Crítica: Claridad, concisión y perfección distinguen el Beethoven sin retóricas de Borís Giltburg
Claridad, concisión y perfección distinguen el Beethoven sin retóricas de Borís Giltburg
TEMPORADA PALAU DE LA MÚSICA. Recital Borís Giltburg (piano). Programa: Integral de las Sonatas para piano de Beethoven. Concierto II (Sonatas números 2, 15, 17 Y 27). Lugar: València, Palau de la Música (Sala Iturbi). Entrada: Alrededor de 800 espectadores. Fecha: domingo, 29 marzo 2026.

Giltburg deslumbra en València con su visión de Beethoven
La segunda jornada de la integral de las Sonatas para piano de Beethoven a cargo de Borís Giltburg (Moscú, 1984) ha supuesto un itinerario representativo de la evolución sin retorno de Beethoven. Desde el mundo aún clásico de las tres primeras sonatas (dedicadas significativamente a Haydn), al romanticismo asentado de las últimas, representadas en este recital por el espacio breve -dos movimientos- pero de enorme complejidad emocional de la Sonata opus 90, en mi menor, página adorada por Schubert, que abre la puerta al universo de plenitud y consolidación que marca los años finales de Beethoven. Giltburg la avivó con la profundidad reflexiva que ya marca su titánico empeño.
Una vez más, como en la jornada inaugural, y sin en absoluto traicionar el estilo genuino de la escritura beethoveniana -de las escrituras beethovenianas-, Giltburg en absoluto desdeñó las nuevas posibilidades de todo tipo que brinda el moderno piano. Registros, colores, fraseo, pedales, dinámicas y suntuosidad sonora que, evidentemente, hubiera suscrito y aplaudido el clarividente Beethoven.
Así, impregnado de todas estas posibilidades, fue el comienzo de la Segunda sonata, en La mayor, cuyo comienzo, ligero y en piano, se instaló en una sonoridad avanzada que no por ello descuidó el pulso ni sus aires clásicos. El “Largo appassionato” fue más “appassionato” que largo, enfatizado en los acentos ”stacatti” de la mano izquierda, y cantado con ese legato “tenuto sempre” tan característico de Beethoven y distintivo del arte giltburguiano. Los aires renovados del juguetón Scherzo fueron el mejor preámbulo para el “grazioso” -pero también dramático- rondó final, recreado con reminiscencias que guiñan a los mundos dieciochescos de los admirados Haydn y Mozart.

Imagen del concierto
Otros horizontes alientan las bien conocidas sonatas “Pastoral” y “La tempestad”, enunciadas y expresadas con fantasía, opulencia, registros y dinámicas medidamente calibradas. Ritmo y cantabilidad congeniados en interpretaciones en las que brío y quietud se oponen y complementan. Del sereno comienzo de la Sonata pastoral a la cadenciosa introducción de La tempestad; del recurrente rondó conclusivo de la primera a los pegadizos aires de movimiento perpetuo del Allegretto que cierra la segunda, Giltburg surcó y clarificó los contrastes y claroscuros característicos de la diversidad beethoveniana.
Claridad, concisión y perfección. Sin retóricas ni vaguedades. Puro Beethoven. Apenas alguna rozadura puntual daba cuenta de su condición humana. Si el primer día Giltburg, el artista, el virtuoso, quiso cerrar el recital con el regalo fuera de programa de los aires apacibles de la Arabesca de Schumann, en esta segunda cita respondió al aluvión de aplauso y bravos con la luz enigmática del Preludio en Re mayor (opus 23 número 4) de Rajmáninov, compositor que es otro pilar nuclear del particular cosmos interpretativo del protagonista de este titánico maratón beethoveniano. Continuará el próximo mes de octubre.





















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