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 Cristina Gómez Godoy, cuando el oboe se torna belcantista FESTIVAL STRINGS LUCERNE. Programa:  Obras de Falconieri, Vivaldi, Albinoni, Manfredini, Bellini y Chaikovski. Solista: Cristina Gómez Godoy (oboe). Violín y dirección: Daniel Dodds. ­Lu­gar: Palau de la Música (Sala Rodrigo). Entrada: Alrededor de 375 espectadores. Fecha: domingo, 10 mayo 2026Crítica: Cristina Gómez Godoy y la Festival Strings Lucerne, cuando el oboe se torna belcantista
Por Publicado el: 12/05/2026Categorías: En vivo

Crítica: Winterreise” el viaje más largo de Schubert con André Schuen y Daniel Heide

André Schuen y Daniel Heide Winterreise

André Schuen y Daniel Heide durante el concierto

“Winterreise”, el viaje más largo de Schubert con Schuen y Heide
“El viaje de invierno” de Schubert. André Schuen, barítono y Daniel Heide, piano. Ciclo de Cámara del Círculo de Bellas Artes. Madrid, 10 de mayo de 2026.

Hay obras que duran cuarenta y cinco minutos y te acompañan el resto de la vida. El Winterreise es una de ellas. Veinticuatro canciones, un caminante solitario, una amada perdida y una naturaleza que no le consuela, sino que le clava el frío más hondo. Franz Schubert lo compuso en 1827 sobre los versos de Wilhelm Müller, un poeta de Dessau hoy casi olvidado. Lo acabó un año antes de morir. Quizá lo sabía.

El invierno no es sólo el clima: es el alma de un caminante que emprende su recorrido en su parte más dura y el frío exterior refleja su sentir interior: el desamor, la soledad y su desesperanza. El paisaje helado, la nieve, el río congelado, las huellas en el camino… todo nos va desvelando canción tras canción, con textos preciosos, el estado de ánimo de un protagonista que va despidiéndose de la vida. En ese sentido, Winterreise es un viaje interior tanto como geográfico que culmina en esa zampoña que suena mientras el viajero se despide.

El Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes recibió a André Schuen y Daniel Heide para cerrar su ciclo Schubert Dual, la serie con la que han recorrido los tres grandes ciclos del compositor vienés en este mismo escenario madrileño. Primero fue Die schöne Müllerin, con Krimmel y Bushakevitz y después el Schwanengesang, con Matthias Goerne junto al pianista Alexander Schmalcz. Ahora llegó a la cima. Si hay una obra que justifica un ciclo entero dedicado a Schubert, es esta.

André Schuen nació en el Tirol, en 1984 en el seno de una familia musical. Creció trilingüe en ladino, italiano y alemán, y eso -más que cualquier técnica adquirida en el Mozarteum de Salzburgo, donde estudió violonchelo y canto- explica la naturalidad con que habita el idioma de Müller. No recita, sino que piensa en alemán. Se nota en los matices más pequeños, en ese Gute Nacht del primer lied donde el viajero se despide sin despertar a nadie, caminando solo hacia la noche. Schuen lo abre con una línea barítonal cálida y de largas curvas que parece susurrada al oído del oyente y al mismo tiempo dirigida al infinito.

Con Daniel Heide lleva más de quince años de complicidad y lo hemos comprobado varias veces en nuestro país. Es más un colaborador que un acompañante. El pianista de Weimar posee esa rara virtud de sostener sin tapar y de construir la atmósfera con una precisión poética. En Erstarrung sus sonoridades fluidas crean una angustia que el barítono recoge y amplía. Sobrecoge la tensión dramática que ambos despliegan. Admira como amplía la voz para luego recogerla en Wasserflut o en Auf dem Flusse. En Die Post el piano imita con sus staccatos el trote del cartero. mientras que Schuen llena de intensidad las palabras. Su trabajo en Das Wirtshaus -esos acordes himnódicos que contrastan con la desolación del texto- es uno de los instantes en que el piano deja de ser instrumento de apoyo y se convierte en voz independiente. En Der Krähe, Schuen recorre la distancia entre la melancolía y la furia con una convicción que pocos barítonos de su generación pueden igualar.

Ambos llevaron al disco el ciclo en 2024 para Deutsche Grammophon y algún crítico puso reparos a que Heide omitiese una nota en el motivo central del Der Leiermann, el citado último lied, el del organillero que para Schuen no es sino la imagen de la muerte. Quise comprobarlo y me reconozco incapaz.

Madrid tuvo una cita con uno de los monumentos cumbres del lied. Con un barítono que lo habita desde dentro y un pianista que construye el paisaje helado nota a nota en la sala pequeña del Fernando de Rojas, que es el tamaño justo para esta música.

Quien anoche salió del Círculo de Bellas Artes sin haber sentido algo parecido al frío en el pecho, que pida hora al médico. Gonzalo Alonso

André Schuen

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