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Por Publicado el: 25/08/2017Categorías: Entrevistas

Gustavo Gimeno: «Claudio Abbado me absorbió»

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GUSTAVO GIMENO

Director musical de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo

 “Claudio Abbado me absorbió”

Gustavo Gimeno dirige hoy en la Quincena donostiarra.

En su camerino de la flamante e impresionante Philharmonie de Luxemburgo, Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) habla con mesura y calibradamente, algo que no empaña el entusiasmo y la ilusión que transmiten su verbo preciso y una gestualidad inteligente que recuerda a la de su admirado maestro Claudio Abbado. El director de orquesta valenciano, consolidado como una de las más sólidas batutas de su generación, se presenta hoy en el Palau de la Música al frente de la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo, conjunto del que es titular desde 2015. El sábado repiten actuación en Alicante, en el ADDA.

Gustavo Gimeno cuida y sopesa la lógica de la palabra con el mimo y la pulcritud que desde el podio lo hace con las notas. Dirige como es. En apenas tres años se ha convertido en fulgurante estrella internacional de la dirección de orquesta, cuya presencia se disputan las mejores formaciones, se llamen Sinfónica de Chicago, Boston, Cleveland, Filarmónica de Múnich o Royal Concertgebouw. Se le nota radiante, como pez en el agua, en la Filarmónica de Luxemburgo. “Tenemos unas condiciones óptimas: estupenda sala, economía saneada, un equipo de gestión de primera y una orquesta firmemente consolidada”. Estas palabras las pronuncia ante un espejo en el que asoman, al modo de las viejas folclóricas o como atesoran los violinistas en la intimidad del estuche de sus instrumentos, unas fotos que miran al visitante intruso. En ellas aparecen su esposa, su hija… en otra está con su padre –clarinetista- y con su hermano –el también director de orquesta Rubén Gimeno-. En otras dos se le ve junto a personajes tan próximos y decisivos en su carrera como Mariss Jansons y Claudio Abbado. La guinda de este paisaje íntimo de retratos es una foto en la que comparte el podio de la Filarmónica de Luxemburgo con el Gran Duque Enrique de Nassau-Weilburg y Borbón-Parma. “Fue durante un ensayo, en el que el Gran Duque luxemburgués, dirigió, batuta en mano, el cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák”, aclara GG, convertido ya en el director de orquesta valenciano de mayor proyección internacional y en uno de los valores más incuestionados de su generación.

– En esa foto con el Gran Duque de Luxemburgo parecen Mozart y el emperador José II… ¿Qué tal el Gran Duque como alumno de dirección de orquesta?

– No, no. Muchas gracias por la comparación, ¡pero respete a Mozart y no lo devalué relacionándolo conmigo! (risas). Se trató simplemente de un detalle de la Filarmónica de Luxemburgo en el día de su cumpleaños. Como gran melómano –el Gran Duque y su esposa, que es cubana, frecuentan nuestros conciertos- soñaba con dirigir la orquesta. Así que se organizó una velada privada en la que le invitamos a dirigir el último tiempo de la Sinfonía del Nuevo Mundo, para lo que, obviamente le di algunas indicaciones y consejos que se tomó muy en serio y siguió escrupulosamente. Fue un acto emotivo y entrañable. Él salió airoso del brete, aunque eso sí, ¡siempre marcó a dos!

– Como otros grandes directores actuales –Riccardo Chailly, Paavo Järvi, Simon Rattle…- usted fue percusionista antes de llegar al podio. ¿Supone este cambio de baqueta por batuta un inconveniente, una carencia, a la hora de trabajar con las orquestas, tan mayoritariamente integradas por instrumentistas de cuerda?

– No, en absoluto. Si analizas las carreras de los directores, te das cuenta de que no hay un camino, ni una edad, ni una visión ni nada establecido para fijar o marcar su inicio y desarrollo. Lo mismo ocurre desde el punto de vista técnico. Hay directores que, como yo, vienen de tocar en orquestas, otros son pianistas, algunos han estudiado composición y dirección a la vez, otros proceden del universo de los teatros de ópera, de acompañar cantantes… No, definitivamente no se puede establecer un cliché, un modelo para cuadrar una carrera tan compleja, diversa y personal como es la de director de orquesta.

