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Temporada 2010/2011 de la ORCAM
Giulietta Simionato, mezzosoprano Inteligencia, voz y corazón
Por Publicado el: 23/05/2010Categorías: En la prensa

Obituarios de Suso Mariategui por Justo Romero, Juan Angel Vela del Campo y Jerónimo Saavedra

Suso Mariátegui
Tenor incomparable
EL MUNDO, 22 de mayo
“¿Quééééé?”. El mazazo llega a las 12.15 horas de ayer. Por teléfono, claro: “Esta madrugada ha muerto Suso Mariátegui. Le ha dado un infarto y ha caído fulminado”. Suso Mariátegui, tenor de cultura y sabiduría, ha fallecido en Madrid, y acaba de llegar de Nueva York, donde había impartido unas clases magistrales que resultaron, según sus siempre positivas palabras, “fabulosas”. Apuesto, guapo, coqueto y bien cuidado, estaba en forma y nada hacía imaginar el desenlace. Suso vivió con profusión, regusto y alegría. Enamorado de la música y de todo.
Es difícil asumir la desaparición de un personaje tan pletórico, tan cargado de aliento, vitalidad e ilusión como él. Cantante de gusto exquisito y completa formación, Mariátegui no era sólo uno de los más refinados liederistas españoles, sino un artista de convicción, que alternó escenario con algunos de los mejores intérpretes o directores, desde Alfredo Kraus a Renata Scotto o Riccardo Muti.
Dominador de un extenso repertorio que se extiende desde Monteverdi y los renacentistas hasta Luis de Pablo, Ulrich Küchl o los Beatles, Suso Mariátegui era una personalidad incomparable. No sólo en el teatro, donde interpretó innumerables papeles, sino también en la vida privada. A diferencia de tantos colegas, él era un artista cuyo genio no se limitaba al tiempo minutado del escenario. Su personalidad contagiosa y amena invadía siempre su entorno. Resultaba imposible estar cerca de él y no impregnarse de su humor inteligente, de sus agudos comentarios, de su conversación nutrida en una vida rica en vivencias y experiencias. Una personalidad única que persistirá en la memoria de cuantos quedamos seducidos por esa manera de ser absoluta y exenta de límites.
Hijo predilecto de Las Palmas desde 2003 y colaborador de Alfredo Kraus en la Escuela Superior de Música Reina Sofía de Madrid entre 1994 hasta 1999, Suso Mariátegui nació en la capital grancanaria, donde curso estudios de derecho y canto. Pronto colgó la toga para decantarse exclusivamente por la carrera artística. Se marchó a Viena para estudiar en la Hochschule für Musik. En la capital austriaca trabajó durante tres intensos años con el legendario mozartiano Anton Dermota, de quien heredó el misterio del Lied y se sumergió en la melodía romántica alemana y en el repertorio de Mozart, el cual se ajustaba como anillo al dedo a sus cualidades vocales y artísticas.
Su debú internacional se produjo en 1971, en Salzburgo, con el Tamino de La flauta mágica. Su voz de tenor ligero sirvió roles de muy diverso signo: desde los comprometidos papeles belcantistas de Donizetti, al Don Ottavio de Mozart o muchos de los personajes operísticos de Britten. Su cuidada dicción, la pulida expresión que emanaba de su formación humanística y la sensibilidad sin reservas le permitieron afrontar con similar éxito el repertorio del oratorio, de concierto y el espinoso mundo del recital. En la memoria quedan sus interpretaciones de Pulcinella de Stravinski, Carmina Burana de Orff o el Evangelista de La Pasión según San Juan de Bach. Su selecta discografía comprende Lieder y canciones de Beethoven, Mendelssohn-Bartholdy, Schubert, Schumann y Hugo Wolf, entre otros compositores.
En 1971 debutó el papel de Ernesto en Don Pasquale de Donizetti en el Schönbrunn Schlosstheater de Viena. Dos años después, en 1973, se presentó en el Festival de Wexford (Irlanda) con otro título donizzetiano: L´ajo nell´imbarazzo. También ha interpretado con éxito papeles de óperas tan diversas como Borís Godunov, El caballero de la rosa o Ariadne auf Naxos.
En el ámbito de la música contemporánea, en 1983 participó en el estreno de la ópera Kiu, de Luis de Pablo. También protagonizó la primera audición de Tamar, ópera de Ulrich Küchl que presentó en Austria, en el Karintischer Sommer, en 1990. Mariátegui cantó, entre otros espacios, en la Sala Verdi de Milán, Ópera de Teherán, Brucknerhaus de Linz, Festival de Viena, Festival de Wexford, Festival de Ópera de Madrid, Festival de Música de Canarias, Liceu de Barcelona, Teatro São Carlos de Lisboa, Teatro Nacional de Caracas, Auditorio Nacional de Madrid, Teatro de la Zarzuela de Madrid, Palau de la Música de Valencia o Palau de la Música de Barcelona.
En 2005 alcanzó un señalado éxito de crítica y público con el recital «De Monteverdi a los Beatles o una Historia del Canto», que estrenó en el Festival de Música de Canarias, y presentó en otras capitales españolas y extranjeras. Entre los directores con los que colaboró figuran Leonard Bernstein, Rafael Frühbeck de Burgos, Miguel Ángel Gómez Martínez, Riccardo Muti, Antoni Ros Marbà y Julius Rudel. Pero su mejor universo expresivo lo encontró en el mundo íntimo del Lied, que interpretó y grabó siempre acompañado por su esposo, el pianista Edelmiro Arnaltes. Justo Romero

