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Por Publicado el: 15/09/2019Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Recordando a Karajan

Recordando a Karajan

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Karajan terraza del Teatro Real 1968

Riccardo Muti protagonizó un concierto este pasado agosto dedicado a Herbert von Karajan. Eligió el “Requiem” de Verdi. Durante su interpretación me vinieron a la cabeza muchos recuerdos.

Karajan-GAR

Karajan y Gonzalo Alonso

El 17 de julio de 1989 paseaba por la plaza Vara del Rey de Ibiza, de madrugada tras salir de una discoteca, y me encontré con una noticia en la primera página de los periódicos de un quiosco tempranero: «Ha muerto Karajan». Su desaparición, un 16 de julio, me sobrecogió. No sólo por el gran artista al que se admira en el podio o en los discos desde la distancia, sino porque mi relación con él había sido más estrecha. Inolvidables las colas de dos días y dos noches que hacíamos los aficionados para sacar entradas para él con la Filarmónica de Berlín en el Teatro Real, pasando lista cada dos horas y caldeándonos como podíamos por dentro y por fuera. Quizá en aquellas colas inventamos el botellón.

Estuve con él en Barajas, en el Ritz madrileño, compartí alguna velada en Le Pigeonnier, una discoteca de ambiente mixto entonces de moda de St. Tropez, donde él tenía un yate que disfrutaba unos días en junio y le visité en su casa de Anif. Tenía una habitación llena de artefactos electrónicos y le encantaba jugar con ellos. Me lo ha recordado mucho el millonario arruinado de «Big little lies».

Unos días después de leer su muerte en aquel quiosco ibicenco viajaba a Salzburgo para escucharle «Un ballo in maschera» con Plácido Domingo. Le sustituyó Georg Solti, un maestro con el que había tenido sus diferencias y también su reconciliación. Visité la tumba de Karajan y, años después, asistí al entierro de Solti en Budapest.

Muti es un admirador de Karajan, por lo que su homenaje no era ficticio. De hecho, Karajan me comentó una vez lo bien que con él se había portado el director italiano en sus últimos años machacado por la enfermedad. Justo en el comportamiento opuesto colocó a Riccardo Chailly. A ambos les abrió las puertas de Salzburgo.

Pensando en directores, me viene a la mente el fallecimiento de Pierre Bergé y las consecuencias inesperadas de su decisión de despedir a Daniel Barenboim como director musical de la Opera de la Bastille en 1988. La causa del despido fue, aparentemente, el salario de Barenboim de $ 1.1 millones, que Bergé quería cortar por la mitad. Cuando Bergé cogió el teléfono para tratar de contratar a un sustituto, se topó con un muro de solidaridad hacia maestro. Ningún director aceptaba bajo ningún concepto reemplazar a Barenboim. Lo más impactante fue que Karajan canceló un concierto que debía dar en la Bastilla y declaró que «como Daniel Barenboim ha sido despedido en circunstancias discutibles, ya no iré. Dirigiré en París, pero no en la Bastilla».

Entonces Karajan detestaba a Barenboim. Richard Osborne, en su biografía del director, relata que prácticamente saltó de su lecho de enfermo después de un ataque al corazón cuando le dijeron que el joven israelí podría reemplazarlo en un par de conciertos en Berlín. Karajan nunca se reunió con Barenboim, nunca lo invitó a actuar en Salzburgo o Berlín. A pesar de estos prejuicios, el mítico director de por vida de la Filarmónica de Berlín lideró un boicot contra la Bastilla, indignado porque un diletante nombrado por el Estado como Bergé pudiera alterar los poderes de un director de música legítimo. En un arrebato, levantó el teléfono y llamó a Barenboim a París, preguntando qué más podía hacer para apoyarlo. Barenboim declaró «Me quedé asombrado. Karajan opinaba  que todos los maestros debíamos mantenernos unidos o que toda la civilización orquestal se desmoronaría«.

Karajan tenía un carácter muy especial. Su fuerte timidez le llevaba a superarla pasándose al lado opuesto. Sólo en la intimidad, con confianza, podía comportarse con naturalidad. Poco antes de abordar “Don Carlo” en su Salzburgo quiso conocer algo de Felipe II y por medio de Michael Glotz, su agente, pidió que visitar el Monasterio del Escorial. No le acompañó Alfonso Aijón, gracias a quien le disfrutamos siempre en Madrid, sino su entonces asistente Julia Milán del Bosch. Apenas estuvo media hora, apenas habló y sólo hizo una pregunta: “¿Felipe II llevaba gorro dentro de la basílica?”. Gonzalo Alonso

https://youtu.be/I0EWfCnYfGs

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