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Críticas a Mahagony en el Real
Las críticas a Eugenio Oneguin en el Real
Por Publicado el: 17/09/2010Categorías: Diálogos de besugos

las criticas a Moctezuma

He aquí las críticas apresuradas en El Mundo, ABC y El Imparcial a una ópera desconocida. Vela del Campo y Alonso se negaron a a dar un bajonazo y prefirieron meditar un día más para El País y La Razón. González Lapuente y Alonso coinciden al 90%, pero este último tiene el humor para criticar a Mortier con sus propias armas. Se desmarca Vela quien, por razone obvias, se ve obligado a rebuscar algo positivo, en este caso habla de «lo político», ¿pero dónde estuvo la positividad de lo político?

EL MUNDO

La cantata del malvado Gachupín

Ópera. El público del Teatro del Canal premió con el éxito la resurrección de una obra rara, perfumada por el encanto barroco

‘MONTEZUMA’

Autor: Carl Heinrich Graun. / Director de escena: Claudio Valdés Kuri. l Director musical: Gabriel Garrido. / Intérpretes: Flavio Oliver, Lourdes Ambriz, Rogelio Marín, lucia Salas, Una López./ Escenario: Teatros del Canal./ Fecha: 15 de septiembre.

Calificación: **

ALVARO DEL AMO

Ni la leyenda resultó finalmente tan negra, ni las anunciadas estridencias del montaje rozaron el temido o deseado escándalo. Un público paciente, atento y disciplinado recibió con sinceros aplausos una función vocal y musicalmente notable, algo empobrecida por un montaje errático.

La conquista y colonización de América por el incipiente imperio español no ha sido asunto que interesara a la forma ópera. Se diría que los historiadores de Indias y Fray Bartolomé de las Casas, los cronistas y el defensor de los indígenas, agotaron el tratamiento de un periodo trascendental en la con-figuración del mundo, susceptible en su complejidad de ser observado como la gesta heroica de un pueblo hambriento, como el genocidio masivo perpetrado por una guerra colonial inédita desde el belicoso imperio romano, o como la fusión más o menos problemática de razas, creencias y culturas.

Diversos puntos de vista más complementarios que excluyentes, aunque la Europa ilustrada tendiera a ponerse de parte del oprimido y de la sociedad aislada y autónoma asaltada por la violencia del invasor.

Carl Heinrich Graun no es hoy un compositor transitado; músico en la corte prusiana del rey Federico, apellidado el Grande, se especializó en obras de carácter religioso; de sus cinco óperas se rescata la dedicada al caudillo azteca, que también inspiró a Vivaldi.

La sinfonía, preludio u obertura puramente instrumental que inicia la obra podría perfectamente servir de pórtico a una misa, un réquiem o un stabat mater. Porque mucho de cantata, profana pero cantata, tiene una partitura que si no alcanza la grandeza de los grandes barrocos despliega delicadeza y variedad de invención, rico metodismo y particular esmero en el tratamiento vocal. Las voces, todas en un registro agudo, nada menos que con tres contratenores en el reparto, deben apechugar con la monotonía de largos recitativos y con la agotadora extensión de algunas arias, proezas que el bien conjuntado elenco cumple con dominio y que la pareja protagonista realiza de un modo sobresaliente.

El Montezuma de Flavio Oliver es dúctil y dramático, así como la reina de Lourdes Ambriz, cuya larga aria del final de la primera parte fue justamente aplaudida; aparte de las exigencias puramente vocales,

con severa coloratura y un amplio registro, la artista la cantó arrastrándose arriba y abajo de una escalera.

El Concerto Elyma, especializado en instrumentos originales dirigido por Gabriel Garrido actúa con impecable rigor, aunque cabría exigir algo más de imaginación y una mayor densidad sonora.

La dirección escénica improvisa en sus alusiones a la imaginería mexicana sin lograr una mínima dosis de sorpresa, aunque lo intenta; en la segunda parte la orquesta sube al escenario y todos se entregan a un penoso batiburrillo patriótico.

