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Por Publicado el: 02/01/2017Categorías: Diálogos de besugos

las críticas al Concierto vienés Año Nuevo 2017

Las críticas al Concierto vienés Año Nuevo 2017

El concierto del 1 de enero de 2017 de la Filarmónica de Viena quedará en nuestra memoria para siempre por ser el «Año Dudamel», el del intento de la vieja Viena por ponerse al día con las nuevas formas, estrenando trajes de Vivienne Westwood y Andreas Kronthaler, haciendo más planos que nunca de las pocas mujeres de la orquesta y dejando que los bailarines entraran en la sala.

Parece que finalmente el soplo de aire nuevo se quede en eso, ya que las críticas no han sido demasiado entusiastas. El próxima año regresa al podio, por quinta vez, Riccardo Muti.

Quienes se lo hayan perdido y deseen contemplarlo integramente lo encontrarán al final de los textos.

 

 El País, 1/1/2017

El difícil arte de pronunciar el vals

En Viena el vals no solo se baila. Su ritmo forma parte hasta de los quehaceres cotidianos de la ciudad. Lo ha mostrado con claridad Robert Neumüller en el documental emitido este año en el descanso del Concierto de Año Nuevo. Pero la Filarmónica de Viena tiene su propio enunciado. Ellos lo hacen de una forma característicamente asimétrica. Nada del habitual “un-dos-tres”, sino más bien “un-dooos-tres”, anticipando el segundo pulso y retrasando el tercero. Un director que sepa exprimir musicalmente este detalle autóctono tiene asegurado el éxito al frente del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Ser o no vienés es lo de menos. En el pasado lo asimilaron directores de fuera como Karajan o Kleiber, mientras que corría por las venas de Krauss y Boskovsky. Incluso el año pasado el letón Mariss Jansons dio una magnífica lección de cómo se “pronuncia” el vals.

El venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981) dudó sobre la pronunciación correcta del nombre de la orquesta vienesa en alemán durante la tradicional felicitación del año previa al vals El bello Danubio azul. Fue algo anecdótico, pero también sintomático. En la primera parte costó mucho reconocer la pasión y energía habitual en sus interpretaciones. La condición de director más joven que se ha subido al podio de este popular y mediático concierto parece que le hizo mella. A pesar de dirigir de memoria y con su habitual elegancia de movimientos, se mostró algo desubicado en la primera parte. Quedó claro en el bello vals Los patinadores, de Waldteufel, y fue todavía más evidente en La llamada infernal de Mefisto, de Johann Strauss hijo, tan poco tenebroso como superficial en sus manos. Por fortuna, las polcas caminaron algo más desahogadas, aunque sin toda la chispa necesaria.

Todo cambió en la segunda parte con la obertura de La dama de picas, de Franz von Suppé. Dudamel despertó su encanto personal. Y fluyeron detalles exquisitos en la dinámica y el fraseo. Empezó a respirar con la orquesta vienesa. Siguieron varias piezas que no habían sido nunca interpretadas en el Concierto de Año Nuevo, aunque Dudamel se mantuvo mucho más proclive hacia las polcas, como Pepita y Cuadrilla Rotunde, de Johann Strauss hijo, o en La chica de Nasswald, de su hermano Josef, que fue pura música de cámara donde se lucieron los concertinos de la orquesta vienesa, Rainer Honeck y Albena Danailova. Entre los valses destacó en Los extravagantes, de Johann hijo, donde la realización de Michael Beyer mostró planos de los famosos caballos de raza lipizzana que forman parte de la Escuela Española de Equitación.