Suso Mariategui, nació en Las Palmas de Gran Canaria, en 1941, y falleció ayer viernes, 21 de mayo, en Madrid, con 69 años.

Obituario de Suso Mariategui
El País 22/05/2010

El tenor más querido por Alfredo Kraus admiraba el lied alemán. No era un contrasentido. Hasta cierto punto el belcantismo de Bellini o Rossini y el universo poético de Schubert y Mendelssohn tienen muchas afinidades. Suso Mariátegui falleció ayer de un infarto en Madrid. La muerte, una vez más, ha hecho una de las suyas. Pero las imágenes de Suso permanecen con una fuerza inusitada. Pronunciando hasta las últimas consonantes del alemán. Recreándose en ellas, enfatizándolas, amándolas. Las consonantes y las vocales. Su pasión por el lenguaje le llevó al mundo del lied, a La bella molinera, de Schubert.
Había nacido en Gran Canaria, como Kraus, su maestro y amigo. Allí estudió Derecho y Música. En Viena perfeccionó el canto y la interpretación. Tuvo de consejero y maestro durante varios años a Anton Dermota, una leyenda del canto. En 1971 debutó en una ópera representada. Fue en Salzburgo, en el personaje de Tamino, de La flauta mágica, de Mozart.
A lo largo de muchos años alternó Donizetti con Schumann. Y sentó cátedra en dos papeles aparentemente menores: El Inocente de Boris Godunov, de Musorgski, y el cantante italiano de El caballero de la rosa, de Strauss. Hace cinco años escribí una reseña en este periódico de un recital suyo en Los Llanos de Aridane, en la isla de La Palma. Era un recorrido de Monteverdi a los Beatles, con parada y fonda en Pergolesi, Guastavino, Girastera, Fauré, Mozart y Schubert. Había en la sala un público mayoritariamente alemán: receptivo, entendido, entusiasta.
Se había apoderado de Suso un concepto didáctico de la existencia. En los recitales, en las clases, en sus libros. En La jungla de la ópera conseguía ir más allá aún que en sus 106 reflexiones sobre la voz y el canto. En realidad, los dos libros son un compendio de su experiencia profesional, alrededor de temas como la relación entre maestro y alumno, la respiración, las diferencias entre voz hablada y cantada, el arte de comunicar, la afinación, la técnica, los médicos y enfermedades vocales, la humildad del buen cantante, el minuto antes de salir a escena o la visión histórica de una manera de hacer la ópera que mucho me temo que no volverá a repetirse en el futuro.
Vivía con el pianista Edelmiro Arnaltes. Hacían música juntos, compartían el paso de los días. A Suso le gustaba cocinar. A la alemana, preferentemente, con las salchichas acompañadas de una deliciosa kartoffelsalat. Y los dulces, una tentación inevitable. Suso era generoso, divertido, lúcido, dialogador, buena persona.
En la última cena que compartimos, me regaló un DVD de Norma. Paradojas de la vida. Horas después de escuchar esta ópera en el Teatro Real me llegó el mazazo de su fallecimiento. Dudo que vuelva a escuchar esta ópera en mucho tiempo. O quizás sí. Pensando en él. Como un último homenaje de una amistad cortada de raíz. Juan Angel Vela del Campo

