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Por Publicado el: 13/03/2014Categorías: Crítica

Una italiana con fallos [L’Italiana in Algeri. Valencia]

Una italiana con fallos

L’ITALIANA IN ALGERI (G. ROSSINI)
Palau de Les Arts de Valencia. 11 Marzo 2014.

Tras haber tenido que interrumpir la temporada de ópera por problemas de desprendimientos de elementos de la fachada del Palau de Les Arts, se retoma la programación tras haber eliminado de la fachada los elementos embellecedores que habían producido la situación de alarma. La verdad es que el aspecto del edificio deja ahora bastante que desear desde una perspectiva estética.  Habrá que esperar  que no transcurra mucho tiempo para que la Ópera de Valencia luzca en todo su esplendor.

Aíi pues, con el paréntesis de la Manón Lescau abortada, vuelve la programación al Palau de les Arts y lo hace con esta ópera de Rossini  L’Italiana in Algeri, cuyo resultado no ha sido particularmente brillante. Una producción escénica atractiva y colorista, pero de humor fácil, una dirección musical correcta, pero corta de vida y ligereza, y un reparto vocal un tento irregular, en el que se juntaba lo bueno con lo menos bueno.

Esta producción escénica de Joan Font en una colaboración de distintos teatros, por los que ha venido pasando en los últimos años, habiendo sido estrenada en el Teatro Real de Madrid en noviembre de 2009.

Joan Font y Les Comediants,  ofrecen un trabajo que recuerda mucho al que ofrecieron en La Cenerentola de Rossini. La escenografía y el vestuario de Joan Guillén se caracterizan por su colorido y están al servicio de la visión humorística del espectáculo, favoreciendo rápidos cambios de escena. El vestuario ofrece mucha babucha, mucho gran turbante y mucho color. Buena la labor de iluminación de Albert  Faura. La dirección escénica de Joan Font lleva las cosas por el camino del humor, lo que en principio parece adecuado para una ópera bufa, como es el caso de La Italiana. El problema es que cuando se quiere incidir en el humor y la farsa de modo permanente, las cosas pueden no salir tan bien y eso es lo que ha pasado en esta ocasión.

Si el humor que se pretende ofrecer es inteligente, la cosa puede convencer más o menos, pero hay momentos donde uno dibuja una sonrisa. Cuando el humor que se ofrece es infantil a ultranza, el resultado es que o se consigue la carcajada (difícil en un público adulto) o el trabajo aburre. Esta producción puede parece más destinada a un público infantil que adulto, tan previsibles son los gags que se ofrecen en escena. Me consta que la producción ha sido muy bien recibida en los distintos países que ha recorrido, pero esto no parece ser compartido por el público de nuestras latitudes. Si al atractivo colorido de la producción y el buen movimiento en escena se le hubieran añadido algunos toques de humor más inteligente, creo que habríamos salido ganado todos.

La dirección musical estuvo encomendada a Ottavio Dantone, que suele ocupar el foso del Palau de les Arts de manera habitual. La lectura musical que nos ofreció el italiano me pareció correcta y controlada, pero hace falta mayor ligereza, vida e inspiración para hace triunfar esta ópera. El sonido que salía del foso era bueno, no el de las grandes ocasiones, pero hace falta otro tipo de dirección para que esta ópera llegue al público. La Orquesta de la Cominutat Valenciana ofreció una buena actuación,  pero no el nivel excepcional al que nos ha acostumbrado en otras ocasiones. Muy bien el Coro de la Generalitat, auténtica garantía de buen hacer en las representaciones de óperas valencianas.

El reparto vocal ofrecía irregularidades que se transmitieron al escenario y el resultado global no fue el que todos deseábamos.

La actuación más completa vino de la mano de la valenciana Silvia Tro Santafé, que ofreció una notable Isabella, desenvuelta en escena y fácil en sus evoluciones vocales. No fue una actuación para el recuerdo, pero si una actuación muy solvente.

Antoniono Siragusa fue Lindoro, como lo ha sido tantas veces y ofreció luces y sombras. Las primeras vienen del hecho de ofrecer una voz adecuada al personaje y con las notas altas a punto. Las sombras tienen que ver con una voz de escasa calidad y su escasa adecuación en los concertantes, en los que su voz no se acoplaba con las de los demás, sino que era la que más se escuchaba, con diferencia. Antonino Siragusa podría dar clases magistrales de cómo emitir la voz, pero debería plegarse más a las exigencias de los conjuntos. En  general hubo exceso de superficialidad  en su canto.

El menorquín Simón Orfila fue aun adecuado Mustafá, que cumplió bien con su cometido. También en este caso la voz no es muy atractiva, pero Orfila la sabe manejar y ponerla al servicio de la ópera, acabando por crear un convincente Mustafá.

Giulio Mastrotaro fue un deficiente Taddeo. Tengo dudas de si trata realmente de un barítono  o de un tenor. La voz tiene muy escasa calidad y su comicidad no aguanta un asalto con la de sus colegas Chausson, Corbelli o De Simone.

Germán Olvera fue Haly y resultó poco convincente en el aria del sorbetto, Le Femmine d’Italia. No está maduro para  esto.

Elvira era Anabel Pérez Real y ofreció una voz atractiva de soprano ligera, que tiene musicalidad en los conjuntos. Bien, aunque con una voz de menos calidad, Cristina Alumno como Zulma.

El Palau de les Arts  ofrecía una ocupación de alrededor del 80 % del aforo. El público se mostró  un tanto tibio durante la representación y  en los saludos finales, no habiendo muestras de entusiasmo para los artistas.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 47 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 11 minutos. Cinco minutos de aplausos.

La entrada más cara costaba 135 euros, habiendo butacas de platea por 119 euros. En los pisos superiores los precios oscilaban entre 95 y 76 euros. La localidad más barata costaba 38 euros. José M. Irurzun

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