Precisamente la segunda parte ganó en interés con las escenas de ballet, la participación del coro y la inclusión de alguna de las tradicionales bromas. Muy vistosa la escena durante el vals ¡Vamos adentro! de la opereta El tesorero, de Karl Michael Ziehrer, en la Hermesvilla como homenaje a la emperatriz Sissi, pero todavía más natural y divertida la realizada en directo en el Musikverein durante la polca ¡A bailar!, de Johann Strauss hijo, con seis jóvenes bailarines de la academia de Ballet de la Ópera Estatal vienesa perseguidos por un acomodador. Excelente la intervención del coro de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena en el homenaje al 175º aniversario de la orquesta con el Coro de la luna de la ópera Las alegres comadres de Windsor, de su fundador, Otto Nicolai. Por su parte, las bromas casi brillaron por su ausencia en esta edición. Una de las pocas se produjo en La chica de Nasswald cuando al final Dudamel tocó un silbato para emular el canto de los pájaros.

Para terminar, la Filarmónica de Viena se adueñó de las propinas. El vals El bello Danubio azul lo tocaron como suelen por tradición. Y Dudamel se concentró en el público durante la popular Marcha Radetzky, que pocas veces se ha escuchado con un palmeo tan matizado. En 2018 será Riccardo Muti quien se suba al podio del Concierto de Año Nuevo. Será su quinta vez, tras 14 años de ausencia. Pablo L. Rodríguez

Dudamel dirigiendo al público

ABC, 1/1/2017

La vieja Viena desbanca a Dudamel

…Gustavo Dudamel tenía que aparecer tarde o temprano en el podio del Concierto de Año Nuevo. En los mentideros musicales, su trabajo divide a incondicionales y refractarios. Todos hablarán hoy de lo poco que ayudó a la alegría general del espectáculo la morosidad de muchos «tempi», la contenida creatividad del gesto, el recatado exhibicionismo sobre el podio (él que ha sido un saltimbanqui del cuadrilátero directorial) y la sosería interpretativa general ante músicas tan embaucadoras, desde la «Nechledil Marsch» de Franz Léhar hasta la marcha Radetzky con el público aplaudiendo a su manera y lanzado al entusiasmo desde el compás uno. Viena se ha impuesto a Dudamel…

…El programa presentaba con siete novedades sobre años anteriores…

… Hace unos días, el propio Dudamel declaraba poder morir en paz después de dirigir el Concierto de Año Nuevo. La frase es exagerada, por supuesto, pero da idea del alcance universal de este acontecimiento ante el que Dudamel trató de hacer música pero calló. Con el mundo revuelto, con su Venezuela natal por los suelos, siendo él mismo hijo y referencia absoluta del impresionante Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles que tanto hace por la integración social a través de la música habría sido de agradecer una frase, cuatro palabras que decorasen la obligada felicitación final explicando al mundo el extraordinario sentido positivo que tiene hacer música incluso en situaciones límite…  Alberto González Lapuente

El Mundo 1/1/2017

Gustavo Dudamen entusiasmó como el director más jóven del Concierto de Año Nuevo

El venezolano Gustavo Dudamel se convirtió este domingo, con 35 años, en el maestro más joven en dirigir el célebre Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, con un programa alegre y salpicado de novedosas sorpresas que entusiasmó al auditorio.

El público de la Sala Dorada del Musikverein de Viena, en donde se pudo ver a la novia del artista, la actriz española María Valverde, premió el estilo fresco y optimista del director de la Filarmónica de Los Ángeles (EEUU) y de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, con prolongados aplausos y ovaciones.

«Espero que nos vamos a divertir juntos, así que empecemos», dijo Dudamel en declaraciones transmitidas por la televisión pública austríaca ORF poco antes de iniciarse el evento televisado en directo a 93 países.

«Vivimos en un tiempo de un poco de caos, pero como, filosóficamente hablando, cada caos tiene un orden», la música puede ser «una posibilidad de recibir esperanza y belleza para así comenzar un año nuevo», añadió.

El programa destacó por su optimismo y ritmo alegre, como lo reflejaron las polkas rápidas y despreocupadas So ängstlich sind wir nicht (Tan miedosos no somos) o Winterlust (Placer de invierno) de Johann Strauss hijo y padre, respectivamente.

