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Por Publicado el: 10/02/2017Categorías: Noticias

Grandes cantantes que mueren en silencio

Grandes cantantes que mueren en silencio

El silencio en la música tiene tanta importancia expresiva como el sonido. Acostumbrados a la pompa y boato de las defunciones de los grandes divos, la muerte de Nicolai Gedda nos ha dejado tan fríos como la nieve que cae hoy sobre Madrid.

Ayer empezaba a circular por las redes sociales que el tenor había muerto el pasado 8 de enero (hace más de un mes) con una discreción absoluta. Su hija Tania, que perdió también recientemente a su madre la pianista Nadia Gedda-Nova, lo declaraba a medios suizos.

Pero, ¿cómo no nos hemos enterado antes? La verdad es que Gedda fue de esos enormes cantantes que supo también retirase con decencia. Aunque oficialmente siguiera entre bambalinas en 2003, ya en 1982 dijo que no le faltaba un papel por cantar. “Hice todo”, manifestó ese año.

Nacido en Estocolmo en el 1925, de una madre sueca y un padre de ascendencia rusa, Gedda hizo su debut en el año 1952 interpretando al protagonista en Le postillón de Lonjumeau.

Karajan se fijó en él y grabaron juntos una impecable Madama Butterfly, un álbum que quedará para la historia. También está en mente de todos su versión de CarmenRigoletto, Los cuentos de Hoffman, Fausto, Guillermo Tell, El barbero de Sevilla y L´elisir d´amore, y tantas otras.

Como liderista ha sido igualmente sobresaliente y escribió dos libros autobiográficos, siendo el más conocido el publicado en 1999 con el título Nicolai Gedda: my life and art.

Gedda nació el 11 de julio de 1925 en Estocolmo, Suecia. Proveniente de una familia modesta, trabajó como empleado de banco hasta que, en 1952, su interpretación de Dimitri en Boris Godounov, de Mussorksky, lo llevó a la fama.

En el 94 fue jurado en el Concierto Viñas. En una entrevista presagiaba con sabiduría lo que tristemente viene pasando desde entonces: «Yo creo que el problema hoy en día es que la gente joven tiene mucha prisa por ganar dinero, además la vida hoy en día es distinta, quieren estudiar y todo cuesta mucho dinero, una beca tiene que ser muy buena para que puedan hacer algo. Esto en mi época en los años 50, cuando empecé, era muy distinto, era mucho más fácil todo, hoy tienen más dificultad, todo es más costoso. También hay una gran escasez de maestros de canto, la vieja escuela casi ha desaparecido».

Con su partida esa vieja escuela se queda aún más sola.

https://www.youtube.com/watch?v=oiH8zpW4QX4

Gedda, Karajan y la Callas, tres genios en Butterfly

 

HUBO UNA VEZ UN SONIDO PURÍSIMO

Se ha muerto a los 92 años uno de los tenores más refinados y exquisitos del siglo. En él se daban cita diversas culturas e idiomas. De padres sueco-ruso y sueca, vino al mundo en Estocolmo e 11 de julio de 1925. A lo largo de sus estudios en el Conservatorio de su ciudad y de sus clases con el antiguo tenor Carl Martin Öhman fue puliendo una clarísima y aterciopelada voz de esta cuerda, de consistencia ligera, que enseguida aprendió a manejar maravillosamente apoyado en una magnifica técnica y en un admirable juego de respiraciones, lo que lo facultaba para administrar un perfecto legato y para establecer de forma muy canónica una suficiente batería de matices. Dominaba como pocos, y con ello se colocaba en la estela de los grandes estilistas del pasado, el manejo del aire. Era capaz de delinear en un solo aliento extensas frases, que lo conducían sin problemas a las zonas más agudas de la tesitura, más allá del do 4, que proyectaba indistintamente a plena y media voz y, con frecuencia, en un angelical falsete, efecto del que, en ocasiones, podía llegar a abusar perdiendo con  ello naturalidad y llevando de esta manera la interpretación a parajes en los que lo expresivo y lo emocional estaban ausentes. Con el tiempo aprendió también la técnica francesa de la voz mixta, de sonoridades situadas a medio camino entre el pecho y la cabeza.

Como ejemplo de estos atributos tenemos uno de los primeros discos que publicó, allá por 1952 en el sello EMI, que sería su casa habitual y que nos ofrece, entre otras, una soberana y etérea recreación del aria de “Masaniello” (“La muette de Portici”) de Auber, expuesta de principio a fin en un combinado de medias voces, falsetes y voces mixtas. Una recreación que nos dejaba oír un timbre pulido, casi blanco, como venido del más allá, que nos prendaba y obnubilaba, tal era su encanto, su hechizo. El teatro lo vería por primera vez ese mismo año abordando el papel de Chapelou de “Le Postillon de Lonjumeau” de Adam, que le proporcionaba la posibilidad de lucirse en repetidos ataques el do y re bemol 4, practicados “sul fiato”. Esta facultad, la aptitud para el sonido aflautado, la calidad del instrumento, el aplomo a la hora de emplearlo, le abrieron rápidamente las puertas de los grandes coliseos y de los mejores estudios de grabación, particularmente los de la comentada firma inglesa, en donde pudo lucir sus habilidades y comenzar una larguísima carrera discográfica, que corrió en paralelo con la desarrollada en los escenarios.