ABC:
ÓPERA

ReEscribir la historia

MONTZUMA

Autor: Carl. H. Graun. Int.: F. Oliver, L. Ambriz, R. Marín, L. Salas, L. López, A. Popescu, Ch. Carré, Coro de Ciertos Habitantes, Concerto Elyma. Dir. escena: Cl. Valdés Kuri. Dir. musical: G. Garrido. Lugar: Teatros del Canal. Fecha:15-1X

ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

Sigue el Teatro Real calentando músculo en el arranque de la temporada y a las representaciones «extraordinarias» de «Eugenio Oneguin» le siguen ahora otras que bajo la misma denominación se acogen al bicentenario del proceso de independencia de las repúblicas iberoamericanas. Trasladado a los Teatros del Canal, el Real estrenó anoche y por primera vez en España «Montezuma» (1755), la ópera de Carl Heinrich Graun compuesta a partir de un libreto del dieciochesco e ilustrado Federico II el Grande, rey de Prusia, en la que se nana el encuentro entre el «dulce» emperador azteca y el «cruel» conquistador Hernán Cortes. Por cierto, un episodio muy dado a la dramatización como bien corroboran laveintena de óperas que sobre él se han escrito a lo largo de la historia

Pero no importa tanto ahora el argumento de base como la interpretación que de él se hace en Madrid tras el estreno previo de la producción, este verano, en el Festival de Edimburgo. Porque apenas cabe la discusión sobre la propuesta ideológica del rey Federico, un ilustrado y amigo de filósofos que hizo valer la defensa de los más débiles, en este caso los conquistados frente al conquistador. La industria de la ópera es tan compleja que el menor tropiezo puede desbaratar cualquier intención más ambiciosa. Lo demuestra aquí el di-rector de escena mexicano Claudio Valdés Kuri que dispuesto a que se note su presencia deja hecha añicos a «Montezuma» y, de paso, a su espíritu dieciochesco, elegante y refinado. Teatro básico es la expresión que anoche inventaba una sabia espectadora para explicar un proyecto escénico que además de banalizar el mensaje lo desarrolla con toscos recursos y torpe realización. Un vestuario elemental y una iluminación suficiente completan un total en el que las ideas añadidas y el tono irónico pierden cualquier valor, ya sea el sacrificio que Montezuma hace en el arranque, los vendedores de baratijas, los gestos revolucionarios, el cantante con el megáfono, el perro que ladra acompañando a Pánfilo de Narváez o las botellas sodomizantes.

Y ante esto cabría el consuelo de la música si no fuera porque mejores tiempos tuvo el director Gabriel Garrido, en quien se llegó a admirar, y mucho, la vitalidad de sus versiones, el nervio, la expresividad y las ideas brillantes, pero que en esta ocasión alcanza a situarse en una plana ejecución que a duras penas saca flote el Concerto Elyma, flojo en el sonido, escaso en la intención y con muchas carencias instrumentales. Así, como si de una avalancha se tratase, en «Montezuma» acaba fallando hasta el apuntador, que ya es pena ver al buen contratenor Flavio Oliver defender a duras penas un difícil papel, con algún salto terrorífico, y que, mientras se pone y se quita la camiseta, se afirma como lo más reseñable del elenco. Se pierde con ello el gran duelo entre los dos protagonistas, dos voces iguales que aquí no lo son porque el también contratenor Adrién-George Popescu cambia de color vocal con facilidad y no termina de regular el gran caudal que tiene. Quizá merezca la pena citar también a Lourdes Ambriz pues aun dibujando a la esposa del emperador con timidez, deja frases perfiladas con gusto y coloraturas cuidadas que tiemblan ante una inestable afinación. Apetece que lleguen al Real las funciones «ordinarias».

EL IMPARCIAL:
Montezuma se lleva la ópera fuera del Teatro Real

La de anoche no fue una velada de estreno habitual en la temporada lírica de la capital. Para empezar, el escenario no era el esperado, es decir, el del Teatro Real.
Alicia Huerta
Los aficionados no pasaron anoche por la Plaza de Oriente para acudir al estreno de una ópera que, por otra parte, se esperaba con una mezcla de curiosidad y polémica. La Sala Roja de los Teatros del Canal aguardaba a los espectadores que, atónitos, se encontraban al entrar con varios “vendedores” de camisetas y diversas piezas de artesanía típicamente mejicanas, que anunciaban al respetable con gritos de “Esto no es un juego, esto es de verdad”. La advertencia, desde luego, parecía necesaria, y pasado el momento de perplejidad, algunos hasta se acercaron para “interesarse” por las camisetas a 20 euros o por los collares a 10.