Entre las siete piezas que nunca antes habían sido interpretadas en este escenario, destacó la polka Pepita, donde las castañuelas acompañaron la melodía bella y juguetona que el llamado Rey del Vals, Johann Strauss hijo, compuso y dedicó a la bailarina española Pepita de Oliva (1830-1871), después de que ésta causara furor con su actuación en Viena en el verano de 1853.

El brío de la batuta del director latinoamericano marcó tanto la marcha Nechledil de Franz Lehár, al inicio del evento, como la obligatoria Marcha Radetzky de Johann Strauss padre, con la que los filarmónicos vieneses concluyen cada año este concierto, acompañados por las rítmicas palmas del público.

Entre las siete piezas que nunca antes habían sido interpretadas en este escenario, destacó la polka Pepita, donde las castañuelas acompañaron la melodía bella y juguetona que el llamado Rey del Vals, Johann Strauss hijo, compuso y dedicó a la bailarina española Pepita de Oliva (1830-1871), después de que ésta causara furor con su actuación en Viena en el verano de 1853.

El brío de la batuta del director latinoamericano marcó tanto la marcha Nechledil de Franz Lehár, al inicio del evento, como la obligatoria Marcha Radetzky de Johann Strauss padre, con la que los filarmónicos vieneses concluyen cada año este concierto, acompañados por las rítmicas palmas del público.

La única excepción entre las alegres melodías fue la trascendente y misteriosa Mondaufgang (Salida de Luna) de la ópera «Die lustigen Weiber von Windsor», con las voces del coro Winer Singverein, de Otto Nicolai, uno de los fundadores de la orquesta vienesa.

Los músicos, que estrenaron este domingo nuevos y elegantes trajes de trabajo, creados por el matrimonio de diseñadores Vivienne Westwood y Andresa Kronthaler, quisieron recordar así los 175 años de la exitosa existencia de la orquesta.

Y con la polka Solo hay una ciudad imperial, solo hay una Viena rindieron homenaje a la emperatriz María Teresa I de Austria con motivo de celebrarse en 2017 los 300 años de su nacimiento.

Por supuesto, no pudo faltar El Danubio Azul (Johann Strauss hijo) que, creado hace 150 años, es considerado el segundo himno nacional de Austria.

La novedad esta vez fueron las imágenes de coreografías de ediciones anteriores que lo acompañaron en la versión televisada.

Otra sorpresa inédita fue la irrupción en vivo de jóvenes bailarines en la Sala Dorada, danzando entre las filas del público en una simulada desobediencia al acomodador.

Los miembros del Ballet de Viena habían presentado ya una coreografía de Renato Zanella desde la Hermesvilla, la antigua casa de caza de la emperatriz Elisabeth o Sisi, de la forma habitual: escenas filmadas se intercalaron con una de las piezas.

Los hermosos caballos de raza lipizzaner de la prestigiosa Escuela Española de Equitación aparecieron al ritmo del vals Los extravagantes, y los 100 años del Museo del Reloj vienés, con sus 4.000 ejemplares, se recordaron con la polka rápida Tik-Tak.

Dudamel expresó junto a los músicos «Feliz Año Nuevo» en un perfecto alemán, a pesar de que, según confesó en rueda de prensa el jueves pasado, no habla ese idioma.

Según dijo entonces, haber pasado a integrar la lista de grandes maestros que han dirigido este concierto, como Herbert von Karajan, Claudio Abbado, Carlos Kleiber, Zubin Mehta, Riccardo Muti, Nikolaus Harnoncourt, Seiji Ozawa o Daniel Barenboim, «es un sueño hecho realidad». Wanda Rudich

Los ensayos del concierto

 

Blog de Scherzo

SONRIENTE BAUTISMO

            La presentación de Gustavo Dudamel como protagonista del Concierto de Año Nuevo se ha saldado con fortuna. Se ha visto disfrutar al joven venezolano en sus evoluciones al frente de los Filarmónicos vieneses, a los que ha dirigido ya en numerosas ocasiones, aunque nunca en este festivo trance. Y se ha comprobado que los instrumentistas se encontraban a gusto bajo la flexible batuta, a la que han seguido con presteza. Incluso le han dedicado al maestro de Barquisimeto (1981) un aplauso especial al final de la sesión.

