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Por Publicado el: 05/11/2026Categorías: Noticias, Artículos de Gonzalo Alonso

Fallece herbert blomstedt a punto de llegar al centenario

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Herbert Blomstedt con Brahms

Fallece Herbert Blomstedt, o la virtud de no tener prisa

Tengo una costumbre poco elegante que ya no pienso corregir. Cuando leo una necrológica, resto. Fecha de la muerte menos fecha de nacimiento, y el resultado lo comparo con mis setenta y seis años. Casi siempre la cuenta me deja mal cuerpo. Con Herbert Blomstedt ocurría lo contrario: me tranquilizaba. Mientras aquel sueco de Massachusetts siguiera subiendo al podio pasados los noventa y cinco, los demás teníamos margen. Ayer, 4 de noviembre, murió en su casa de Gotemburgo con 99 años, y con él se me ha ido una especie de seguro de vida que ni siquiera era mío.

Quería llegar a los cien dirigiendo. Lo decía con la naturalidad de quien comenta que piensa terminar un libro antes del verano. No lo consiguió. En primavera empezó a fallarle la salud, y el 15 de mayo, en San Francisco, la Novena de Mahler tuvo que detenerse unos instantes por su causa. Luego llegaron las cancelaciones, Leipzig en septiembre, y quedaba pendiente Dresde en febrero, el concierto con que la ciudad recuerda cada año su destrucción. Despedirse con ese adagio que se va apagando es un final que un novelista sensato descartaría por excesivo.

Había nacido en Springfield en 1927, hijo de un pastor adventista sueco, y creció entre Suecia y Finlandia. Estudió en Estocolmo y en Uppsala, donde la musicología le dejó una manera de leer las partituras que se le notó siempre, y completó su formación con Markevitch y con Bernstein. En 1954 se puso por primera vez delante de la Filarmónica de Estocolmo. Vinieron después Norrköping, Oslo y las orquestas de las radios danesa y sueca. Una carrera escandinava, seria y discreta, de esas que no alimentan las tertulias de entreacto.

Lo que le cambió la vida fue Dresde. Entre 1975 y 1985 estuvo al frente de la Staatskapelle, una de las orquestas más antiguas del mundo, en plena República Democrática. Un sueco con pasaporte americano dirigiendo al otro lado del Muro: la Guerra Fría también tenía sus ironías. De aquellos años quedan unas sinfonías de Beethoven que sigo recomendando a quien quiera saber cómo sonaba una orquesta alemana antes de que todas empezaran a parecerse. Después llegaron San Francisco, de 1985 a 1995, un paso fugaz por la NDR de Hamburgo y, entre 1998 y 2005, la Gewandhaus de Leipzig, el despacho que habían ocupado Mendelssohn y Furtwängler. No está mal para un hombre al que nadie recuerda alzando la voz en un ensayo.

Philharmonia y Blomstdt

Era adventista del séptimo día, y no de los de domingo, valga la paradoja. Desde la puesta de sol del viernes hasta la del sábado no ensayaba; la orquesta esperaba, y esperaba de buen grado. Vegetariano, abstemio, sin batuta. Contado así suena al retrato de un asceta incómodo, de esos que uno admira desde lejos. Pues no. Los músicos lo adoraban. En una gira española de Ibermúsica con la Philharmonia, cuando él rozaba los noventa, una instrumentista con más de dos décadas en la orquesta confesó que jamás había disfrutado tanto de una gira.

El secreto, si lo hubo, era sencillo de enunciar y difícil de imitar. Llegaba al ensayo conociendo la obra mejor que nadie en la sala, y no necesitaba que se notase. Su Bruckner no levantaba catedrales de cartón piedra. Su Brahms no suspiraba de más. Su Schubert caminaba, que es lo que Schubert pide. Y defendió a Nielsen y a Sibelius cuando por estas latitudes se les despachaba como productos de exportación nórdica, a medio camino entre el salmón y el mueble de montar. En mayo, Warner recuperó su integral de Nielsen con la Radio Danesa; en septiembre, BR-Klassik publicó una Novena de Bruckner con la Radio Bávara que incluye fragmentos de ensayo. Escúchenlos. Diez minutos de su voz pidiendo un pianissimo enseñan más dirección que muchos másteres con diploma enmarcado.

Vivimos un tiempo en que las agencias fabrican maestros con la prisa con que las cadenas de ropa renuevan escaparate, y se entregan tres orquestas a la vez a quien aún no ha tenido tiempo de equivocarse con una. Blomstedt tardó dos décadas en llegar a Dresde y casi medio siglo en convertirse en lo que fue. Ningún departamento de marketing habría apostado por él. Por eso duró.

En sus últimos años dirigía sentado, tras una caída que habría jubilado a cualquiera. No se notaba en el sonido. Hace apenas un año hizo en la Elbphilharmonie, con sus antiguos músicos de Hamburgo, la Novena de Bruckner, otra obra que se queda sin final. Este mismo 2026 recibió el Praemium Imperiale. Los premios, a esas alturas, llegan más bien como acuse de recibo.

Recuerdo bastantes conciertos suyos; los de 2016 con Ibermúsica en Madrid con Beethoven, Mozart y Bruckner si la memoria no me falla y, muy especialmente el de mayo de 2029 en  Philharmonie del Gasteig en Munich: Cuarta de Sibelius, dirigida sin partitura, junto a obras de Stenhammar y Mendelssohn.

Vuelvo a mi resta. Noventa y nueve menos setenta y seis da veintitrés. Durante años esa cifra me pareció un horizonte razonable, casi una promesa. Ahora tendré que buscarme otro seguro, y sospecho que no va a ser fácil encontrarlo.

Gonzalo Alonso

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