Los papeles mozartianos más importantes, aquellos que piden un tenor lírico-ligero, fueron los primeros en los que su arte empezó a brillar. La donosura, la elegancia del fraseo, el porte aristocrático, la línea impoluta, la claridad de la dicción, facilitaban el cometido, aunque en esos primeros años el timbre aún estaba por madurar, por densificarse. Lo terso de la emisión la igualdad eran otras dos virtudes importantes. Todas ellas se daban cita en sus interpretaciones, aunque en algunos casos, y eso es algo que pensamos fue uno de sus talones de Aquiles a lo largo de toda su trayectoria, nos pareciera que se comportaba con un alto grado de contención que eliminaba posibilidades de colorear, de expresar, de utilizar el claroscuro, los reguladores de intensidad. A medida que fue pasando el tiempo fue abandonando el canto exquisito y angelical y colocándose, sin tener realmente consistencia para ello, pero con base en su técnica e inteligencia musical, en la senda del tenor lírico, con lo que se prestó a encarnar a personajes como Oberon, Hoffmann, los verdianos Alfredo, Duca y Riccardo o Faust.

No abandonó, sin embargo, las partes más ligeras –o “quasi” ligeras- como Nemorino u Orfeo (de la ópera de Gluck), que alternó, ya desde 1955, con otras que son comúnmente servidas por líricos con cuerpo o, incluso, lírico-“spintos”, así Pinkerton de “Butterfly”, Rodolfo “La bohème”, Don José de “Carmen”, Arnold de “Guillaume Tell” (aunque en ésta cabe la discusión respecto a su verdadera naturaleza). Se atrevió también con “I Puritani de Bellini, en la que abordaba con valentía las temibles notas astrales a plena voz, incluso el célebre fa 4, que casi nadie hace, como es lógico. La nota grabada, con el diapasón por las nubes, resultaba más bien ridícula, como un falsete reforzado.

Este registro es de 1973, año en el que la voz del cantante había perdido ya bastante lustre, aunque él siguiera conservando sus cualidades técnicas. Que no podían disimular el hecho de que la emisión no poseía ya su prístina pureza. El timbre sonaba un tanto ajado y el sonido carecía de brillo, de redondez y de morbidez, con lo que el espectro de antaño se fue difuminando inevitablemente. Los ataques comenzaron a ser inexactos y aparecieron unos inesperados tintes de gola, cosa impensable unos años atrás. Y el intérprete, que mantenía, no obstante, el pabellón enhiesto en el campo del recital, que cultivaba ofreciendo un repertorio de una vastedad pasmosa, fue avejentándose, la tonicidad muscular desapareciendo. En un concierto madrileño de finales de los años setenta lo pudimos comprobar en directo. Y no mucho más tarde las inseguridades propias del caso aparecieron crudamente en aquel sonoro gallo en el si natural de “La donna è mobile” del Liceo. Insólito pero cierto. El cantante abandonó el Teatro al día siguiente.

Desde hace mucho no se oía ya hablar del tenor, que tantas grandes épocas había tenido, que tantas grabaciones había realizado. Estaba retirado hacía tiempo quizá enseñando o recordando viejos triunfos. Con sus cosas, Gedda, tan admirado por un profesional tan escrupuloso como Kraus, fue un artista probo, honesto, brillante en ocasiones y siempre, aun en esos años de declive, un auténtico príncipe de la escena. Gran intérprete asimismo de multitud de operetas. Lo recordaremos con cariño en un mundo en el que no abundan precisamente cantantes de su talla. Arturo Reverter

Tu l’as dit, oui, tu m’aimes!…Ah, viens! Grabación en vivo desde Viena, 1971. Integra aquí:
http://www.angelfire.com/nf/amenemhat…

2 Comments

  1. Edelmiro Arnaltes 11/02/2017 a las 11:21 - Responder

    Quiero hacer un comentario sobre el tenor Nicolai Gedda:
    En los años 80 tuve la gran suerte de ser elegido por un productor de la televisión austriaca, para colaborar con el piano en una serie que se hizo con diversos cantantes (Kraus, Scotto, Cappuccilli, etc.). En esta serie, dedicada a la canción de cámara, participó también Gedda, y a raíz de esto, me invitó a hacer unos recitales con él. Recitales que nunca se llevaron a cabo, porque empezaba con problemas de salud importantes y hubo que cancelar.
    Pero la anécdota que me causó una gran impresión, es que en una ocasión uno de los directores de teatro preguntó por su cachet para hacer un recital (creo que fue en el Teatro de Ravenna), y el contestó: «Que me paguen lo crean que valgo». Aquí demostró su calidad artística y humana. Suele pasar (sobre todo en cantantes) que estos se pelean e intrigan para subir el cachet cada año. Y aquí demostró Gedda que no era como los demás.
    He creído oportuno comentar esto, para que la gente lo valore aún más, si es posible.
    Edelmiro Arnaltes

    • Daniel. 10/02/2021 a las 18:59 - Responder

      Gracias por la anécdota de Nicolai Gedda. Y también gracias por su arte, maestro Arnaltes.
      Daniel.

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