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Por Publicado el: 28/02/2016Categorías: Crítica

Una floja opereta wagneriana bien servida

Temporada del Teatro Real

Una floja opereta wagneriana bien servida

“La prohibición de amar” de Wagner. Leigh Melrose, Peter Bronder, Mikheil Sheshaberidze, David Alegret, David Jerusalem, Sonja Gornik, Maria Miró, Martin Winkler, Isaac Galán, María Hinojosa, Francisco Vas. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección de escena: Kasper Holten. Dirección musical: Ivor Bolton. Teatro Real. Madrid, 27 de febrero de 2016.

El Covent Garden, el Colón y el Real se han atrevido a coproducir este título primerizo de Wagner en el que hay muy poco de Wagner y no tiene nada de extraño el tremendo fracaso que cosechó en su estreno. Una vez más los mundos de Wagner y Verdi discurrieron paralelos, pues el compositor italiano también obtuvo un sonoro fracaso en el estreno de “Un giorno di regno”. Ambas fueron sus respectivas segundas óperas, ambas pertenecen al género cómico y ninguna de ellas reúne calidades especiales. De ahí que apenas se programen. Pero Verdi logró superar a Wagner ya que se desquitó en su última obra, logrando escribir la más interesante, musicalmente hablando, de sus óperas, el maravilloso “Falstaff”, que acompaña la comicidad de una tremenda melancolía.

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El Wagner de 1836 suena a Donizetti, Bellini, Rossini o Meyerbeer y nada a Weber, pero sin alcanzar nunca las cotas de inspiración de los citados. La partitura se queda en una especie de opereta en la que un director de orquesta puede depurar muchas cosas. Ivor Bolton ha reducido su duración y aún podía haber ido más allá. ¡La de notas reiterativas que hay en los pentagramas e la orquesta! Cierto es que existen llamadas a músicas que vendrían después, pero sólo son apuntes y lo más interesante es pensar cómo pudo Wagner escribir, tan sólo siete años más tarde, todo un “Holandés errante”. ¡Increíble! ¿Qué pasaría en su vida por aquellos años?

Afortunadamente se ha acertado en la coproducción, resaltando lo que hay de valor en la obra, con un reparto de cantantes solventes que además actúan, con los que se viene a repetir la jugada de “La flauta mágica”. No hay divos, pero todo encaja con homogeneidad. Esta vez, además, Bolton es el Bolton al que tanto hemos admirado en la ópera de Munich, con una dirección vivísima y tanto coro como orquesta irreprochables en sus prestaciones.

Kasper Holten traslada época y sabe mover la acción dentro de unos decorados no especialmente bellos, a veces incluso casas de muñecas, pero funcionales e introduce muchas “morcillas” que vienen bien, como los móviles o los personajes del carnaval disfrazados de personajes posteriores del mundo wagneriano. Al final aparece hasta Angela Merkel repatiendo billetes. Lástima que estos no llegasen a los espectadores para compensar el precio de las entradas, porque aquí está uno de los problemas del actual Real. La producción funciona y el público -entre el que se encontraba Plácido Domingo- de lo pasa bien, pero no justifica el precio de las localidades. El asunto, es de justicia reconocerlo, tiene pocos visos de solución sin mayor apoyo económico institucional, debido al reducido aforo del teatro. Gonzalo Alonso

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