            No puede discutirse que el treintañero Dudamel, que va adquiriendo poco a poco una insólita madurez, posee una inexplicable magia en su contacto con las orquestas y que administra magníficamente un enorme poder de comunicación gracias al imparable juego chisposo que despliega su batuta, eléctrica donde las haya. En un par de lustros el joven músico ha recorrido un camino inmenso, tanto artística como territorialmente y ha ido creciendo en edad, saber y gobierno. Los propios de un superdotado, que ha alcanzado en muy pocos años una celebridad envidiable. Sin duda por méritos propios, aunque impulsado desde el llamado ”Sistema”, el complejo educativo venezolano creado en 1975 por José Antonio Abreu.

Dos importantes directores, Daniel Barenboim y Simon Rattle, influyeron en él y lo ayudaron no poco. Deutsche Grammophon, compañía con la que ha registrado varios discos de éxito, lo tiene contratado para un tiempo indefinido. El gesto de Dudamel es trémulo, vibrante, vigoroso, de una vitalidad aplastante; de él parece manar la música a borbotones, de forma imparable e irrefrenable. La firme batuta, más bien corta, es aladamente empuñada, en un permanente dibujo de claras anacrusas, con una segura batida que no pierde nunca el norte de las partes, diáfanamente perfiladas; un movimiento amplio y omnicomprensivo que viene impulsado por una permanente agitación del cuerpo y por el subrayado veloz y atosigante de la felina mano izquierda.

De todo ello ha dado muestras en este radiante concierto, en el que se han ofrecido, por primera vez en ese marco, hasta siete obras, entre ellas la obertura de Pique Dame de Franz von Suppé, la polca Pepita, la cuadrilla Rotonda y el vals Los extravagantes de Johann Strauss hijo, la última pieza alusiva a los caballos de la Escuela Española de Equitación de Viena. El concierto se ha cerrado con la polca rápida Tic-tac del propio Johann hijo. Luego los bises: otra polca rápida, Con mucho gusto, de su hermano Eduard, y, naturalmente, los consabidos El bello Danubio azul, de Johann II y la Marcha Radeztky de Johann I, en la que Dudamel ha logrado matizar hasta el infinito, con increíbles crescendi y diminuendi, las palmas del entusiasta público.

Ha sido un ejemplo de la actuación del director, atento a cada entrada y salida, que ha gobernado la sesión de memoria, con una seguridad y aplomo aplastantes y mostrando siempre una curiosa afinidad con los variados ritmos del 3/4 de los valses, el 2/4 de las polcas o el 2/2 de las marchas. Ha sabido regular y matizar, contrastar dinámicas, acelerar y retener con rara habilidad, aunque para nuestro gusto a veces se ha recreado demasiado en las suertes con el peligro de distorsionar, por leve que fuera este efecto, el discurso, algo en lo que caía en ocasiones Lorin Maazel, que fue el que estuvo más veces en el podio para presidir el acontecimiento, y que evitaba, pese a la elasticidad de sus tempi y flexibilidad acentual, Carlos Kleiber en sus dos añoradas y memorables actuaciones.

Dudamel se dejó llevar un poco exageradamente en ciertos momentos del Danubio azul, en el que amplió también la duración de los silencios y dibujó, y no sólo ahí, de manera excesiva los portamentos. Pero no llegó a cruzar el límite y supo reconducir el curso de la música que, con todo, sonó siempre fresca y refrescante, juvenil y sonriente, animada y tersa. No cabe duda de que su procedencia de un país que, al igual que Brasil, tiene muy acendrado el sentido de la danza, de los ritmos y del balanceo propio de un pueblo, que se contonea y vibra con la música popular, lo faculta para captar la agógica elemental de bailes de otras latitudes; como los nacidos en Viena y ciudades centroeuropeas más o menos cercanas, donde la presencia de los zíngaros y razas colindantes, tuvo una gran importancia.