Pero tampoco el público era, en realidad, el estrictamente habitual. Ya dijo Gerard Mortier, el nuevo director artístico del coliseo madrileño, al principio de la temporada, que la ópera Montezuma estaba dirigida a un público más joven y que en los Teatros del Canal los precios serían más asequibles para atraer a ese público. En todo caso, la elección del escenario de la Sala Roja fue el primero de los aciertos de la producción, y además, adelantemos que no fue el único. Un escenario más pequeño y recoleto que el del Real constituía un marco más adecuado para una escena minimalista en la que lo verdaderamente importante fueron las notables interpretaciones vocales y actorales de sus protagonistas: los contratenores Flavio Oliver, en el papel del emperador azteca, Andrián-George Popescu, en el rol del malvado Hernán Cortés, y Christophe Carrè, como el pánfilo de Nárvaez; así como las sopranos agudas Lucía Salas, Lourdes Ambriz y Lina López, o el único tenor de la obra, Rogelio Marín. Un reparto que fue el segundo acierto de la noche, junto con la actuación del grupo vocal e instrumental Elyma dirigido por el argentino Gabriel Garrido, y la del Coro de Ciertos Habitantes, un conjunto de reciente formación que participa en el proyecto de la compañía de teatro contemporáneo dirigida por Claudio Valdés en Méjico.

Montezuma no es una ópera que se represente de forma habitual en los teatros europeos. En España, por ejemplo, es la primera vez que esta ópera barroca, compuesta en 1755 por el alemán Carl Heinrich Graun y con libreto escrito por Federico II de Prusia, se sube a un escenario. Y lo hace con una producción financiada por diversas instituciones, entre ellas el Teatro Real y el Festival Internacional de Edimburgo, donde se estrenó el pasado mes de agosto después de haberlo hecho en Alemania, con entusiastas aplausos por parte del público y el rechazo unánime de la crítica británica, que calificó el montaje del director de escena mejicano Claudio Valdés de “auténtico disparate, claramente ofensivo y antiespañol”. Lo cierto es que el afrancesado monarca prusiano escribió la obra otorgando a Montezuma una personalidad pacífica, bondadosa y confiada, a pesar de que su primera aparición en la obra la haga preguntándose si “¿acaso es un mérito no ser un monstruo?”, mientras sujeta entre sus manos el corazón aún palpitante que acaba de arrancar a un hombre. Hernán Cortés, por el contrario, llega dispuesto a destruir con innecesaria crueldad el reino azteca que encuentra a su llegada y en este violento cruce entre los dos poderosos, Federico II de Prusia pareció encontrar el motivo perfecto para hablar de sí mismo, proyectando en la ópera la visión que tenía de su propia persona, sus preocupaciones y su historia, para lo que inventa personajes como el de Eupafórice, la reina a punto de esposar a Montezuma, en quien vuelca sus personales pasiones.

Sin embargo, la presentación escénica propuesta por Valdés en su debut operístico y por el escenográfo belga Herman Sorgeloos estuvo muy lejos de terminar con tanto acierto. Su falta de originalidad, con recursos tan manidos como los espejitos que desde el escenario deslumbran al respetable, las carreras de relevos, el escondite inglés, los cambios de vestuario al final de la obra que despojan a los cantantes de sus vestimentas, más o menos de la época, para enseñarnos de repente a un punk, a una colegiala minifaldera, o a Hernán Cortés trajeado y encorbatado, restan coherencia a la escena. Y la pegada de cárteles pidiendo la libertad para los presos políticos, las pancartas, los gritos de megáfono, el sombrero mejicano en el que se lee a un lado “Viva Méjico” y al otro “Cabrones”, y las botellas de agua y Coca-Cola colocadas entre las piernas de los cantantes, no ayudan, desde luego, a mejorar las cosas. Tampoco las escenas que se esperaban con más prevención, aunque parece ser que han llegado algo suavizadas al estreno español de la obra, como aquellas en las que Cortés sodomiza a Montezuma, o se desnuda para “atacar” apasionadamente a su amante, o en la que su lugarteniente mete mano a la reina mejicana armado con un palo mientras se toca los genitales, llegan a provocar realmente. Valdés pierde en tanto detalle inútil la oportunidad de crear una auténtica y, por qué no también sana, polémica. Eso sí, los cantantes demuestran que son capaces de entonar sus poderosos agudos en las situaciones más comprometidas: paseando a un perro que ladra, encaramándose a unos tacones con una venda en los ojos, deslizándose a empujones por unas escaleras o colgado desde lo alto de una columna.

