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Las críticas a La Ciudad de las mentiras en el Real
las críticas al Concierto vienés Año Nuevo 2017
Por Publicado el: 01/02/2017Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas a Billy Budd en el Real

Las críticas al Billy Budd en el Real

Van apareciendo las críticas en la prensa escrita de difusión nacional y en nuestro afán porque ustedes se puedan hacer una idea más cabal a partir de opiniones diversas, les traemos algunas de ellas, completas o recortadas. De momento todos, con la excepción de Álvaro del Amo en El Mundo, son no sólo positivas sino entusiastas con todos los apartados de la producción, tal y como pueden comprobar.

EL PAÍS, 1/2/2017

Benjamin Britten, el redentor

El Real estrena un memorable y desasosegante ‘Billy Budd’ No hay un segundo que no sea irresistiblemente teatral Todas las piezas del montaje funcionan con una insólita precisión

“Nadie que pueda encontrar un modo de ser arrestado y encarcelado querrá ser marinero, porque estar en un barco es como estar en una cárcel, con el riesgo de ahogarte”: la frase la pone James Boswell en boca de Samuel Johnson en el diario de su viaje conjunto a las Hébridas en 1773, retomándola años después en su Vida del polígrafo inglés, donde encontramos otra no menos pertinente de sacar ahora a colación: “Un barco es peor que una prisión, donde hay mejor aire, mejor compañía, mejor comodidad en todos los sentidos, y un barco tiene la desventaja añadida de ponerte en peligro. Esos hombres a los que llega a gustarles la vida en el mar es porque no son aptos para vivir en tierra”.
Ambos juicios vienen pintiparados para referirse a esta nueva producción de Billy Budd, en la que Deborah Warner y el escenógrafo Michael Levine han ideado un espacio angosto, opresivo y lleno de violencia —larvada o tangible— en el que las jarcias del Indomitable, un barco de guerra, ejercen de simbólicos e impenetrables barrotes: a un lado, la sumisión; a otro, como canta el capitán Vere, “el mar infinito”. Solo falta una inscripción con el verso de Dante: “Lasciate ogni speranza, voi ch’intrate”. Pero no bastan el infernal ambiente carcelario y el temor a una revuelta de los oprimidos para explicar lo que se dilucida en esta ópera. El tercer elemento en juego es la eterna lucha entre el bien y el mal, este último azuzado por un deseo insatisfecho e inconfesable.
Deborah Warner, una mujer en medio de muchísimos hombres, bucea en las psiques de los tres protagonistas sin prejuzgar a ninguno. Es especialmente extraordinario el retrato de Claggart que compone Brindley Sherratt, más torturado que intrínsecamente maligno, más víctima de sus sentimientos y represiones que un mero desalmado. Su Claggart es un hombre anodino, pero sufriente. Jacques Imbrailo transmite la bondad innata y espontánea, no impostada, de Billy sin cargar las tintas ni revestirse de un aura mesiánica o erigirse en una torpe espoleta del homoerotismo ajeno. El capitán Vere es el integrante más ambiguo de este insólito trío y Toby Spence entreabre muy bien ese interior poblado de zonas de sombra, aunque pretendida y falsamente radiante y diáfano hacia el exterior. Billy lo adorna del fulgor de una estrella, pero también él esconde turbiedades. Los destinos de los tres, fatalmente entrelazados, están llamados a desencadenar la tormenta moral perfecta.
Al frente de un equipo técnico sobresaliente (¡qué iluminación!), todo cuanto idea Warner cobra pleno sentido al imbricarse con la música, incluidos los diversos interludios orquestales. La transición de la primera escena de Vere al canto colectivo de los shanties, por ejemplo, es un prodigio de pequeñas sutilezas enlazadas. Y la imagen de la autoridad literalmente zarandeada en el amago de motín final es difícil de olvidar. En un momento capital de la obra, cuando Vere comunica a Billy en solitario el veredicto del jurado, y mientras suena la famosa secuencia de 34 acordes ideada por Britten, Warner tampoco explicita nada más allá de optar por visibilizar el mudo encuentro de uno y otro, reservando los dos hechos esenciales para los dos acordes (14 y 24) en Fa sostenido menor. Billy parece prebendecir al final al capitán, pero la británica se muestra sutilmente ambigua y debemos completar lo que vemos a nuestro arbitrio como espectadores. La puesta en escena refuerza también la arquitectura teatral y la soberbia calidad literaria del libreto, deformado, en cambio, y no es la primera vez, en los sobretítulos, un dechado de omisiones evitables y burdísimos errores de todo tipo (como llamar vigía de proa al gaviero).
Ivor Bolton se ha incorporado tarde a esta temporada, pero lo ha hecho dando una lección de cómo debe dirigirse al servicio de una potentísima dramaturgia, porque no hay segundo de esta representación que no sea irresistiblemente teatral. Orquesta y coro en idéntica medida, valientes y entregados como pocas veces, al igual que la totalidad del reparto, insuflan dramatismo, poesía, nervio o desazón a cada escena. No es necesario entrar en detalles, porque todo funciona con insólita precisión, pero deben concederse menciones de honor para la flauta solista (ejemplar en la balada), el Mr. Redburn de Thomas Oliemans y el novicio de Sam Furness.
Como ya sucediera con Peter Grimes en 1997 o Death in Venice en 2014, y de forma quizás aún más redonda, el operista Britten ha venido a redimir pecados pasados con un espectáculo perfecto y llamado a perdurar largo tiempo en la memoria. Como manda el libreto, Billy y Claggart mueren, y Vere recuerda, pero ellos y todos los demás no solo sortean la amenaza de ahogarse que tanto temía Johnson, sino que mantienen la obra muy, muy por encima de la línea de flotación, y al público prendido de cuanto cantan o hacen, desde que empieza el Prólogo hasta que acaba el Epílogo —con músicas en parte idénticas: la ópera se repliega suavemente sobre sí misma— de esta memorable y desasosegante producción de Billy Budd. Espectáculos así hacen destellar con fuerza a un teatro en el radar operístico internacional. Luis Gago

