Cuando Wagner habla sin palabras: Currentzis y la potencia del mito llegan a La Filarmónica
La Filarmónica acoge el jueves 5 de febrero en el Auditorio Nacional una inmersión radical en el universo wagneriano con El anillo sin palabras, dirigido por Teodor Currentzis, junto a su orquesta musicAeterna. Esta partitura, adaptación de Lorin Maazel de la reconocida tetralogía, muestra los principales leitmotiven de la saga de óperas que compusiera Wagner en su búsqueda de la obra de arte total.

Teodor Currentzis
El jueves 5 de febrero, el Auditorio Nacional de Música de Madrid acoge uno de los acontecimientos más esperados de la temporada de La Filarmónica: El anillo sin palabras, una versión sinfónica de El anillo del nibelungo de Richard Wagner, dirigida por Teodor Currentzis al frente de su orquesta musicAeterna. La propuesta, arreglada por Lorin Maazel, prescinde de voces y escena para concentrarse en la fuerza desnuda de la orquesta, en una experiencia sonora que desafía los límites habituales del concierto sinfónico.
Wagner concibió su música como un arte total, capaz de narrar, emocionar y construir mundos incluso sin el apoyo del texto. El anillo sin palabras parte de esa premisa: demostrar que la música del Anillo posee una elocuencia propia, capaz de transmitir el drama, el conflicto y la épica del relato sin necesidad de palabras.
Al eliminar el canto, la atención se dirige directamente al corazón de la obra: la arquitectura sonora y el entramado de leitmotiven que recorren toda la tetralogía. Los temas asociados al poder, al amor, al destino o a la traición emergen, se transforman y se enfrentan como auténticos personajes invisibles. El oyente no necesita conocer el argumento para seguir el viaje: la música guía, sugiere y conmueve con una inmediatez casi física.
La aproximación del director griego (nacionalizado ruso) a Wagner es profundamente narrativa. Su dirección no busca la grandilocuencia por sí misma, sino el sentido dramático de cada frase musical. Cada gesto parece orientado a hacer que la orquesta “cuente algo”, que cada transición tenga intención y cada clímax una razón de ser. El resultado es un Wagner vivo, tenso y cambiante, lejos de lecturas pesadas o solemnes.
Fiel a su personalidad artística, el director no busca complacer, sino decir algo. Su interpretación rehúye la tradición acomodada y apuesta por el riesgo, los contrastes extremos y una honestidad musical que no deja indiferente. En este Anillo sin palabras, demuestra que la música de Wagner no necesita apoyos externos para desplegar toda su potencia emocional: basta una orquesta comprometida y una visión llevada hasta sus últimas consecuencias.
Sin decorados ni cantantes, el mito se vuelve más abstracto y, paradójicamente, más cercano. La orquesta se transforma en un organismo vivo que respira, avanza y lucha. El público no “ve” la historia, pero la siente. Esta forma de presentar a Wagner conecta especialmente con el oyente contemporáneo, acostumbrado a experiencias intensas y directas.























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