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Por Publicado el: 09/03/2026Categorías: En vivo, Crítica

Crítica: La Filarmónica Eslovaca, entre Shostakóvich, mascletás y Pérez de Arteaga

Crítica. TEMPORADA 2025-2026 del Palau de la Música. Programa: Obras de Músorgski (Una noche en el monte pelado), Jachaturián (Concierto para violín) y Músorgski-Ravel (Cuadros de una exposición). Solista: Alexandra Conucova (violín). Orquesta Filarmónica Eslovaca. Director: Daniel Raiskin. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.600 espectadores. Fecha: sábado, 7 marzo 2026.

Crítica: La Filarmónica Eslovaca, entre Shostakóvich, mascletás y Pérez de Arteaga

La violinista recibió una intensa ovación con su “bis”valenciano

Escuchaba el crítico el sábado, en el Palau de la Música, el Concierto para violín y orquesta de Jachaturián, muy temperamentalmente tocado por la violinista morava Alexandra Conucova, y se le venían a la cabeza las sorprendentes palabras del hijísimo Máxim Shostakóvich en el transcurso de una remota cena con el inolvidable José Luis Pérez de Arteaga y quien esto escribe, el 9 de abril de 1997, justo después de haber dirigido con la Orquestra de València y en esta misma sala el estreno en España de la Sinfonía número 13, Baby-Yar, de su padre, Dmitri Shostakóvich.

Contaba Máxim Shostakóvich que, aunque la gente piensa que su padre es “el gran compositor soviético de su tiempo”, el propio Dmitri Shostakóvich estaba convencido de que quien realmente era el número uno era el armenio Aram Jachaturián. Viene esta sorprendente perorata a cuenta de la formidable escritura del Concierto para violín, obra brillante y atractiva, pero que detrás de su epidérmica vistosidad entraña una escritura cargada de genio, ingenio y dominio orquestador.

Jachaturián, caricaturizado y estigmatizado por el éxito arrollador de la Danza del sable, y su aire de camionero encorbatado a la antigua, vuelca su mejor inspiración en los tres movimientos de este soberbio concierto para violín que en absoluto es su única obra maestra. Alexandra Conunova (Chisináu, Moldavia, 1988) lo enalteció con su virtuosismo incandescente y apasionado.

Imprimió carácter y nervio en los movimientos extremos, y templó con acentos líricos y evocadores el rapsódico y más que bellísimo andante central, con sus evocaciones armenias y esa “emoción contenida pero no exenta de dolor” a la que se refiere Joaquín Guzmán en las expansivas notas incluidas en el programa de mano.

Fue un éxito grande. De los intérpretes, pero también del propio concierto. La Conucova se benefició del atento acompañamiento dispensado por el maestro petersburgués Daniel Raiskin (1970) al frente de la Filarmónica Eslovaca, orquesta fundada en 1949, y que tiene sus mejores mimbres en una sección de cuerda compacta, bien ensamblada y de viva respuesta, frente a unos vientos y percusión manifiestamente mejorables.

El éxito, bien labrado, propició que la paisana de Patricia Kopatchinskaya diera la sorpresa y anunciara en impecable castellano (su padre es Vladímir Dmitrienco, solista de segundos violines de la Sinfónica de Sevilla), un bis “muy valenciano y muy para estos días” preparado expresamente para la ocasión, “y que toco por primera vez, así que estoy un poco nerviosa”, dijo medio en broma, al tiempo que pedía al público que lo canturreara para “darme inspiración”.

Y alzó entonces su legendario violín Guadagnini de 1785 y entonó con retintín y chispa fallesca un arreglo del pasodoble El Fallero preparado por “mi amigo” Vicent Ortiz. ¡Imagínense! Lo que vino después, fue, más que una ovación, una mascletá. ¡Ya estem en Falles!

El programa de la Filarmónica Eslovaca había comenzado con buen pie, con una lectura narrativa y muy alla rusa de Una noche en el monte pelado, el fantasioso poema sinfónico que en 1867 compone Músorgski inspirado en el cuento homónimo de Gógol. Luego, tras la pausa, llegaron los Cuadros de una exposición, en la orquestación de Ravel. Aquí, la orquesta hizo aguas ante las finas exigencias instrumentales de la sutil paleta raveliana.

La cuerda, notable, mantuvo el tipo. Pero ni el viento, abrupto y muy apurado -las trompetas rozaban el patinazo; el temido solo de Bydlo fue un poema, como algunas intervenciones de trompas y flautas-, mientras que timbales, percusión y arpa -¡solo una!- sonaron con timideces impropias de una orquesta profesional de raigambre centroeuropea.

De ahí quizá que la versión, a pesar de los buenos oficios del maestro, adoleciera de suntuosidad y color instrumental. Y eso, en una obra tan nutrida en colores y virtuosismo instrumental, roza el pecado. Al final, como siempre ocurre después del impactante final de La Gran Puerta de Kíev, otra mascletá, que desembocó en el regalo y colofón de la Danza eslava, opus 46 número 8 de Dvořák.

Fue, con diferencia, y junto con el Concierto de Jachaturián, lo mejor de la velada. ¿Qué pensarían Dmitri Shostakóvich y nuestro Pérez de Arteaga?

Justo Romero

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