Magistral Mariategui
EL PAÍS – Obituarios – 23-05-2010

Había anunciado Suso Mariategui, desde Madrid a su regreso de Nueva York, esa misma noche trágica, que asistiría a la última representación de La italiana en Argel, programada para hoy domingo en el teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria. Con el humor que le caracterizaba, hizo la reserva de dos localidades. Una parada cardíaca truncó los planes. Aún dura el aturdimiento por el impacto de la mala nueva. Y tan mala.
«Esta ciudad te fascina pero también te destruye. Tengo los pies destrozados de tanto caminar», comunicó como con ganas de reencontrarse con su gente de siempre, la gente que ahora ha de acostumbrarse a su ausencia, la que rescatará fotos y vídeos para evocar momentos y actuaciones. Era uno de los invitados habituales en mi casa en cada cita del 25 de diciembre, cuando comentaba con sabiduría alguna representación reciente o avanzaba sus intenciones para el año siguiente. Y cuando bromeaba, con agudeza e ironía, en torno a alguna personalidad, su infancia claretiana, un hecho religioso o un titular periodístico.
Ahí, en esas reuniones, con ese peculiar sentido del humor, se contrastaba su perfil de grande. Le conocía desde la época universitaria. Estaba claro que preferiría la música al derecho. Si entonces ya era gracioso y divertido, tales perfiles se acentuaron con el paso de los años en los que fue labrando con esmero la materialización de su sueño profesional: realizarse como artista, como cantante entre Madrid y Viena. Le avalaba la figura legendaria de Anton Dermota.
José Luis Gallardo lo definió atinadamente en cierta ocasión: «Entonación, estilo, justeza, expresividad y sentimiento -por decirlo casi todo, en fin- nos revelan un Suso Mariategui -mejor: lo confirman- como el gran tenor mozartiano que estábamos esperando». Ese juicio crítico es revelador. Es fácil decir ahora que ponía el alma en cada interpretación pero quienes le seguimos sabíamos de su sensibilidad para superarse y para perfeccionar desde aquel debut en Salzburgo, en 1971, con La flauta mágica. En sucesivas apariciones en el Festival de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria, cantando Elisir d’amore, Don Giovanni, Otello o Don Pasquale, contrastamos el crecimiento del tenor, de un Mariategui lúcido y sólido, admirable, con su singular manera de frasear hasta la sublimación del dominio técnico.
Trabajó con otro grande, con Alfredo Kraus, en la Escuela Reina Sofía de Madrid. Su Majestad habrá lamentado también la pérdida de Suso, un notable estudioso de la obra de Mozart. La nobleza de Mariategui era también ponderada en sus clases magistrales y por los numerosos cantantes líricos españoles a los que guió. Una persona excelente, que se hizo querer, y que por tantas cualidades fue nombrado hijo predilecto de su ciudad natal en el año 2003.
En épocas recientes, buscó una tercera residencia en La Puntilla, una maravillosa casa desde la que seguir disfrutando, a su manera, con los suyos, del arte y de la música, arrullados por el oleaje de la playa Las Canteras. Allí, con su humor y su desenfado, con ese agudo sentido de la ironía, siguió dando clases magistrales mientras obsequiaba su amistad y su nobleza.
Lástima que esa escena no se repita ahora, tras La italiana en Argel. Le echaremos mucho de menos. Jerónimo Saavedra

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