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Por Publicado el: 11/10/2014Categorías: Crítica

Joshua Bell: oficio al servicio del drama

Mendelssohn, Bach y Beethoven. Obertura de Las Hébridas, concierto para violín nº2, BWV 1042, sinfonía nº 3. Academy of Saint Martin in The Fields. Violín y dirección: Joshua Bell. Conciertos y solistas extraordinarios (2). Juventudes Musicales de Madrid. Auditorio Nacional, 8 de octubre.

La capacidad para demostrar vigor que tiene Joshua Bell es, no digo nada nuevo, incontestable. Se puede percibir en sus visitas regulares a la capital; y su público bastante fiel, eso tampoco puede negarse. Con estos mimbres llegamos a la casi “sesión golfa” del Auditorio Nacional (un miércoles, pasadas las diez y media), con la Academy of Saint Martin in The Fields dirigida desde el arco por el polifacético violinista que ofreció la mayor parte del concierto sentado en la silla del pianista. El programa estaba plagado de lugares comunes, con la obertura de Las Hébridas y un concierto para violín de Bach que sustituía al de Mendelssohn en la primera parte, y una tercera de Beethoven para la segunda. No hubo desilusiones pero tampoco arrebatos.

Lo mejor de la noche fue la obertura, una página de una brillantez tímbrica y melódica inusual para un compositor tan joven como aquel Mendelssohn de apenas veinte años. Lejos de cultivar una versión onírica a lo Karajan con la Berliner o atmosférica como Abbado con la London Symphony, Bell llevó a la Academy por el camino del dramatismo sugerente, articulando menos los planos sonoros para quitar misterio y poner emoción, intensidad. La gruta de Fingal pareció entonces más la laguna Estigia, con chelos y contrabajos mantenidos en altas intensidades casi toda la pieza. Poco lirismo pero sorprendentemente largos crescendi y una búsqueda de nuevas sombras sonoras para la vieja cueva semiiluminada.

La sensación que dejó el Concierto para violín y orquesta nº 2 de Bach fue extraña, no ya porque nuestros oídos acostumbrados a las versiones historicistas opusieran resistencia (la orquesta tiene asimilados ya gran parte de esos postulados), sino por la cierta apatía con la que se interpretó. Intachable pero intrascendente. Bach con aliento de Tafelmusik. La tercera sinfonía de Beethoven sí que levantó vuelo. De aliento monolítico y mórbido, el empuje rítmico cimentaba el discurso sin dejar mucho espacio a la calma. La sección de cuerdas tiene un empaste y un equilibrio muy difícil de ver hoy día: personal, lleno de oficio. Pero claro, una sinfonía que se convierte en el epítome del proceso de gigantismo que experimentó Beethoven precisaría de más matiz a poco que uno no quiera terminarla con interés, de un poco menos de caudal sonoro a ratos. Bell conoce a la perfección el secreto de todo lo energético, pero todavía no sabe musitar, susurrar, delectar los temas menos obvios. La interpretación fue, con todo, muy luminosa y ampliamente disfrutable.

El público aplaudió, vitoreó, braveó y volvió a bravear al violinista. Hay que ver lo bien que toca Bell y lo intensamente que nos lo recuerdan sus adeptos. Mario Muñoz Carrasco

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