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Por Publicado el: 18/07/2013Categorías: Crítica

«Il Postino» en el Real: UN NERUDA EPIDÉRMICO

UN NERUDA EPIDÉRMICO

Daniel Catán: Il postino. Vicente Ombuena (Neruda), Laonardo Capalbo (Mario Ruoppolo), Sylvia Schwartz (Beatrice Russo), Cristina Gallardo-Domâs (Matilde Nerduda), Nancy Fabiola Herrera (Donna Rosa), Víctor Torres (Giorgio), Federico Gallar (Di Cosimo), Eduardo Santamaría (padre de Mario), José Carlo Mariño (sacerdote). Coro Intermezzo. Orquesta Sinfónica de Madrid. Director musical: Pablo Heras-Casado. Director de escena: Ron Daniels. Nueva producción procedente de Los Angeles Opera, en coproducción con el Theater an der Wien y el Théâtre du Châtelet. Madrid, Teatro Real. 17-7-2013.

 

El papel de Neruda fue escrito expresamente para Plácido Domingo, que no pudo cantar al estar convaleciente de una embolia pulmonar. La ópera, curiosamente, no se basa en la novela de Skármeta, sino en la película que sobre ésta realizó en 1994 Michel Radford. El lenguaje musical de Catán puede calificarse, sin ambages, de neorromántico y abiertamente tonal, más allá de alguna esporádica ambigüedad. Es frecuentemente melódico y despide gratas emanaciones líricas lo largo de unas estructuras bien organizadas, fluidas, perfumadas de rasgos populares muy estilizados. Nos recuerda a Puccini, a Ravel o, más atinadamente, a Korngold. No a Berg, como decía el músico.

            Catán es autor del libreto. La estructura narrativa, construida mediante escenas relativamente breves situadas en localizaciones cambiantes y tiempos diversos, tiene una clara impronta cinematográfica que exhibe a las claras su fuente de inspiración, que se mueve y se anima por sensaciones y sentimientos muy cálidos. No ha de negarse la habilidad del compositor para crear una base instrumental sólida, para subrayar estados de ánimo, para trazar a veces melodías de hermoso cuño y para construir un tejido rico en efectos y, por qué no decirlo, también en efectismos. El foso aparece poblado de caracoleos de las flautas y las maderas, de exposiciones dulzarronas del oboe y el corno inglés. Hay percusión, discretamente utilizada y las voces entonan con frecuencia una suerte de recitativo melódico más bien plano. El espectro tímbrico, con secuencias abonadas a notas pedal, es agradable pero monótono, tirando a edulcorado; como lo es la historia, en el fondo simplona y exenta de claroscuros. Neruda ha de pronunciar siempre frases lapidarias y poéticas. Los textos, que en ocasiones proceden de sus poemas, resultan así dichos retóricos y hueros.

La obra emparenta quizá en exceso con el estilo de la comedia musical. Eso sí, estuvo servida con profesionalidad. En el foso Heras-Casado matizó con cuidado y embelleció los momentos más significativos, entre ellos los alusivos a una especie de antillanismo que nos sonaron tanto a Montsalvatge como a Lecuona. O el que da lugar, sobre una música finamente irisada, al gran solo de Mario. Muy banal el canto a Chile. También nos lo pareció la puesta en escena, servidora sobre espacios muy abiertos y un mismo suelo de baldosas de todo tipo de aconteceres. No se quebró los sesos desde luego Daniels, que abusó de proyecciones, entre ellas mares embravecidos y textos autógrafos del poeta. Pese a todo un montaje más bien trasnochado, como gran parte de la música.

El equipo vocal rayó a buena altura. La peor parte se la llevó Ombuena, que sustituía a Domingo. La suya es una voz poco coloreada, no muy voluminosa, de tenor lírico con ribetes de ligero. No la adecuada para acometer un papel escrito con destino a una voz más grave, oscura y timbrada, aunque ya cansada como la del dedicatario. Gallardo-Domâs solventó con destreza su escaso cometido. Bien Capalbo, un cartero con arrestos y extensión, aunque de emisión excesivamente engolada. Afinada y pulquérrima, exactísima en su aguda línea de canto, Schwartz. Tonante y en su sitio Torres y sobrada Herrera. Los demás bien. Como el coro y la orquesta. Arturo Reverter

 

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