De ahí que, con la mayor naturalidad, el director venezolano supiera marcar, sugerir, dibujar y arrastrar, sin llegar al desaforamiento, todo esos ritmos mencionados y contagiara al respetable que colmaba el Musikverein y que bailaba imaginariamente con él desde sus casas a través de la televisión. En nuestro territorio nos llegaron las impecables imágenes subrayadas por la puntual, bien medida y resuelta palabra de José Luis Pérez de Arteaga, ya tradicional timonel en esta fecha tan señalada. Él, como nosotros, comprobó hasta qué punto la batuta del director crecía y se flexibilizaba minuto a minuto, con un primer punto de inflexión en la chispeante y rotunda versión de la tan bella y variada obertura de Suppé. Los distintos episodios se vivieron eléctricamente y fueron cerrados con un vertiginoso cierre, de esos que te levantan del asiento.

Disfrutamos de otra novedad como el vals ¡Vamos adentro! de Carl M. Ziehrer y nos embelesamos con la inmediata y refinada recreación de La salida de la luna de Las alegres comadres de Windsor de Otto Nicolai, que recoge uno de los temas de la obertura de la ópera y que contó con la impecable y tan bien matizada intervención del Coro de los Amigos de la Música de Viena. La mencionada cuadrilla Rotonda del menor de los Johann fue una nueva oportunidad para apreciar la facilidad de Dudamel para diferenciar unos compases de otros y para dar el carácter adecuado a cada uno de los pasajes independientes de este tipo de forma musical.

Vibramos luego con el Galop indio de Johann padre y con la polca mazurca La chica de Nasswald del hermano Josef. Y enseguida otra obra grande, el vals Las mil y una noches de la primera opereta de Johann II, Indigo, donde hubo un espectacular despliegue de solistas, algo que puso de manifiesto una vez más la categoría de los integrantes de una orquesta en la que, afortunadamente, hay cada vez más mujeres y en donde hemos notado la falta de algunos veteranos y la presencia de nueva y enérgica savia. Al frente, jubilado ya Reiner Küchl como concertino, otro Reiner: Höneck, un gran instrumentista a quien recordamos haber escuchado en Madrid un estupendo Concierto de Berg, que estuvo asistido en el segundo atril por quien a veces se alterna con él: Albena Danailova. Arturo Reverter

La Razón 2/1/2017

Dudamel no se desmelena

Obras de Johann (padre e hijo), Josef y Edurad Strauss, Lehár, Nicolai, Suppé, Ziehrer y Waldteufel. Orquesta Filarmónica de Viena. Coro de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena. Director: Gustavo Dudamel. Musikverein de Viena, 1-I-2017.

El listón había quedado muy alto tras la actuación en 2016 de Mariss Jansons. Para equilibrar el balance, se había llamado al más importante fenómeno de la dirección orquestal de los últimos lustros, el venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), el más descollante producto del «Sistema» creado y diseñado, de manera revolucionaria, por José Antonio Abreu, directo profesor del artista de 35 años. Que Dudamel se volcó en la empresa es patente en dos datos de su actuación: llevaba todo el programa de memoria –él no le da importancia, se sabe poseedor de una retentiva privilegiada, digna de Toscanini, Maazel o Karajan– y la cantidad de piezas elegidas que constituían primicia en el «Neujahrskonzert», aunque esto última podría tener que ver con el rechazo a comparaciones el «compañero» Dudamel navegó con dignidad, soltura y poco más en la primera parte del concierto. De no ser por la efusividad que es gala y marbete del personaje, se podría hablar de un cierto hermetismo, con una contención y sobriedad que marcaron la media hora inicial del evento. La Filarmónica sonó maravillosamente –¡cómo iba a ser de otra manera!–, pero sin alma ni complicidad, con un dato significativo: a lo largo de toda la velada las habituales bromas de los instrumentistas o el director se redujeron al mínimo, salvado el silbato pajaril que Dudamel esgrimió al final de «Die Nasswalderin».