– Pero coincidirá conmigo en que un director que ha sido instrumentista de cuerda tiene ante los profesores mucho camino ganado frente a uno que procede del mundo de la percusión o del piano…

– Creo que no. La función del maestro en absoluto es enseñar a los profesores de la orquesta cómo han de tocar su instrumento. Bernard Haitink era violinista, pues nunca nunca da indicaciones técnicas a los violines de la orquesta. Mariss Jansons, que también fue violinista, sí las da. Este hecho no es relevante, para mí es casi anecdótico. La función del director es mucho más compleja, mucho más interesante que indicar a los músicos cómo tienen que tocar el instrumento. Andris Nelsons o Daniel Harding son trompetistas, y este hecho no significa absolutamente nada, ¡menos aún que las trompetas de sus orquestas vayan a sonar mejor! (risas).

– Su carrera internacional comenzó en 2001, cuando sacó la plaza de solista de percusión de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, uno de los mejores conjuntos sinfónicos del mundo…

– Sí, hice las pruebas de ingreso exactamente el mismo día que cayeron las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Haber trabajado tantos años en una orquesta como la Concertgebouw me ha dado una perspectiva, un conocimiento, una cultura orquestal y una proximidad con el modo de trabajar de los grandes directores que ha sido y es fundamental en mi carrera como director. Esto sí que es realmente importante, no que toque el tambor o el violonchelo.

– Su carrera como director, tardía pero arrolladora, se inició hace apenas tres años, cuando contaba 37…

– Ni en mis más remotos pensamientos pensé dedicarme a la dirección de orquesta. Como gran amante de la música, como miembro de orquesta, sí me atraía, me interesaba, la dirección, pero jamás imaginé convertirla en profesión y en mi mundo. Conceptualmente sí la sentía próxima, y de hecho cuando era profesor del Conservatorio de Ámsterdam dirigía algunos ensembles y conjuntos de cámara, y antes, ya en 2002, había comenzado mis estudios de dirección en el propio Conservatorio de Ámsterdam. Sentía, seguía de cerca y me fascinaba el trabajo y el modo de hacer de los grandes directores. Esto me interesaba mucho más que seguir la carrera o el modo de tocar o de cantar de los solistas que frecuentaban el Concertgebouw. Pero tenía tanto respecto y admiración por la profesión de director, que nunca pensé que pudiese hacer algo interesante como tal, por lo que nunca me planteé seguir este camino.

– Imagino que ha cambiado de opinión…

– Efectivamente: con esa forma de pensar hubiera resultado ciertamente imposible hacer cuanto estoy haciendo.

– Para ello dejó en 2013 una posición privilegiada –solista de la Orquesta del Concertgebouw; catedrático del Conservatorio de Ámsterdam- para adentrarse con 37 años en la arriesgada aventura de la dirección de orquesta. Una carrera tardía pero meteórica: en apenas tres años ha conquistado los mejores podios del mundo…

– Sí, en una época donde estamos habituados a ver tantos nuevos jóvenes directores. Yo he llegado a la dirección apoyado en un sólido bagaje, con una tradición orquestal que he vivido y aprehendido en Ámsterdam. He estado en cientos de reuniones, comités artísticos de la orquesta, audiciones, he colocado atriles, he montado tarimas, he estado en contacto con los mejores maestros, viéndoles trabajar… He convivido con la gente que monta escenarios, Para mí esta experiencia es imprescindible en mi carrera. No podría imaginarla sin todo este conocimiento, que considero esencial para conocer bien la psicología y mentalidad de las orquestas. Me siento muy afortunado de haber vivido todo ese pasado.

– Ha tenido también el privilegio de trabajar con los mejores directores de las últimas décadas. Pero entre todos destaca su estrecha relación con Bernard Haitink, Mariss Jansons y con Claudio Abbado. Ellos han sido sus maestros y, desde luego, también sus mentores. Con Abbado compartió, además, codo con codo su último año y medio de vida…

– Jansons era mi director titular en Ámsterdam. Yo le adoraba y fue él quien en 2012 me propuso como asistente suyo en la Concertgebouw. Me dijo: “Gustavo, tienes un gran futuro como director de orquesta”. Yo valoré y me tomé muy en serio esas palabras, por venir de un maestro como él y de una persona tan poco dada al elogio gratuito. No es que yo creyera entonces que tenía un gran futuro, pero sí me animó a pensar que quizá me pudiera dedicar a esto.

