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Por Publicado el: 22/11/2017Categorías: Discos, DVD's y libros

Victoria en la modernidad

 

Victoria en la modernidad

Conozco a Raúl (Mallavibarrena) desde hace tiempo. He hablado con él mucho de música, y de interpretación musical. Y compartí con él muchas de las diatribas acerca de la conveniencia (o inconveniencia) de aceptar (en su momento; hablo de treinta años o así atrás) la revolución que supuso el interpretar la música antigua de una manera radicalmente diferente a unas normas y usos que él consideraba inauténticas. La gran revolución organológica (eso que entonces llamábamos hacer la música con instrumentos originales) fue determinante. Pero más sus consecuencias, pues, como es desde todo punto de vista lógico, la verdadera madre del cordero no estaba en los instrumentos utilizados sino en la propia manera de concebir la música. Porque de la misma forma que se confunden los conceptos de voz y cantante (lo segundo es muchísimas más cosas que una voz, por muy maravillosa que esta pueda ser), los instrumentos solo aportan a la interpretación fundamento tanto en cuanto definen el material básico, el sonido. Pero nada más. Y la música es mucho más. Nuestras discusiones, así, se quedaban en la confrontación de acaloradas puestas en común de posturas distantes. O, en el fondo, no tanto. Discusiones entre críticos. Pero con una desventaja por lo que a mí respecta: él, además de crítico, era también músico.

Lleva Raúl 25 años con su magnífico grupo –en sus distintas plantillas- Música Ficta haciendo música y grabando discos. A mí me gustó mucho cómo funcionaba aquello, y me gustó mucho desde la primera vez que los escuché. Victoria, creo (¿o quizá Morales?). Tanto, que recuerdo le espeté a Raúl: «Eres mucho mejor músico que crítico». Llevo años preguntándome si tal afirmación le gustó o no. Seguramente me expliqué mal; solo quería decir que tras él había un gran director de voces, un excelente músico, y, sobre todo, un soberbio intérprete. Para mí esta tercera cosa es importantísima; no sé si porque me he pasado toda la vida pensando en este asunto, y la otra media tratando de explicar por qué. Pero ese es otro asunto. O no.

Raúl Mallavibarrena y su grupo, Musica Ficta, están especializados en músicas de los siglos XV al XVIII. Es decir, algo así como de Monteverdi y aledaños hasta Bach y aledaños. En el último programa que les he escuchado había Victoria, Palestrina, Certon, Isaac, De la Rue, Desprez y Ruimonte. Es representativo, y significativo. Sin embargo, a mí me parece que la música que mejor hacen es la de Tomás Luis de Victoria. Apreciación que estoy dispuesto a admitir como producto de una exageración (pocos Ruimonte se han escuchado en disco como el de estos señores) o de un amor desmesurado hacia ese compositor, pero que asumo con entereza tratándose del autor de que se trata, sin duda el que más me interesa de su tiempo. Da Victoria, además, mucho juego en materia interpretativa ´a la romántica´ (anatema por esas latitudes, una realidad incómoda pero cierta para mí), porque fue un señor que arrojó sobre su música mucho más de lo que sus contemporáneos solían hacer, casi siempre más preocupados por la arquitectura que por el alma de la música que escribían. Victoria es distinto; tiene la misma, o más, técnica; la misma capacidad, o más, para organizar los sonidos y la misma, seguro que más, inventiva para establecer los discursos, que nunca son lineales, que en todo momento andan dispuestos a sorprender con saltos al vacío, una componente sicológica que adelanta a Victoria unos… digamos 300 años. Y que para escuchadores de la música romántica compulsivos como yo supone una confirmación: lo romántico como elemento misterioso e inexplicable está en la creación desde tiempos remotos, pero solo se pone de manifiesto de manera reconocible en las grandes, grandísimas, creaciones, da igual que surgieran en el siglo XIX que en épocas anteriores.   Así que decir que el compositor que más me gusta cómo interpretan Música Ficta es Victoria puede que sea una exageración. Puede. Pero sí hay algo que seguro sí es: un halago en toda regla. ¿Por qué?

Tomemos como modelos las dos versiones del Requiem que ya tiene el grupo en su haber; la primera, de 2002; la segunda, la  que acaba de salir ahora mismo (por cierto; reparen: el grupo se hace mayor: cuando alguien repite grabación, o es un Barenboim que pasaba por allí o es que ya va pintando las suficientes canas). En primer lugar, son muy diferentes. Parece una obviedad, pero hay que significarlo, porque podría no suceder, con lo que la repetición de la grabación pasaría directamente a ser un fracaso. En segundo lugar, ojo, las plantillas utilizadas son diferentes, más numerosa la del 2002, de una economía de medios aplastante la de ahora. Y en tercer término, los recintos donde tuvieron lugar las respectivas grabaciones nada tienen que ver. Tampoco las propias grabaciones en sí, esta vez bajo la responsabilidad de Jesús Trujillo, un señor que sabe bastante de esto. Todas esas cosas han influido lo suyo en los respectivos resultados. Pero si las diferencias quedaran solo en eso tampoco sabríamos encontrar una razón de peso para la repetición. A mi entender hay algo más, y es la manera de afrontar la partitura por parte de Mallavibarrena. ¿Qué ha cambiado en su concepción de la obra?

Pues a mi entender unas cuantas cosas que a lo mejor no se notan mucho y que no sé si sabría explicar, pero cuya juntura aportan un resultado que comprendo mejor; porque es un resultado ante el que las necesidades de mi mente y las de mi corazón quedan más compensadas tras la escucha de esta versión que la del anterior registro, y quizá también más acompasadas. No quiero hacer un discurso sentimentalista o de tinte místico-intelectual, pero lo que a mí me llega ahora me parece más auténtico, menos cerebral, más austero. Y más sustanciado.  Raúl dice que esta es una música pesimista. No lo sé: a mí  lo que me parece es que con el Requiem de Victoria sucede algo parecido a lo que le pasa a Parsifal, de Wagner, y que no se acaba de entender: el fundamentalismo religioso puede llegar a producir obras excelsas, a pesar de haber nacido sobre fórmulas discutibles o artificiosas.  Me refiero tanto a la subsidiariedad de la música a la religión en el caso de la polifonía renacentista como al  ultracatolicismo  oportunista (léase nacionalismo étnico de quiosco) de Parsifal, en los dos casos inherentes a la naturaleza de esas músicas. Y a mi entender, cualquier experimento para su interpretación que se aparte de esa línea de actuación –lo que se suele llamar eufemísticamente una puesta al día- está condenada al fracaso más absoluto. En tal sentido, esta segunda versión del Requiem de Musica Ficta consigue el más difícil todavía: es más religiosa pero menos mística, más moderna, pero también más romántica, más madura y musicalmente más importante; mucho menos arquitectónica y con el alma en un pañuelo; un pañuelo mojado de lágrimas, casi un cáliz, y más humanamente sufriente. Y menos lánguida.  Por eso me ha gustado más, no se olvide que soy un consumidor compulsivo de un tipo músicas de ese calibre: la Misa en Si menor de Bach, San Francisco de Asís, de Messiaen, o los últimos cuartetos de Beethoven, músicas que encierran religiosidades distintas pero en todos los casos radicales, y que cuanto más se indague en sus orígenes para ser interpretadas, mucho mejor para alcanzar una modernidad auténtica. Aunque a algún post-moderno le moleste. No es mi caso, pero es que, claro, yo soy un antiguo. Pedro González Mira

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