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Por Publicado el: 19/03/2016Categorías: Crítica

Sutilezas y emociones profundas en el Real

SUTILEZAS Y EMOCIONES PROFUNDAS

Benjamin: Written on Skin. Christopher Purves, Barbara Hannigan, Tim Mead, Victoria Simmonds, Robert Murray. Mahler Chamber Orchestra. Director: George Benjamin. Teatro Real, Madrid. 17-3-2016.

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            La figura de George Benjamin, nacido en Londres en 1960, ha tomado un especial relieve en los últimos veinte años, durante los que ha ofrecido al mundo una importante serie de partituras magistrales. En todas ellas, continuando una limpia y progresiva trayectoria, ha dado muestras de su talento, al principio conectado con uno de sus maestros, Messaien, aunque su estilo sea desde hace mucho tiempo personal e intransferible. Nace de un sutilísimo tratamiento de la materia sonora, colorista, refinado, delicado, sometido a un verdadero proceso artesanal de altos vuelos y que, a día de hoy, se muestra heredero, a distancia, o eso nos parece, de las sutilezas de un antecesor como Britten.

            Características que hemos podido comprobar de nuevo tras la escucha de esta su segunda ópera, estrenada en Aíx-en-Provence el 7 de julio de 1012 y que ahora hemos tenido la oportunidad de escuchar en versión semiescenificada (realmente muy poco). Versa sobre una historia antigua recreada a través de una mirada contemporánea, con un planteamiento propio de un excitante juego de doble temporalidad en el que los personajes pertenecen a la vez a un marco actual y a un marco medieval, dentro del que acaban por convertirse en actores del drama. La base es una terrorífica narración del siglo XII atribuida al trovador provenzal Guillem de Cavestany y que fue utilizada, entre otros y a lo largo del tiempo, por Boccaccio en uno de los cuentos del Decamerón. Aquí el muchacho protagonista no es un trovador, sino un ilustrador sobre piel. En las viñetas están encerradas muchas verdades, alusiones más o menos oblicuas a la vida y a la realidad circundante.

            De todo ello nos informa, con pelos y señales, en su excelente artículo del programa de mano Luis Gago, lo que nos ha servido para tener los pies en la tierra a la hora de la escucha y para entender algunos de los infinitos giros que tiene la tremenda historia en la que, tras un discurso lleno de meandros, se produce el trágico desenlace: la esposa, sin saberlo, se come el corazón de su amante cocinado por su marido. Luego, al conocer la verdad, se arroja al vacío. Este argumento, nada lineal y plasmado en el libreto de Martin Crimp, necesitaba sin duda una música como la de Benjamin, cuyos rasgos generales hemos descrito más arriba.

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            La partitura, de 1 hora y 40 minutos, posee una importante unidad estructural y está plagada de bellezas, trabajada con mimo exquisito y un cuidado extremo. Parece no haber ni un solo compás dejado al azar. Cada nota tiene su sitio y su relevancia. La escritura, de raíz atonal, es variada, caleidoscópica y atmosférica y subraya perfectamente cada frase, cada situación, cada sentimiento, cada emoción. Hay algunas células temáticas que pululan a lo largo de la trama y que a veces son reconocibles a través de una portentosa orquestación, que las proyecta, matiza y modifica.

            Hay oportunos y estratégicos intermedios, calibrados al milímetro de acuerdo con la temperatura de la narración, discretas vocalizaciones, combinaciones entre dos (como cuando el amor se empieza despertar entre los jóvenes) y tres voces, alternancias o superposiciones de recitados, recitativos dramáticos, parlatos y frases melódicas. Se emplea una rítmica muy variada y se suceden compases de distinto metro. La dinámica es amplísima, de los pianísimos más escalofriantes a los fortísimos más demoledores. Se recurre con inteligencia al uso de delicados y climáticos pedales. Los metales se utilizan en momentos muy precisos en diseños ágiles y descarados.

            La cuerda encuentra una aplicación de notable variedad, desde el leve pizzicato a la frase larga y amplia, como la enunciada por las violas al comienzo de la tercera parte. Hay instantes muy gráficos, casi físicos, como aquellos en los que se habla del corazón, que llevan aparejados un crecimiento de la tensión instrumental y un ostinato rítmico a modo de siniestra pulsación. Porque la música está siempre pegada a la acción, sea ésta interior o exterior. Ahí tenemos, por ejemplo, el colorido oscuro y la expresión tenebrosa para subrayar las imágenes que describen la destrucción.

            Los enfrentamientos entre el Marido (el Protector) y el Muchacho que dibuja sobre piel vienen marcados por espectaculares subidas dinámicas. Particularmente dramático es el pasaje en el que aquél quiere estrangular a éste. Largo crescendo bien articulado. Hay solos muy variados de chelo, fagot, trompeta, viola y armónica de cristal. Y un empleo muy enjundioso de maderas y metales, que, en los compases finales, emiten unos espectaculares graznidos en medio de una música eminentemente fúnebre con la que se cierra la composición.

            Todo funcionó a la perfección, bien engrasado, en esta versión de concierto con mínima acción, apuntada las más de las veces, con frecuentes traslados de los solistas de un lado a otro del escenario. La batuta, clara, de dibujo acabado, del propio compositor diseccionó, como resultado de una lección bien sabida, la compleja y delicada partitura, que salió de este modo fielmente reproducida, engarzada en los timbres de la estupenda Mahler Chamber Orchestra, que tocó en el escenario. Los cinco cantantes estuvieron a gran nivel.

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            Barbara Hannigan (Agnes), ella misma también directora, soprano lírico-ligera de cierto fuste, soleada y pulcra, exhibió temple, seguridad, afinación, extensión suficiente y una muy amplia gama de matices. Supo emocionarse y emocionar. Figura y estilo gráciles. Ataques al la, si bemol y si natural agudos sin especiales problemas. Christopher Purves (Protector), de voz opaca, de escasa proyección arriba, de emisión poco sana, encarnó con mucha verdad y virulencia, entrega total y sinceridad, al siniestro marido. Lo molestó durante muchos compases una inoportuna flema. Lo recordamos en El americano perfecto de Philip Glass. El contratenor Tim Mead (Primer ángel, Muchacho) posee timbre de mezzo bastante sonoro ya que no bello. Supo estar, decir y matizar. Cumplieron con creces la mezzo Victoria Simmonds y el tenor Robert Murray (Segundo ángel y Marie y Tercer ángel y John respectivamente). El éxito, a Teatro aparentemente lleno, fue total. Con justicia. Arturo Reverter

 

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