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Por Publicado el: 04/08/2016Categorías: Colaboraciones

La falsa quimera de la musicología

LA FALSA QUIMERA DE LA MUSICOLOGÍA

El empleado de la copistería mira con extrañeza los esquemas musicales que acabo de entregarle.

  • Cincuenta copias, por favor
  • ¿Es usted músico?
  • Sí. Bueno, musicólogo.
  • ¿Musicólogo? ¿Dónde se estudia eso?
  • En la universidad…
  • Joder, hoy llaman carrera a cualquier cosa…

Por desgracia este diálogo no es una anécdota compuesta ex profeso para este artículo. Me ocurrió hace unas semanas y reconozco que me entristeció más de lo que quisiera. No por el hecho en concreto sino por la certeza de que es representativo de un cierto estado de cosas. La musicología llegó a España tarde, como casi todo si se compara con Alemania o Estados Unidos, pero con relativo buen empuje. Se estrenó en el mundo universitario en la Universidad de Oviedo, hace poco más de 30 años. Lo que fue una especialidad en un principio pasó a ser un segundo ciclo algo después y, a partir de 2009, se transmutó en un grado de cuatro años. Madrid, Barcelona, Salamanca o Granada se fueron sumando. Hoy hay cerca de una decena de universidades que ofertan este tipo de estudios. Pero no es el único medio para convertirse en un musicólogo: como especialidad del conservatorio, con distinto enfoque y un recorrido paralelo, un músico también puede convertirse además en musicólogo. En total, entre 300 y 400 se gradúan al año si sumamos ambos itinerarios practicables.

MusicologíaPero, ¿para qué sirve un musicólogo? En teoría, los musicólogos recuperamos patrimonio (de cara a interpretaciones en vivo o para el estudio), editamos partituras, redactamos artículos de alta divulgación, realizamos crítica especializada, radio, televisión, gestión cultural o docencia. Tal vez la pregunta entonces sea para qué sirven 400 cada año. El País publicaba un artículo hace pocos meses donde la musicología quedaba excepcionalmente bien parada en cuanto a tasa de ocupación. Un 90.7% de los graduados se colocan casi inmediatamente, decía el artículo.

El problema (o la fata morgana, la quimera de todo esto) es creer que nos ganamos la vida, al menos en un porcentaje abrumador de musicólogos, de algo que no sea la docencia y, en especial la docencia de secundaria. No es ni mucho menos una mala salida, pero el resto de campos donde hacemos falta de manera neta quedan muy descubiertos. La cultura se ha considerado desde hace tiempo en España como un extra, una enjuta ornamental del sistema, una especie de capricho estético que nos hace parecer más civilizados pero que está lejos de entenderse como una necesidad básica del individuo o una manera de plantear interrogantes que solemos pasar por alto (además del disfrute irrenunciable que nos provoca, claro).

La musicología está llamada a cubrir un hueco más importante. Pretende explicar extramuros e intramuros unas obras de arte que son reflejos quintasenciados y amplificados del individuo y sus conflictos. Hacer esos elementos más asimilables, más accesibles en todos los sentidos, generar las dinámicas de acceso a esas píldoras milagrosas que acaban siendo las composiciones musicales, es nuestro trabajo. A una sociedad que suele primar lo urgente frente a lo importante es muy difícil convencerla de las necesidades intangibles, de aquellos dones que no provocan réditos a corto plazo. Un sistema educativo que no apostara por el arrinconamiento de todos los elementos reflexivos del individuo (llámese filosofía, música o literatura) sería un buen primer paso. Pero no crean que introduzco aquí color político alguno, es sentido común: es tan difícil apreciar lo que no se conoce…

Si no comenzamos a dar pasos, corremos el riesgo de disponer de un buen ejército de musicólogos prestos a recuperar músicas que no interesan, escribir sobre conciertos a los que casi nadie acude o gestionar espacios culturales sin presupuestos que los respalden. Dispuestos a convertirse, en definitiva y digan lo que digan los periódicos, en parados de larga ocupación. Mario Muñoz Carrasco

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