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Por Publicado el: 20/04/2008Categorías: En la prensa

‘La fille du régiment’

por su interés operístico y político, reproducimos la carta de P.Jota publicada hoy en El Mundo:
‘La fille du régiment’

PEDRO J. RAMIREZ

«Rataplan, rataplan!/ En avant, en avant/ C’est le refrain du régiment!…»
Soy plenamente consciente de que los cabezas abolladas del nuevo integrismo igualitario me tacharán de machista, pero como director de un diario presidido por Carmen Iglesias, que ha elegido a Fernández de la Vega Personaje del Año y que con tanta frecuencia aplaude lo que dicen, hacen y significan Esperanza Aguirre en el PP y Rosa Aguilar en Izquierda Unida, bien puedo permitirme el rasgo de sinceridad de explicar que a lo que más me recordó el momento en que Carme Chacón y su nasciturus pasaron revista a las tropas durante su toma de posesión como ministra de Defensa fue a algunas de las escenas de la ópera de Gaetano Donizetti La fille du régiment.

«Rataplan, rataplan! Vive la guerre et ses alarmes! Et la victoire et ses combats!…»

Y no sólo porque a la inteligente y dinámica diputada socialista catalana puedan intuírsele dotes naturales de liderazgo muy parecidas a las que convierten a la cantinera Marie en la verdadera capitana de un regimiento napoleónico integrado por hombres que podrían ser sus padres. Reconozco que la estampa del patio del ministerio con sus redobles de tambor, su banda de música y sus alardes marciales evocó inmediatamente en mi retina las escenas en las que la joven vivandera hace desfilar a sus supuestos protectores al son que ella marca, en una sugestiva inversión de papeles. Pero mucho más determinante para que cristalizara el paralelismo ha sido la conciencia de que en uno y otro caso lo insólito, simpático y extravagante de una trama muy elemental sirve de pretexto para una operación de gran calado destinada nada menos que a redefinir el patriotismo y la defensa nacional.

«Rataplan, rataplan! Salut à la France! A ses beaux jours! A l’espérance! A nos amours! Salut à la gloire! Salut à la France!…»

Cuando Donizetti llegó a París en 1840 la experiencia de Luis Felipe como Rey Ciudadano estaba en su apogeo. En menos de medio siglo Francia había pasado por todos los traumas políticos imaginables, temblando de espanto bajo el Terror, conociendo la más frívola corrupción bajo el Directorio, soñando y desangrándose con el Primer Imperio, dando marcha atrás con Luis XVIII y viviendo una patética involución bajo su hermano menor Carlos X. La llamada Monarquía de Julio, fruto de una revolución relativamente incruenta que Thiers y otros burgueses liberales encauzaron con habilidad al desplazar la corona del último Borbón a las sienes de su primo Orleáns, trataba de cuadrar el círculo entre tradición y modernidad. El resultado fue la primera monarquía republicana del continente y un esfuerzo de propaganda basado en reivindicar los triunfos napoleónicos como una especie de patrimonio nacional, desvinculado tanto de la megalomanía de su protagonista como, por supuesto, de sus raíces jacobinas.

En ese contexto, y ante el estupor de Hector Berliotz y otros grandes compositores franceses del momento, fue el italiano Donizetti quien se llevó el gato de la expresión artística al agua de los nuevos sentimientos oficiales. Mientras Luis Felipe culminaba la repatriación desde la remota Santa Elena de las cenizas de Napoleón para depositarlas en el Panteón, La fille du régiment provocaba noche tras noche la apoteosis de una manera innovadora de sentirse francés, visualizada a través de la conversión del joven tirolés Tonio a los ideales de las tropas ocupantes, como fruto de su amor por Marie.