– Y poco después conoció a Claudio Abbado…

– Sí dos meses más tarde de aquellas palabras. Le admiraba desde niño, pero nunca había trabajado con él. Buscaba un asistente y le hablaron de mí dos personas de su absoluta confianza: Alfonso Aijón y el oboísta Lucas Macías, compañero mío en el Concertgebouw. A los dos o tres semanas me envío partituras para revisarlas. Me encerré con ellas y cuando nos vimos y hablamos, inmediatamente me propuso planes y colaborar con él. Me absorbió y me ofreció una maravillosa y estrecha colaboración, que también era amistad. Hablábamos y trabajábamos sobre la música, pero también compartimos muchos temas y momentos de carácter más privado y personal. Su generosidad conmigo fue máxima. Y se mantuvo intacta hasta que murió, el 20 de enero de 2014, en Bolonia. Para mí, la relación profesional y personal con Abbado ha sido una referencia fundamental que ha marcado definitivamente mi manera de ser y de trabajar.

– De hecho su presencia en el podio y su gestualidad ante la orquesta –elegante y natural- recuerda mucho a Abbado. Recientemente alguien me comentó que tiene usted la mano izquierda de Abbado y la derecha de Jansons

– ¡Ojalá! ¡Y más aún que sus brazos desearía tener o heredar su sensibilidad! En efecto, la gente habla de la izquierda de Abbado, pero su mano derecha, el pulso que tenía, su precisión y claridad al marcar los tiempos del compás, eran también proverbiales. En cuanto a que recuerdo a Abbado en el podio, sólo puedo considerarlo como un halago. Tengo una complexión física muy parecida a la suya, también teníamos la misma altura. En cuanto a la gestualidad, que me lo dicen bastante, se ha podido producir un mimetismo por la admiración que le profeso y el muy estrecho contacto que tuvimos. Pero es algo absolutamente natural e inconsciente, nunca he buscado intencionadamente su gesto.

– En la gira que realiza estos días por España junto a la Filarmónica de Luxemburgo, recala en su ciudad natal, donde ya ha dirigido con enorme éxito la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música y a la Orquestra de la Comunitat Valenciana en el Palau de les Arts, tanto en concierto sinfónico como en ópera. ¿Representa algo especial este reencuentro con su ciudad?

– Le mentiría si le dijera que no es algo muy especial. ¡Dirigir en Valencia me resulta más especial que dirigir en Berlín, Chicago, Viena o cualquier otro lugar! En Valencia está mi familia, tanta gente que me conoce, mis antiguos maestros, amigos, colegas de toda la vida.

– ¿Asumiría la titularidad de algunas de las dos grandes orquestas valencianas?

– Sólo me planteo las cosas cuando suceden. Si no estoy en la posición de tomar una decisión, no me interesa en absoluto especular con mi mente. Me considero muy afortunado de lo que hago, porque puedo trabajar con orquestas maravillosas y con grandes solistas. Hacer y disfrutar de la música día tras día. En cuanto a Valencia, pues las orquestas tienen sus directores titulares. Sigo de cerca la prensa valenciana y estoy al corriente de todo, pero me siento ajeno a las quinielas y especulaciones que oigo y leo.

– ¿Nadie se ha puesto en contacto con usted para ofrecerle alguna titularidad en Valencia?

– Que yo sepa no están buscando. No hay ninguna vacante. Y normalmente, salvo que se produzca una ruptura repentina, se conoce con dos o tres años de antelación cuándo va a concluir el contrato con alguien. Y por lo que yo conozco, ni las orquestas valencianas ni sus directores han anunciado que no renuevan contratos. Rattle y Berlín, por ejemplo, anunciaron su divorcio con varios años de antelación.

– Sí. Pero usted sabe tan bien como yo que, en este sentido, España y Valencia tienen sus propias y particulares dinámicas…

– ¡Por desgracia! Todo debería hacerse con tiempo de antelación para poder hacer las cosas bien. Y como le he dicho, no me gusta perder el tiempo especulando con lo que no es. Justo Romero, Luxemburgo, enviado especial

Entrevista publicada en Levante el 3 de noviembre de 2016

Originalmente en Beckmesser el 5/11/2016

 

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