Pero en la segunda parte de la sesión, Dudamel salió dispuesto a comerse el mundo. No exhibió sabiduría vienesa ni el especial sentido del «rubato» que es marchamo de los grandes maestros que se han acercado a estas obras, desde Boskowski, Karajan y Kleiber hasta Prêtre, Barenboim, Harnoncourt, Mehta o Jansons. Eso lo adquirirá con el tiempo y con algunos años nuevos más a las espaldas, porque es previsible, dada su juventud, que vuelva a la Sala Dorada otro primero de enero. Pero generó energía –de la que estuvo ahíta la primera parte–, fuerza, convicción, entusiasmo y vocación por hacer honor a la música que interpretaba.

Desde la obertura «Pique Dame» de von Suppé, una de las siete novedades que el venezolano aportaba al primero de enero, la flexibilidad en el fraseo, la cuidada matización y el contraste de las dinámicas dejaron claro que Dudamel se sacudía todo freno y encorsetamiento y se tiraba a la piscina sin salvavidas. «La chica de Naswald», ya citada, fue un modelo de delicadeza y maravillosa dicción por parte de los solistas de la orquesta (los dos primeros violines y el arpa). Quizá por ello, Dudamel fue desgranando páginas en las que la competencia era nula o lejana, prescindiendo de los grandes valses de los dos Strauss, Johann y su hermano menor Josef, que elevaron la forma a la categoría de música irrepetible. Sólo «La llamada infernal de Mefisto» y «Las mil y una noches» entraban en el paradigma del gran vals vienés, y la lectura del primero fue comedida y justita. Dudamel brilló en piezas como el «Galop indio» de Strauss padre, el Vals «Los extravagantes» –homenaje a los caballos lipizanos de la Escuela Española de Equitación–, el «Hereinspaziert» de Ziehrer, o la tan hermosa «Salida de la luna», entresacada de «Las alegres comadres de Windsor», de Otto Nicolai, el fundador de la Filarmónica de Viena, página interpretada acertadamente con prestación coral, la de los cantores de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena.

Pero al artista el pasado se le presentó inexorable al llegar al «Danubio Azul», el vals más famoso de la historia. La interpretación de Dudamel fue irrelevante, con varios momentos de hermoso fraseo, pero sin la grandeza última que esta música encierra y que sólo desentrañan los hondos conocedores, aquellos que pueden pasar de lo repetitivo y mediano a lo excepcional. Todo fue preciso y justo en su versión, pero no hubo un componente «extra». Dudamel estuvo mucho más a gusto, y divertido, en la «Marcha Radetzky», y pudo terminar entre aclamaciones.

Viena ha llamado para 2018 a otro de los iconos de la Filarmónica, Riccardo Muti, que, aunque no los aparente, tendrá 76 años, tantos como el Concierto de Año Nuevo, en la edición venidera. Dudamel ha calentado motores, por así decirlo, en esta primera comparecencia en el concierto más difundido del planeta (90 países lo veían/escuchaban por radio y televisión, y la audiencia se calcula en 50 millones de espectadores). Tiene tiempo para perfeccionar sus interpretaciones, dejar el hermetismo en casa y medirse con los grandes del ayer.

Dudamel cumplirá 36 años el próximo 26 de enero. Es el director más joven que ha estado al frente del Concierto de Año Nuevo, cuya media de edad ronda los 50. El más joven antes que el venezolano fue Josef Krips (nos remontamos a 1946), que lo dirigió con 44; Clemens Krauss y Willi Boskovsky, lo que más veces lo han dirigido –el primero, 13; el segundo, 25–, tenían 46 cuando les tocó el turno. En el lado opuesto, el más veterano fue el maestro Georges Pretre: tenía 84 la primera vez y 86 la segunda y en ambas ocasiones, sobre todo en la primera, hizo gala de una maestría, vitalidad y frescura inusuales para casi un nonagenario. El predecesor de Dudamel, Welser-Most, contaba 51 y Barenboim, 67. J.L. Pérez de Arteaga

https://youtu.be/ZmIt5vuLR8g

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