«Rataplan, rataplan!… Ah! mes amis quel jour de fête! Je vais marcher sous vos

[drapeaux

L’amour qui m’a tourné la tête Désormais me rend un héros»

Todo un antecedente, en definitiva, de lo que representa la magnética escena de Casablanca en la que el líder de la resistencia checa Victor Laszlo -interpretado por el actor austriaco Paul Henried- es el más entusiasta al entonar La Marsellesa en el Café de Rick, embutido en su impecable traje blanco, ante la subyugadora mirada acuosa de Ilsa. No es de extrañar que durante la II Guerra Mundial De Gaulle asistiera a una representación de La fille du régiment en la que, coincidiendo con el momento de máximo fervor patriótico, Marie exhibió el estandarte de la Francia Libre con su Cruz de Lorena incorporada. Y no es de extrañar tampoco que más de un purista se escandalizara cuando en el, por otra parte excelente, montaje reciente del español Emilio Sagi, la acción se situaba en los meses posteriores al desembarco de Normandía y los soldados franceses se convertían en una compañía de infantes de marina norteamericanos.

El mensaje que Zapatero ha querido transmitir con el nombramiento de Carme Chacón, muy en línea con ese discurso de investidura en el que mencionó más de medio centenar de veces la palabra «España», es una refutación radical de lo que durante la pasada legislatura le ha dicho la oposición y le hemos dicho unos cuantos periodistas: no es que él no tenga una idea de la Nación, sino que la idea que él tiene de la Nación es muy diferente de la que se ha ido acuñando generación tras generación; no es que él no sienta el patriotismo, sino que él siente el patriotismo de forma distinta a lo hasta ahora habitual. Esa es su respuesta.

Sus dos grandes referencias son la legitimación que confieren las urnas como única fuente de soberanía -el que ha ganado las elecciones puede hacer lo que le dé la gana dentro de la legalidad- y el desarrollo caprichoso y selectivo de los valores constitucionales, de forma que aquellos derechos civiles cuyo ejercicio más puede molestar a la España tradicional se convierten en sustanciales y aquéllos cuya aplicación incomoda a la vigente alianza entre la izquierda y los nacionalistas pasan a ser amortizables. De ahí que para él formar Gobierno haya sido un ejercicio de pedagogía, otros lo hayan visto como un alarde de provocación y yo atisbe en el resultado algunos rasgos de confiada prepotencia.

Aunque ha encajado su segunda victoria con mucho más realismo y serenidad de la que exhibió Aznar tras su mayoría absoluta, e incluso ha asegurado a sus próximos que ha entendido el mensaje del 9-M como una reválida de la confianza popular condicionada a introducir rectificaciones en el contenido de su acción de Gobierno, hay tentaciones en las que Zapatero nunca logrará evitar caer. La principal, la del más difícil todavía. La constitución del nuevo Gobierno tenía para él un irresistible componente de empeño circense en el que lo esencial no era garantizar la solvencia de la empresa ni el buen funcionamiento de las instalaciones, sino captar la atención del personal demostrando mayor capacidad de innovación y sentido del riesgo que nunca.

Fue, al parecer, observando la firmeza exenta de aspavientos con que la Vicepresidenta Primera del Congreso Carme Chacón dirigía los debates parlamentarios en el ecuador de la pasada legislatura, cada vez que se ausentaba Manuel Marín, cuando Zapatero decidió que aquella chica sería su trapecista estrella. A la vista de lo ocurrido, cualquiera diría incluso que su breve paso por el Ministerio de la Vivienda no fue sino una manera de dotarla de la mínima hoja de servicios imprescindible para este ascenso al generalato.

A los ojos del presidente, Chacón reúne todos los ingredientes para convertirse en mascarón de proa de un segundo mandato en el que pretende recoger velas respecto a algunos derrapes centrífugos del primero. Un Zapatero mucho más maduro y asentado aspira a que su segundo y tal vez último periodo en La Moncloa deje un legado de mayor cohesión nacional, filtrando -eso sí- este concepto por el cedazo de sus fantasías en materia de ingeniería social.

Que una pacifista catalana, capaz de hablar del amor a España con el mismo aire impasible con que hace año y medio flanqueó al joven compañero del PSC que exaltaba la conducta de aquel saltimbanqui que había dirigido los más soeces insultos imaginables contra ella, tenga bajo su mando a unos ejércitos cuya cúpula aún salió de las academias del franquismo es la señal más elocuente de cómo, cambiando la fisonomía del poder, Zapatero pretende nada menos que transformar las entrañas de la sociedad. No la ha elegido porque estuviera embarazada, pero ha acogido esa circunstancia no como una contraindicación práctica, ni siquiera como una complicación logística que ella misma acaba de refutar parcialmente con sus rápidos reflejos al viajar a Afganistán, sino como un regalo del destino de deslumbrante poder iconográfico.

