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Por Publicado el: 26/02/2014Categorías: Crítica

Expresión y talento [Thomas Hampson / Teatro Real / Brahms, Barber, Mahler,…]

Expresión y talento

Recital de Thomas Hampson. Teatro Real, 6-2-14. Canciones de Brahms, Barber, Mahler,…
[Artículo originalmente publicado en el suplemento Pleamar de Canarias 7]

Thomas Hampson es el prototipo del buen profesional, de carrera larga y cuidada, desarrollada inteligentemente a partir de unos atributos artísticos nada desdeñables. Hábil, simpático, comunicativo, el cantante, que sabe también trabajar en paralelo otras actividades de matiz educativo, didáctico y divulgador, es, a sus 59 años, todavía, un artista cimero, que se conserva magníficamente y que ha sabido proteger con mucho tino una interesante voz de barítono lírico de relativo poderío, menor sin duda del que poseían los instrumentos de otros colegas norteamericanos de generaciones anteriores, muchos de ellos famosos.

Al socaire de su reciente actuación en el Teatro Real de Madrid, el 6 de febrero, nace este comentario, en el que nos acercaremos a su personalidad vocal y en el que analizaremos sus peculiaridades, conectadas en este caso a un programa muy curioso, que tuvo la colaboración de la AmsterdamSinfonietta. No hay duda de que el cantante, venido al mundo en Spokane, Washington, en 1955, todavía mantiene enhiesta su bandera vocal y se encuentra, perdidos los ardores juveniles, en un buen estado de forma, en una madurez muy granada que le permite pasearse sin problemas tanto por el mundo del lied como por el de la ópera. Posee una enorme cantidad de música en su magín. Parte de su formación, lo que no es ninguna tontería, se la debe a ElisabethSchwarzkopf, exquisita profesora donde las hubiere, y a MartialSingher, ilustre maestro de muchas voces graves. La de Hampson no lo es en demasía. De hecho su timbre era en origen muy claro y sus agudos tenían un tinte casi de tenor, lo que le permitía, naturalmente, viajar por la franja superior como Perico por su casa.

La encarnadura de esas notas era liviana y dotada de un cierto toque nasal, que nunca se ha ido del todo, pero que no empaña una labor fraseológica, ahora en sazón, de altos vuelos. A medida que ha ido ganando años, Hampson ha ido oscureciendo, aunque no mucho, el color; lo que le proporciona base para acercarse a ese universo tan esquivo para otros barítonos de su nacionalidad que es el de la canción de concierto, en especial la de Mahler, del que es hoy uno de los máximos apóstoles; y con razón, pues lleva años y años penetrando en su música, es coautor de una reciente edición de las obras vocales y se ha convertido en adalid de la causa, erigiéndose en rector de los actos desarrollados en los últimos tiempos, con motivo de los aniversarios del nacimiento y de la muerte del compositor, en su ciudad natal, Kailsté, actual República Checa. Es cierto que esa voz, ahora algo más llena, ha perdido lustre, tersura, facilidad en la zona alta, que los graves, nunca plenos, son más débiles y que la nariz hace acto de presencia con demasiada asiduidad, aplicada a unos sonidos que se bambolean claramente en las notas mantenidas. Pero continúa manteniendo una excelente línea de canto, un considerable fiato y una rara prestancia vocal.

Sentido del fraseo, matización para llegar al claroscuro, capacidad reguladora, afinación y ductilidad son cualidades necesarias para enaltecer ese mundo camerístico, que se extiende a todos los creadores del romanticismo y de los modernos autores americanos, pero también, adecuadamente empleadas, para enaltecer los numerosos personajes operísticos que tiene en su lista el cantante y que recorren todo el espectro que va de Mozart a Britten o Busoni pasando por Rossini, Verdi, Gounod, Massenet, Chaikovski, Wagner, Puccini o Strauss.

En este concierto pudimos apreciar esos rasgos y degustar unas interpretaciones de gran clase asistido en todos los casos por el conjunto holandés dirigido desde el primer atril por la violinista inglesa Candida Thompson, cimbreante, indicativa, musical y medida, que mantuvo en todo momento una línea de entendimiento con el cantante, a su vez muy expresivo corporalmente, movedizo, sugerente en sus gestos, muchas veces dirigidos hacia los instrumentistas, todos ellos de cuerda. Fue un curioso y casi sorprendente espectáculo; que en modo alguno vino a empañar la muy notable calidad artística conseguida, sino, incluso, a reforzarla.

Junto a esa panoplia gestual, Hampson aportó calidades vocales de alto nivel y evidenció su puesta a punto, su refinamiento para la canción y su olfato interpretativo a lo largo de un programa variado y enjundioso, que incluía los arreglos preparados por el londinense David Matthews (1943) de algunas de las piezas vocales seleccionadas. Las primeras y más importantes eran las integrantes del ciclo brahmsianoVierernsteGesänge, los famosos Cuatro cantos serios op. 121, una de las obras más severas y profundas del catálogo del hamburgués. La versión de Matthews, que el barítono y sus acompañantes estrenaban en esta gira, es respetuosay trata de no huir de la gravedad casi solemne de la música original. Los planos están bien dispuestos y la sonoridad de las cuerdas arropa a la voz con mesura. No obstante, echamos de menos la concentración suprema del piano, que nos parece vehículo más adecuado para revelar, junto a la voz, el sutil y dolorido mensaje, terrible y al tiempo consolador, de las piezas.

También era estreno el arreglo de Dover Beach op. 3 de Samuel Barber, debido en este caso a Marijn van Prooijen. Buena labor, que desde luego no mejora el desesperanzado y pesimista original con cuarteto de cuerda; aunque permite en este caso advertir el aislamiento del hombre y su alejamiento de la vida, expresados por Hampson magistralmente con un canto rectilíneo pero alumbrado desde dentro con mil y un matices, extendidos inmediatamente a los lieder que constituían la mayor parte del segundo tramo del concierto, todos ellos memorables, también arreglados para conjunto de arcos por Matthews: Fussreise, AufeinerWanderung y DerRattenfänger de Wolf Memnon y Geheimes de Schubert, todos expuestos con una gama expresiva sensacional y algún que otro forzamiento en sonidos agudos en piano.

Los aplausos arreciaron al final y Hampson regaló hasta cinco bises, dos de ellos del Wunderhornde Mahler. Como cierre nos obsequió con una nueva interpretación del ya cantado y divertido Cazador de ratas de Wolf. En todo momento, el barítono tuvo la fiel y acomodada colaboración de la AmsterdamSinfonietta, que se pliega, bajo el mando de Candida Thompson, como un guante a las evoluciones, a veces aparentemente caprichosas, del cantante. Se ve que entre ellos hay feeling y muchos ensayos. La clase del conjunto holandés quedó plasmada en el resto de sus intervenciones. La transida Noche transfigurada de Schönberg, para sexteto de cuerda, tuvo una recreación emotiva. Los violines son a veces algo rudos, pero consiguen bellas irisaciones, claramente evidenciadas en la parte final del soliloquio, en el que la entrada del violín se produce sobre sugerentes arpegios. Notables las intervenciones de la viola. El compositor realizó, en 1919 y 1943, sendas revisiones, destinada a un más amplio grupo de arcos. Se escuchó la segunda. Muy bien acentuada, rítmicamente impecable en su contagioso aire de tarantela, la Serenata Italiana de Wolf, en el arreglo orquestal de Van Prooijen. Arturo Reverter

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