 

ABC, 1/1/2017

«Billy Budd»: Un reino navegante

…Cuesta creer que una ópera como «Billy Budd» haya estado tanto tiempo ausente de los escenarios españoles. Se vio por primera vez en el Liceo de Barcelona en 1975, en Bilbao y ahora llega a Madrid. Pero frente al olvido, la ópera de Benjamin Britten se instala dispuesta a crear afición. Que un título desconocido pueda conseguir algo así es una paradoja fácil de resolver si se asume una realización musical sobresaliente y una propuesta escénica capaz de convertirse en referencial. Fue muy evidente el éxito obtenido anoche en la primera representación…

…Desde la perspectiva teatral es fundamental el carácter espectacular de algunas escenas, particularmente el comienzo del segundo acto, cuando a punto para el abordaje el escenario crece en sincronía con la innata calidad narrativa de la música de Britten. Entonces, la disposición espacial de los intérpretes es formidable. Una vez más con el coro adquiriendo posición protagonista. El trabajo de la agrupación titular del Teatro Real destaca por su calidad musical y por su ductilidad escénica …
Todo ello sucede desde la inmediata sencillez con la que se adorna un trabajo de extraordinaria complejidad técnica…Sin embargo, sobre el efecto destaca lo más importante: la recreación del ambiente y el dibujo de los personajes. Es ahí donde se impone el trabajo de Deborah Warner, donde la obra adquiere personalidad y donde se hace posible la autoridad del largo reparto…

…Puede pensarse en otra oscuridad para el papel de John Claggart pero Brindley Sherratt tiene la suficiente ductilidad como para ahondar en la maldad y al tiempo imponerse en sus soliloquios. Es el terreno en el que Toby Spence se maneja con mayor solvencia, pues el capitán Edward Fairfax Vere sabe transmitir la injusticia y ensimismarse en la duda singularmente en el estupendo monólogo que precede a la muerte del protagonista. Para entonces Jacques Imbrailo prepara el final… Y todo ello se sostiene sobre una cuidada realización musical, que respira en sincronía con la acción. El logro de la orquesta titular y el maestro Ivor Bolton. Hay muchas razones por las que «Billy Budd» es toda una experiencia. Alberto González Lapuente

EL MUNDO, 1/2/2017

«Billy Budd»: Siempre hay un tartamudeo en el discurso divino

Deborah Warner es aclamada por su montaje ‘shakesperiano’ y bíblico del ‘Billy Budd’ de Benjamin Britten en el Teatro Real

No es habitual que en el Teatro Real el más aplaudido sea el director de escena; para eso el público de Madrid es casi siempre más suspicaz o exigente con todo lo que no sea la música y las voces. Pero ayer Deborah Warner recibió una ovación al final del estreno de su versión de la ópera de Benjamin Britten Billy Budd. También fue bien recibido el trabajo de Ivor Bolton, director musical del coliseo madrileño y maestro del foso en la representación de una de las ópera de su compatriota inglés, uno de los títulos más emblemáticos del repertorio del siglo XX. Pero el trabajo de Warner, su capacidad para extraer la tragedia de ese centenar de hombres (ni una mujer en escena) encerrados en el buque Indomitable durante la guerra entre Inglaterra y la Francia revolucionaria, adquiere tintes bíblicos y shakesperianos que le dan al espectáculo un nuevo vuelo.

Es verdad que el material sobre el que parte su trabajo es una joya única dentro de la Historia de la ópera. Si incluso las propias óperas inspiradas en obras de Shakespeare adolecen de cierta caducidad en la escritura de sus libretos (algo de lo que no se libran ni las adaptaciones de Verdi), en el caso de Billy Budd se produjo una alineación de genios, empezando por el autor del relato en que está basada, Herman Melville (Moby Dick), siguiendo por el responsable del libreto, E. M. Forster (Pasaje a la India, Una habitación con vistas, Maurice) y terminando por la propia maestría de Britten, capaz de conjugar la intimidad del monólogo interior con la tempestad de los coros.

