Crítica: Pinchas Zukerman junto a la Sinfonia Varsovia en el Palau de València
Pinchas Zukerman, estupendo instrumentista y discreto director
TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música. Programa: Obras de Bach, Kilar, Mozart y Beethoven. Solistas: Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zumerman (viola). Orquesta Sinfonia Varsovia. Director: Pinchas Zukerman. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.781 espectadores (lleno). Fecha: martes, 24 febrero 2026

Zukerman en el Palau de la Música de València
Artista frecuente en los escenarios españoles, Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 1948) forma parte del paisaje afectivo de los melómanos de siempre. Sus lejanas grabaciones y actuaciones con sus amigos Barenboim. Mehta, Perlman o Jacqueline du Pré -recuérdese el histórico vídeo de 1969 con el Quinteto La Trucha, de Schubert- han contribuido a forjar la leyenda mitómana. Ahora, el violinista, viola y discreto director ha vuelto al Palau de la Música con un programa variopinto, de Bach a Beethoven, con Mozart y Wojcieh Kilar por medio, en el que, tras tocar el violín y la viola, dirigió una deslavazada y amorfa Séptima de Beethoven que no pasará precisamente a la historia.
A sus 78 años, Zukerman sigue siendo un estupendo instrumentista y un discreto director, empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico como la Séptima de Beethoven. A pesar de las capacidades y méritos evidentes de orquesta Sinfonia Varsovia, los cuatro movimientos del fresco sinfónico se escucharon desajustados y sin rumbo, exentos de latido métrico y cohesión orgánica.
Un Beethoven estilísticamente chapado a la antigua. Anclado en las primeras décadas del siglo pasado. Que no escucha ni considera todo lo que, estética y conceptualmente, ha ocurrido con las corrientes historicistas de las últimas décadas. Alejado, también, del Beethoven genuino y vibrante de sus legendarios registros integrales de las sonatas para violín (con Barenboim) o los tríos con piano (con Du Pré y Barenboim). Ni que decir tiene que -como siempre que se interpreta una sinfonía que suena a todos, y más aún si es interpretada por alguna celebridad-, el éxito fue como si hubieran dirigido junticas las tres kas: Kleiber, Karajan y Klemperer. “¡Cosas veredes, Sancho…”

Imagen del concierto
Este final de concierto fue, con diferencia, lo peor de una velada de contrastes y reflejos, en cuya primera parte Zukerman, acompañado de su alumno, el violinista Fumiaki Miura, mostró su clase y estilo como violinista en el Concierto para dos violines en re menor de Bach, y como violista, en la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, en visiones más brillantes por su alcurnia instrumental que por su calidad concertante, cogida con alfileres, a pesar de los buenos oficios del concertino de la Sinfonia Varsovia y del resto de sus integrantes. Sobresalientes sin reservas tanto Miura como Zukerman en las cadencias, que supusieron los momentos más acabados y redondos de la tarde.
Entre Bach y Mozart, la orquesta tocó en solitario, y sin director, Orawa, la energética y minimalista obra para cuerdas que en 1986 escribe el polaco Wojciech Kilar (1932-2013) inspirado por las músicas folclóricas de la región histórica situada en el norte de Eslovaquia y el sur de Polonia. Obra reiterativa, fácil (de escuchar, pero no de tocar) y pegadiza, sus obstinados y reiterativos compases encontraron brillante versión en las cuerdas vecinas y virtuosas de la formación polaca.
El público que abarrotó el Palau de la Música aplaudió de lo lindo. ¡El gancho del minimalismo en boga! Sin embargo, no pudo arrancar ni un solo bis. Ni siquiera tras los más que generosos aplausos con que premiaron la descartable Séptima de Beethoven que tocaron tan rácanos artistas para despedir el concierto.























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