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Por Publicado el: 15/12/2019Categorías: Colaboraciones

Obituario Peter Emmerich

Obiturario

Muere Peter Emmerich, figura imprescindible del nuevo Bayreuth

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Peter Emmerich

“¿Entonces eres bisnieto de Richard Wagner?” “Ja ja. No, no, lo siento. ¡Soy simplemente el Jefe de Prensa del Festival de Bayreuth!”. La conversación entre el despistado periodista y Peter Emmerich transcurre el 27 de septiembre de 1992, en Sevilla, un día antes de que Wolfgang Wagner, el “nietísimo” de Richard Wagner, presentara en el Teatro Maestranza, durante la programación de la Expo-92, su particular montaje de El holandés errante. Era tal la cercanía de Peter Emmerich con el viejo director del Festival de Bayreuth que el desnortado crítico lo pensó su hijo.

Peter Emmerich, cerebro gris del festival wagneriano, Jefe de Prensa y portavoz del mismo desde que Wolfgang Wagner lo sacara de su Dresde natal en 1989 y se lo llevara a Bayreuth con el visto bueno de la oficialidad de la entonces República Democrática Alemana, ha sido localizado muerto en su domicilio de Bayreuth el pasado miércoles. Contaba 61 años y su inesperado fallecimiento ha conmocionado el universo wagneriano, del que era una de sus figuras más influyentes y respetadas. “Estoy completamente conmocionada. Increíble. No tengo palabras”, decía Katharina Wagner, hija de Wolfgang Wagner y actual directora del legendario festival wagneriano, el pasado día 11, el mismo día que fue hallado el cuerpo sin vida de quien ha sido uno de sus más estrechos colaboradores.

Aquel primer encuentro sevillano, cuando Emmerich hizo de guardia pretoriana de Wolfgang Wagner ante el joven periodista y ya todo apuntaba a que acabaría siendo uno de los guardianes más fieles y decisivos del Grial bayreuthiano, fue el inicio de una larga e ininterrumpida amistad cargada de complicidades, risas, buen humor, cervezas y, siempre siempre, con la silueta de Wagner y de lo que pasa en el mundo wagneriano como tema recurrente. Cada nuevo encuentro, suponía una puesta al día de personajes y situaciones. Administraba con asombrosa pericia la información –la tenía toda- wagneriana, los entresijos de lo que pasó, pasaba y casi pasará dentro de las paredes centenarias de Bayreuth, que él conocía como nadie.

Ensayos, historias e historietas de cantantes, directores y directores de escena, programaciones de futuras ediciones, broncas y trifulcas, cancelaciones… Me fascinaba la confianza con la que compartía tantos entresijos y cuestiones internas. Fue una confianza –evidentemente, tenía la certeza de que nada iba a salir de nuestra amistosa intimidad- que siempre valoré. A veces, cuando había algo muy muy apetitoso de contar, le preguntaba: “¿Puedo publicarlo?”. La respuesta me dejaba perplejo: “¿Para qué piensas que te lo estoy contando? Tú eres un profesional y sabes muy bien lo que puedes y no puedes escribir”.

Esa confianza sin reservas, tan rara en nuestro entorno mediterráneo, donde a los periodistas y críticos se nos ve casi como enemigos, me fascinaba. Cuando publicaba críticas duras, incluso muy, muy duras del Festival, de sus montajes o historias, era inevitable cierto sentimiento azaroso al vernos. Cuando yo balbuceaba alguna excusa, alguna justificación sobre lo escrito, él parecía no entender mis sentimientos de culpabilidad: “Tú haces tu trabajo y yo el mío, no tienes que explicarme absolutamente nada. ¡Venga, vamos a tomar una cerveza!”. Y vuelta a empezar: a chismorrear de lo divino y de lo humano, del Walhalla y del Festspielhaus y sus inagotables historias y desventuras. Siempre con un cigarrillo en la boca, a la manera de Santiago Carrillo. Cuando aún se podía fumar en los despachos, el suyo parecía más un fumadero que cualquier otra cosa. Los ceniceros rebosaban colillas y el aire era verdaderamente irrespirable.

Wolfgang Wagner había conocido a Emmerich en Dresde, donde éste había nacido y desarrollaba su incipiente carrera como hombre de teatro. Trabaja en la Semperoper cuando el viejo Wolfgang Wagner llegó allí para poner en pie su montaje de El holandés errante. Pronto se percató de la valía de aquel joven ciudadano de la República Democrática Alemana –la tierra de Kupfer Götz Friedrich y de tantos otros grandes del teatro alemán de la posguerra- y logró, tras negociarlo con las autoridades comunistas de la extinta RDA, llevarse al joven Peter a la República Federal, para desarrollar su actividad profesional en Bayreuth y convertirlo en su hombre de confianza dentro de la estructura del Festival wagneriano, del que pronto se convirtió en uno de los personajes más influyentes y decisivos, siempre a la sombra de Wolfgang Wagner.

Pero Emmerich no era solo la voz de Bayreuth en el mundo y la persona de contacto para los periodistas y críticos de cualquier país. Era, además, una de las cabezas más lúcidas y sabias de la Colina Sagrada. Lo fue con Wolfgang Wagner, y también luego, con su hija Katharina. Muchos pensaron que con la muerte del viejo Wagner en 2010, los días de Emmerich estaban contados en el santuario wagneriano. Sin embargo, muy pronto se ganó la confianza y el afecto de su hija Katharina Wagner, que mantuvo intacto el statu quo de Emmerich en el organigrama y, sobre todo, en el día a día de Bayreuth.

Siempre administró con tino y afinado tacto las situaciones más delicadas. Era el hombre tranquilo capaz de permanecer sereno en medio de las borrascas más virulentas. Como señala el comunicado publicado por el propio festival con motivo de su muerte, “fue especialmente apaciguador en situaciones delicadas; siempre supo cómo encontrar el tono acertado y la elección correcta de las palabras”. Fue él quien templó los momentos más difíciles y delicados, como cuando, en 2012, resurgió el debate nazi sobre un supuesto tatuaje de esvástica por el cantante ruso Yevgueni Nikitin en 2012, o cuando se dijo unos años más tarde que Eva Wagner-Pasquier, la hermana de Katharina, había recibido una “prohibición de pisar el Festspielhaus”.

De idéntica habilidad y mano izquierda hizo gala Emmerich para sortear, en 2010, las noticias que se publicaron sobre él mismo, según las cuales antes de abandonar Dresde, siendo aún veinteañero, a finales de los años setenta, trabajó para la Stasi, la conocida policía secreta de Alemania del Este. “Hay que tener en cuenta las condiciones de la RDA. Todos han espiado a todos. Yo no era un héroe”, dijo sin escurrir el bulto. Katharina Wagner no dudó en esos momentos delicados estar junto a su portavoz y jefe de prensa, al que defendió a capa y espada.

Bayreuth no será lo mismo sin Peter Emmerich. Con su muerte, el Festival de Wagner pierde a uno de sus personajes más fundamentales e imprescindibles. Pero también, parte de su memoria. De la que se puede contar, y, sobre todo, de la que no. En el renovado Pressebüro seguirá oliendo a tabaco durante un tiempo. Y él seguirá viviendo en el recuerdo afectivo de todos los que le quisimos. Como Friederike Emmerich, su gran amiga y ex esposa, llegada también a Bayreuth desde Dresde. Justo Romero

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