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Por Publicado el: 29/09/2015Categorías: Crítica

Don Carlo: más video que escenografía

DON CARLO (G. VERDI)

Auditorium de Burdeos. 27 Septiembre 2015.

Burdeos inaugura su temporada de ópera fuera del tradicional recinto del Grand Théâtre y lo hace en el Auditórium, situado en un lugar muy céntrico y que fue inaugurado en Enero de 2013. Llama la atención la decisión de representar Don Carlo en un recinto con pocas posibilidades escénicas, aunque cuenta con un amplio foso, pero con   un reducido escenario, que cubre el foso en su mayor parte.

DON CARLO. BURDEOS_page5_image1Escena

Esta temporada va a ser la última que Burdeos cuente con Thierry Fouquet como director, ya que se jubila al terminar la misma. Como muchos lectores ya sabrán, su sucesor es  ya conocido y se trata del director de orquesta Marc Minkowski, cuyo nombramiento no deja de ser sorprendente. Thierry Fouquet ha venido desempeñando el cargo de director de la Ópera de Burdeos desde 1996 y el resultado de su gestión ha sido muy positivo. Si algo destacaría yo, es su capacidad para descubrir nuevos talentos, aprovechando su presencia en los jurados de los concursos de cantos más prestigiosos y, particularmente, en  Operalia. Si como muestra vale un botón, bastará poner como ejemplo a la soprano sudafricana Elza Van Den Heever, hoy habitual en los grandes teatros de ópera del mundo y que no falta ningún año en Burdeos desde que Thierry Fouquet la hizo debutar aquí hace 8 años.

La versión ofrecida de Don Carlo es la italiana en cuatro actos, que no es sino la versión de la Scala de 1884. Se ha tratado de una representación un tanto sui generis, ya que el trabajo  escénico  de  Charles  Roubaud  está  evidentemente  concebido  para  las posibilidades escénicas de este  auditorio. Tendríamos que hablar de una propuesta escénica no ya minimalista, sino más bien nihilista, ya que la escenografía propiamente dicha no existe. La llamada escenografía lleva la firma de Emmanuelle Favre y   la verdad es que la misma no pasa de un pared que cierra el escenario por los laterales y el fondo, no habiendo prácticamente elementos de atrezzo. La falta de escenografía se suple con proyecciones de videos muy bien conseguidas, que consiguen crear la atmósfera adecuada para las distintas escenas: unas tumbas para Yuste, unos árboles para la canción del velo, unas iglesia (exterior abajo e interior en la parte superior) para el auto da fe, y una simple reja en la puerta del fondo para la escena de la prisión. Todo muy simple, pero muy adecuado. Indudablemente, el coste tiene que haber sido una fracción del de  una producción tradicional y nada se echa en falta, habida cuenta de las paparruchadas que muchas veces hay que soportar. Estos bellos videos se deben a Virgile Koering y cuentan con un muy buen complemento por parte de la iluminación de  Marc  Delamézière.  El  vestuario  de  Katia  Duflot sitúa  la  acción  en  la  época histórica de la trama y resulta adecuado, teniendo que llamar la atención sobre dos puntos: por un lado el vestuario de la corte resulta menos oscuro que lo que nos tienen acostumbrados tantas otras producciones y por otro, resulta sorprendente que el coro, que siempre está fuera del escenario, va vestido con ropas de calle actuales. Cada uno con la que ha traído de su casa.

DON CARLO. BURDEOS_page5_image2Escena de la Prisión. El Coro.

La dirección escénica de Charles Roubaud se limita a narrar la historia y lo hace de manera eficaz. Sitúa siempre al coro en los asientos elevados que tiene los auditorios detrás de la orquesta, mientras que la acción propiamente dicha se desarrolla en el escenario, en el que únicamente actúan los solistas y algunos figurantes. Digamos que la eficacia funciona en todos los sentidos, incluido el aspecto económico, que está presente en  el  espectáculo  y  podría  considerarse  como  un  ejemplo  para  salirse  de  tantas producciones escénicas sin interés, pero de un coste difícilmente soportable por teatros de ópera normales.