Al parecer el presidente siente una gran satisfacción ante los informes que le indican que generales y almirantes han recibido a la ministra primeriza con una mezcla de galante simpatía y sentimiento protector que sin duda alcanzará su apogeo cuando la nueva criatura se convierta en una especie de grande fille -o, por lo que cuentan, más bien grandfils- du régiment. Sólo de imaginar el previsible rebullir de gorras de plato y bocamangas con estrellas en los pasillos del hospital durante la nerviosa espera del feliz alumbramiento de la señora de Barroso deben de estar combándosele las cejas de placer al Mandrake leonés. Máxime si, como yo creo, tiene la mirada ya puesta en ese segundo acto en el que la tierna cantinera se transfigurará en firme capitana de tan paternales veteranos; y, al pasar por dicho aro, nuestras Fuerzas Armadas ejercerán de nazareno colectivo en la redención expiatoria de todos nuestros pecados de machismo. ¡Al fin, el varón domado y con las correspondientes salvas de ordenanza!

También a Donizetti y a Luis Felipe de Orleáns les fascinaba el riesgo. El compositor de Bérgamo convirtió la interpretación de los papeles clave de su elementalísima trama en el más arduo de los envites para sus intérpretes. Especialmente en el caso del personaje de Tonio -perfecta encarnación de la subyugación zapateril ante el magnetismo femenino- a quien endilgó un aria con nada menos que nueve do de pecho consecutivos para enfatizar así la fuerza musical y dramática del momento de su conversión a la causa.

«Rataplan, rataplan!… Ah! quel bonheur, oui, mes

[amis Je vais marcher sous vos

[drapeaux!… Et j’ai sa main! Jour prospère! Me voici Militaire et mari!… Militaire et mari!… Militaire et mari!…».

El más celebre de los grandes «militares y maridos» que pasaron con éxito esa prueba de fuego en la historia de la ópera ha sido sin duda Luciano Pavarotti, quien en la legendaria noche del 17 de febrero de 1972 tuvo que salir 17 veces al escenario del Metropolitan a recibir la rendida ovación del público tras ejecutar con impecable limpieza esos nueve sobreagudos. Tampoco está nada mal el mucho más cercano logro de Juan Diego Flórez, que el 20 de febrero del año pasado interpretó con tanta emoción y perfección técnica esa aria que el público de La Scala rompió 74 años de elegante continencia, obligándole a realizar un memorable bis.

Muchas otras reputaciones han quedado, sin embargo, destruidas en el intento, e incluso hay quien habla de «tenores italianos que esputaban sangre al intentar dar la nota». El compositor y crítico británico Robert Hugill explica que, al tratarse de una ópera en la que todo parece tan simple, existe el peligro de que en el momento en que aparecen las grandes dificultades de fondo «el director y los cantantes caigan en la tentación de sobreactuar», cruzando así la tenue barrera que separa lo sublime de lo grotesco.

En cuanto a Luis Felipe, tanto fue el cántaro de esa monarquía republicana a la fuente de sus contradicciones que los franceses terminaron dividiéndose entre aquellos monárquicos que respaldaron el advenimiento en clave de farsa de Napoleón III y aquellos republicanos que aguardaron al desastre de Sedán para restablecer la que hasta el día de la fecha viene siendo su forma de Gobierno. El historiador François Furet ha dejado escrito el epitafio de aquel régimen obsesionado por el escaparate: «Esa monarquía bastarda nunca encontró su verdadera base nacional: era demasiado monárquica para ser republicana y demasiado republicana para ser monárquica».

Mutatis mutandis, lo del patriotismo accidentalista es muy bonito, pero está por ver que funcione. Y como sostiene un profundo conocedor del Ministerio de Defensa, «aquí hace falta creerse lo que uno dice, porque el caballo se da cuenta enseguida de si el jinete sabe montar o no». Lo cual es perfectamente compatible con que el redoble del tambor siempre parezca sonar de la misma manera.

«Rataplan, rataplan!»

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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