A partir de ahí, Warner ha concebido un Indomitable a partir de cuerdas y plataformas que separan cubiertas y bodegas. Todo para contribuir a crear este ambiente claustrofóbico y cerrado con el que Britten, ferviente antibelicista, quiso denunciar el militarismo y el sinsentido de los sistemas que permiten que se cometan actos de injusticia en nombre de la ley. Que es precisamente lo que sucede con el protagonista y el triángulo de relaciones que genera a su llegada al barco.

Igual que en los Evangelios, Billy Budd muestra a un hombre bueno condenado y ajusticiado, traicionado con unas monedas de plata de por medio y destruido por alguien dañado que es in capaz de aceptar su bondad y belleza.

Como dice el capitán del navío, Vere, a comienzo de la ópera, es el destino de la humanidad: «Siempre hay alguna tara, algún defecto, alguna imperfección en la imagen divina, algún fallo en la canción angelical, algún tartamudeo en el discurso divino. Porque el diablo siempre tiene algo que ver con toda cosa humana sobre esta tierra».

De lo que sí carece este montaje es de la tensión homoerótica que otras versiones han querido subrayar, aproximando esta república no mixta de rudos marineros al Querelle de Fassbinder. No es el caso: la extraña fascinación que siente el maestro de armas Claggart por el noble y tartamudo Billy Budd se podría comparar con esa pulsión humana de destruir algo hermoso o aniquilar la bondad por el mero placer de hacerlo.

«En tiempos oscuros como estos», explicaba Warner recientemente a este periódico, «la poesía resulta más crucial que nunca, porque nos permite entender mejor al otro». Y la oscuridad de esta ópera es para ella una expresión de la verdadera función última del arte, que sirve «para vivir mejor». Darío Prieto

EL MUNDO, 1/2/2017

Ceremonia de la compasión

Cuando aparece Billy, de él se enamoran a la vez el capitán del barco de guerra El indomable, el sargento de marina, y la tripulación. El chico es guapo, simpático, patriota, virtudes que su tartamudez caldea con una pincelada de ternura. El espontáneo afecto que provoca el muchacho resulta letal para todos; Vere no puede salvarlo, en Claggart despierta un odio destructivo, y sus compañeros observarán impotentes cómo cuelga del palo mayor. El episodio de pasiones masculinas apunta a un conflicto entre el Bien y el Mal, planteado en su inquietante ambigüedad, a la vez que se carga de simbolismo en cuanto que transcurre en un contexto bélico, donde el énfasis militar de El indomable se burla del mercante Los derechos del hombre.

Britten propone una elegía a la compasión, el equilibrio entre la mente y el corazón, que por fin llega al Teatro Real en una versión de acabada profesionalidad y vistoso efectismo, recibida con entusiasmo por un público, que tal vez ha percibido más que las sutilezas de la fábula moral, la contundencia y el chafarrinón del melodrama. Bienvenida sea esta entusiasta aproximación, en espera de lecturas más finas y también más reposadas.

La dirección de escena opta por una espectacularidad que descuida el dibujo de los personajes, poco perfilados en el fundamental trío protagonista, una imprecisión que afecta tanto al actor como al cantante. Al Capitán Vere (Toby Spence) le falta pathos; aparece como una figura impersonal, sin que se vislumbre el drama del intelectual incapaz de imponer una justicia distinta a la que impone el código militar; Billy (Jacques Imbrailo) no comunica la inocencia y belleza que supuestamente irradia; y Claggart (Brindley Sherratt) se muestra tímido como nueva versión de Yago, inseguro ante su propia perfidia. El Coro vocifera y las 17 voces solistas (una polifonía masculina), no destacan suficientemente entre sí.

Porque la dirección musical no analiza con precisión y transparencia la partitura, que arranca con una tensión que no es barullo, ni es preciso forzar el sonido. No es que se trate de una acuarela, tampoco de un cuadro al óleo de pincelada espesa, pero el pálpito que recorre la música se empantana una y otra vez en una búsqueda desesperada de dramatismo fácil, forzando a la orquesta que no está pidiendo redobles sino luz. No hay auténtico ritmo, como si la música caminara a tientas. Pero nos distraemos viendo cómo la tripulación barre la cubierta y se quita una y otra vez la camiseta. Álvaro del Amo

 Fotos: Javier del Real

Un comentario

  1. nicolas diaz 18/02/2017 a las 16:48 - Responder

    me resulto fría ni maldad ni bondad voces sin una buena calidad interpretaciones fallidas
    conozco a Britten en concierto y me ha emocionado mucho mas
    que en esta puesta de escena

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