En la dirección musical estuvo siempre anunciado el veterano (74) Alain Lombard, que canceló hace unas pocas fechas por problemas de salud. Para salvar la situación se ha hecho cargo de las primeras representaciones el titular musical de la Ópera de Burdeos, el británico Paul Daniel. Tengo el convencimiento de que hemos salido ganando con el cambio, La dirección de Paul Daniel ha tenido buen pulso, sentido verdiano y energía, sacando un estupendo rendimiento de la Orchestre National Bordeaux Aquitaine. El Coro de la Opera National de Bordeaux estaba en esta ocasión reforzado por el Coro Intermezzo y su actuación vocal fue francamente buena.

DON CARLO. BURDEOS_page5_image3Leonardo Caimi y Tassis Christoyannis

También hubo cambios en el apartado vocal. El tenor uruguayo Carlo Ventre canceló su actuación como Don Carlo, siendo sustituido por el joven tenor italiano Leonardo Caimi. Se  trata  de  un  tenor  lírico  con  un  timbre  muy atractivo  en  el  centro,  sin problemas para llegar con nitidez a la sala. Lo mejor de su voz radica en la parte central, mientras que tiene algún problema en la zona de paso y está más apretado en el extremo agudo, aunque llega al DO. Donde tiene que mejorar es en el aspecto expresivo, que resulta insuficiente, dando muestras de cierta monotonía en su canto.  La materia prima existe y no es  poco. Le falta mejorar en su canto y elegir bien el repertorio, ya que a veces empuja y eso no es bueno.

Lo mejor del reparto volvió a venir de la mano,  o mejor de la voz,  de Elza Van Den Heever, que hizo una más que notable interpretación de Elisabetta di Valois. La tesitura no le crea ningún problema, maneja la voz perfectamente y cantó de modo impecable el aria Tu,che le vanità. Esperemos que la marcha de Thierry Fouquet no impida que podamos disfrutar de esta estupenda soprano en los años próximos.
El bajo rumano Adrian Sâmpetrean fue un eficaz intérprete de la parte de Felipe II, aunque me resultase corto de nobleza e intención en más de una ocasión, abriendo sonidos excesivamente y ofreciendo una voz  amplia,  pero no excesiva de  calidad. Resolvió mejor de lo que esperaba el aria Ella giammai m’amò y cantó con intensidad en la escena del enfrentamiento con el  Inquisidor.

DON CARLO. BURDEOS_page5_image4Elza Van Den Heever

No  me  convenció la  actuación  del  barítono ateniense  Tassis  Christoyannis en  el personaje del Marqués de Posa. Estamos ante un personaje visionario y de una extraordinaria nobleza, ideal para un barítono lírico y de destacada línea de canto. No fue así en el caso de Christoyannis, que abusó de volumen vocal en todo momento, vociferando innecesariamente en muchas ocasiones. Evidentemente, el público no compartió mi parecer.

La soprano americana Keri Alkema fue una intachable intérprete del personaje de la Princesa de Éboli. Burdeos se ha decidido por una soprano para este personaje, lo que no deja de tener sentido, cuando de cantar O, don fatale se trata. Keri Alkema lo hizo francamente bien, quedando un tanto corta en las notas graves, pero compensándolo con un registro agudo poderoso y seguro. La canción del velo la resolvió mejor que otras muchas colegas, resultando adecuada en el uso de agilidades.

El bajo chino Wenwei Zhang fue un sonoro Gran Inquisidor, forzando algo sus medios para dar más autoridad al personaje.

Buena impresión la dejada por el bajo Patrick Bolleire en la parte del Frate, con una voz sonora y adecuada. La mezzo soprano canadiense Rihab Chaleb fue un Tebaldo de voz más importante que lo que suele ser habitual en el personaje. Cumplió bien con su cometido la soprano Anaïs Constans como Voz del Cielo.

DON CARLO. BURDEOS_page5_image5Keri Alkema

El Auditorio estaba prácticamente lleno, aunque se clausuraron  algunas zonas laterales para la representación. El público se mostró cálido con los artistas, siendo las  mayores ovaciones para Elza Van Den Heever.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 24 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 53 minutos. Seis minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 105 euros, costando 54 euros la más barata. Fotos: Frederic Desmesures. José M. Irurzun

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