la luna. A estas alturas algunos espectadores ya no pueden ocultar su incomodidad. El enorme toro de Veterano le sirve de fondo a Bieito como lo hiciera a Bigas Luna en “Jamón, jamón”. El mural se desploma violentamente, parte del público se asusta, y comienza el drama final. Aquí los hallazgos son muchos, empezando por la supresión del tan problemático desfile de la cuadrilla torera, gracias a un soberbio manejo del coro. Y el asesinato a solas, concentrando el drama. Muchos aciertos, alguna que otra cosa mejorable como provocaciones innecesarias y fácilmente prescindibles: la rubia bañista en bikini con la bandera española como toalla, la bandera que sirve como trapo para limpiar el cristal de un coche o la insinuación de pedofilia». Y terminaba: «Se hablará de esta “Carmen”. Otras recientes, de carton-piedra, ya las hemos olvidado».

Casi veinte años después ya no resulta tan rompedora, a pesar que para eliminar la bandera, ésta se haya sustituido por un exceso de escenas de contenido sexual, con mucho desnudo, felaciones, etc. El Real ha hecho bien con su supresión, dado el panorama político, pero Bieito cae en la vulgaridad con el cambio.

El primer reparto funciona bien, vocal y escénicamente. La combinación de famosos y desconocidos es acertada. La Carmen de Anna Goryachova convence porque su voz de mezzo resuelve todas las papeletas correctamente y aúna una conveniente actuación escénica. Francesco Meli nos gustaba más en el repertorio más lírico de cuando empezó, pero concluye sin problemas a pesar de forzar. Su «flor» recibe ovaciones. Kyle Ketelsen es un Escamillo vocalmente discreto. Los tres comparten una cierta dosis de tosquedad y exceso de volumen. De ahí que la más contenida Eleonora Buratto sea casi la más aplaudida. Suele suceder en papeles como Micalela o Éboli. Homogéneo el resto del reparto. Marc Piollet dirige con pulso, si bien con más decibelios de los necesarios en orquesta y coro. Una cosa es volumen y otra nervio, como bien sabían grandes en esta ópera como Kleiber, Maazel o Karajan. Misión cumplida: habrá lleno diario porque el espectáculo merece la pena y logra crear al final esa rotunda división de opiniones en el apartado escénico que crea interés y polémica. Gonzalo Alonso

Olivia Doray, Anna Goryachova y Lidia Vinyes Curtis

 

Fotos: Javier del Real

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