La Razón

Temporada del Real en el Canal
Chorrada con miedos
“Moctezuma” de C.H.Graun. F.Oliver, L.Ambriz, R.Marín, L.Salas, L.López, A.Popescu, C.Carré. Coro de Ciertos Habitantes y Concerto Elyma. C.V.Kuri, dirección escénica. G.Garrido, dirección musical. Teatros del Canal. Madrid, 15 de septiembre.
Al empezar la función unos mejicanos intentan vender abalorios a Gerard Mortier en el patio de butacas para luego pasar a dar la misma murga a Moctezuma antes de que al emperador sea hecho prisionero, vestido con poncho y gran sombrero mejicano con el rótulo “Mexico, cabrones” y Hernán Cortés le encule tras previamente haberse flagelado pidiendo perdón por ello. Cierto es que a Moctezuma no le debió doler mucho ya que el caudillo la tenía bien pequeña, como los espectadores después pudimos comprobar cuando se despelotó para beneficiarse a la amante que se trajo de España. ¡Qué fácil todo!
La producción, que ha costado poco aunque a veces lo barato sea caro, es simplemente una chorrada. ¿Por qué se ha tenido miedo y se ha suprimido la violación anal con botellas de Coca-Cola que hubo en el estreno de Edimburgo, por cierto bien vapuleado por la crítica? A estas alturas de la película los directores de escena ya nos han dado tanto a los aficionados que nos hemos convertido en masoquistas y nos dejamos hacer sin rechistar. El problema de la producción de Claudio Valdés Kuri, que por miedo no se atrevió a salir a saludar, es simplemente su pobreza e irrelevancia. Se entiende que México pueda celebrar el bicentenario del inicio de las independencias iberoamericanas con ella, pero España podía haber participado con algo más apropiado. Como el arte es libre, Federico II escribió un texto que ensalza a Moctezuma y envilece a Cortés y los españoles. Digno parangón a los cuadros de Diego Rivera en el Palacio de Gobierno de Ciudad México. Perfecto para estos tiempos en que hemos de pedir perdón por todo, incluso por pasearnos por Melilla. Carl Heinrich Graun (Brandenburgo, 1704-1759) fue uno de esos autores muy apreciados en su tiempo y nada después. Las más de tres horas de música de “Moctezuma”, contienen algunas bellas arias de carácter contemplativo y muchos recitativos en donde se expone la acción, pero resulta plana a pesar de haber sido recortada con acierto. No hay un dúo … bueno sí, el de Pánfilo de Narváez con su perro, que hizo exclamar a un crítico exagerado que éste era el menos perro de los que pululaban por el escenario. Mortier, según la reciente entrevista en Scherzo, se resiste a programas óperas españolas de la época de Federico El Grande o Carlos III porque no valen dos duros. ¿Acaso ésta vale más que las de Durón, Literes o de Nebra?
En el reparto, con tres contratenores, sobresalieron el Moctezuma de Flavio Oliver, por canto, pectorales y ejercicios de saltimbanqui, así como la Eupaforice de Lourdes Ambriz. Gabriel Garrido dirigió una orquesta reducida sin el pulso de otras ocasiones. Sin escena, vestuario, iluminación e impulso orquestal y canoro poco aporta este título a la temporada. Dice Mortier que la ópera ha de ser transgresora –espero que coherentemente entienda que también la crítica- y que prefiere ésta al aburrimiento. Para mí que, sobre ambos, están las cosas bien hechas. Gonzalo Alonso

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